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Amáte para amar, sin esperar que te amen.

Todos creéis conocerme porque alguien os dijo algo y os contó aquello, qué tan bonito parecía según expresaban sus palabras. Muchas historias y cuentos de siempre intentan explicarme. Infinitas y sublimes poesías idealizan mi concepto. Soy el más deseado. Tengo el poder para mover el mundo pero mi mayor habilidad y la que da sentido a mi existencia, parece que es la que menos os importa.

Me llaman Amor y me dedico a amar. A amar de muchas maneras y con diferentes recursos. A amarlo todo y a todos. Me siento sobrestimado. Sé quién soy, cómo funciono y para qué sirvo. Pero también siento que llegaré a cubrir las expectativas de muy pocos si seguís engalonándome así.

¡Basta!. Usadme y hacedme. Sentidme sin ideas preconcebidas. No todas adoran príncipes y no todos sueñan con princesas. No todos los Romeos cuidan balcones y no todas las Julietas se beben su muerte. Sentidme primero en vosotros y entonces me sentiréis también en los demás. Pero no sigáis describiéndome así. No creéis una nueva utopía con cada nueva historia. El amor se hace y se da. El amor es lo único posible y dónde siempre terminamos encontrándonos.

Me encantan las mariposas, pero no en mi estómago. Y me gustan las naranjas, aunque las prefiero enteras…

Os agradezco vuestro esfuerzo por intentar narrar mi historia. La creatividad y la imaginación también os lo agradece, pero no olvidéis lo más importante, Amar. No me busquéis porque ya estoy. Y no me lloréis porque vuestras lágrimas no os dejarán ver lo que sí amáis.

¿Y tú cómo amas?

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Habla bien, para que te hablen bien.

Hablar bien cuesta menos de lo que vale. No valoramos el poder que tiene el discurso. Nuestra manera de comunicar. Escupimos las palabras sin escucha consciente, pese a que se arraiguen en el inconsciente. Las lanzamos al aire a modo de desahogo sin calibrar su efecto rebote.

Hablar bien no sólo se refiere a no emplear palabras malsonantes o violentas. O a moderar el volumen para no pecar de estridente. Consiste también en comunicar siendo más conscientes del significado de esas palabras. Hablamos para conseguir algo y hasta cuándo no, cuándo es por hablar, también hay respuesta. Las palabras traen consecuencias así que habrá que elegirlas bien.

Hay veces que el discurso puede cambiar por completo la perspectiva que tenemos. El amplio surtido de palabras que componen nuestra lengua nos facilita la precisión cuando queremos transmitir algo. Como amplio es el surtido, diversos son sus significados y contables sus matices e interpretaciones. Y quizás sea esa nuestra dificultad, que entre tanta variedad nos aturullamos un poco.

El poder de la comunicación es obvio, sus efectos en cambio serán proporcionales a lo efectiva que esta lo sea. Tanto cuando hablamos con nosotros mismos, como cuando conversamos con los demás, el significado de esas palabras serán responsables de lo que obtengamos después.

Solemos sorprendernos de la pronta susceptibilidad de algunos frente a ciertos comentarios. Cuando esto sucede, en vez de disculparnos por nuestra fallida comunicación, nos aferramos al argumento de que nuestra intención no era herir, si no mostrar nuestra perspectiva. Qué eso está muy bien, sin embargo lo que también está muy bien es resolver los imprevistos y rectificar pese a nuestras bondadosas intenciones iniciales. Sabemos comunicar y sabemos cómo hacerlo para recibir lo que queremos.

Entonces, ¿por qué no lo hacemos?

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Tu Ego, mi Ego: Yo, tú. Nosotros: sin Ego.

Hay muchos debates y opiniones a cerca del Ego. Lo solemos relacionar con la vanidad exagerada o con el narcisismo. No es que goce precisamente de un gran prestigio entre la población.

¿Por qué?

La palabra proviene del latín y significa YO. Todos portamos uno. Es una de las partes más representativas de nosotros mismos y si se hace notar es porque nos reclama algo. Algo siempre relacionado con el ser, con nuestra identidad, con nuestro YO.

Como en casi todo, si la exageración se hace dueña del propio sentimiento, esté terminará degenerando para convertirse en otra cosa. El ego nos acompaña durante toda nuestra existencia. Nos recuerda que a pesar de pertenecer a un sistema mayor, también podemos funcionar independientemente. Nos reclama atención, amor propio, aceptación de uno mismo…

Para que un sistema funcione óptimamente y a pleno rendimiento, cada una de las partes que lo componen, deben estar debidamente satisfechas. Si alguna de esas partes no se siente atendida, no rendirá de la mejor manera. Afectará a todo el sistema y perjudicará al conjunto. El sistema sería nuestra sociedad y las partes nosotros, los seres humanos.

El egoísta, el ególatra y el egocéntrico también tienen sus motivos. Forman parte de nuestro sistema, de ese sistema mayor que se retroalimenta. El egoísta que no quiere compartir o que se da preferencia ante los demás, ¿qué estará buscando?. El ególatra que se ama a sí mismo por encima de cualquiera. ¿Es tan malo amarse a sí mismo?. Y el egocéntrico que se cree el centro del universo. ¿Por qué tendrá esa necesidad de ser el protagonista?. Detrás de todos esos comportamientos hay una razón y la entendamos o no, sólo debemos respetarla.

Vemos en los demás lo que proyectamos de nosotros mismos. El ego también se proyecta. Lo que no está en nosotros no lo percibimos en los demás. Observamos en el prójimo nuestro propio reflejo. Nos buscamos todo el rato sin darnos cuenta en el otro. Creamos los espejos, ¿Para qué, más que para vernos?.

Hasta que no aceptamos el ego como propio y sólo seamos capaces de percibirlo en los demás, no desaparecerá de nuestro propio reflejo.

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El para qué de tus cosas.

Imagina que llevas semanas con dolor de espalda. Has ido posponiendo concertar la cita con tu médico, porque intuías que en cualquier momento, podría desaparecer esa molestia. Sin embargo ya no lo soportas más. ¿Vas al medico porque te duele mucho o para que te deje de doler?

Aunque a simple vista pueda parecer imperceptible, existe una importante diferencia entre el uso del ¿Por qué? y el ¿Para qué?. En las frases utilizadas de ejemplo; tú no vas al médico porque te duele la espalda. Vas al médico para que te deje de doler. Él por qué siempre tiende a atraparse en el problema y en el pasado. En cambio el para qué se enfoca en el futuro y en las posibles soluciones.

No quiero decir con esto que destierres el por qué de tus dudas, si no que lo trates con sumo cuidado. Cuando seas consciente de que lo estás cuestionando, puedes probar a sustituirlo por el para qué y comprobar de inmediato, cómo cambia tu perspectiva.

Emplearé otro ejemplo. Imagina que olvidas antes de salir de casa, coger las llaves. Cuando regresas a tu hogar te percatas de lo ocurrido. Decides contactar con un cerrajero no porque te hayas olvidado las llaves dentro, si no para volver a entrar.

El problema es lo primero que se plantea y lo último que se va. Regocijarse en el por qué, no ayuda a salir de él. Cambiar la perspectiva hacia las soluciones o infinitas posibilidades, derrumbará tus muros, permitiéndote resolver mejor.

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¿Qué esperas, mientras esperas?.

Últimamente están casi en boca de todos. Algunos las tratan como su esperanza o su posibilidad para conseguir algo, y otros en cambio, como su peor enemigo. Los defensores de las expectativas opinan que la esperanza es lo último que se pierde. Los detractores por el contrario, no desean frustrarse en el caso de que los resultados obtenidos no sean los deseados.

Ambas opciones son comprensibles. Los primeros visualizan lo bueno, mientras esperan y los segundos prefieren no visualizar nada para no ser decepcionados después de la espera.

¿Se puede no esperar nada?. ¿Cómo se espera sin esperar?.¿Para qué esperamos entonces?.

Hace algunos días, leí un artículo, creo recordar que en Muy Interesante, que hablaba de lo óptimamente que gestionaban esas expectativas, los pesimistas. Al valorar detenidamente todo lo que puede salir mal, obtienen sin darse cuenta, nuevas posibilidades para salir de cualquier embrollo. Es una estrategia de lo más ingeniosa y creo que merece la pena modelar. A pesar de la actitud negativa de los pesimistas, la intención positiva de sus pensamientos, aflora como manto protector. Proporcionándoles nuevas opciones de acción, en caso de que el resultado no sea de su agrado.

Las esperas pueden ser agotadoras, desesperantes y muy traicioneras. Sin embargo lo que hagamos con ellas, ya es decisión nuestra. Porque lo importante no es lo que sucede, si no lo que hacemos con lo que sucede. Y mientras esperamos podemos sólo esperar o esperar aprendiendo.

¿Qué pasaría si hiciéramos como los pesimistas?. ¿Si desentrañáramos cada una de las opciones posibles que seamos capaces de percibir, tanto positivas como negativas?. ¿Podría funcionar?.

Desgraciadamente no existe una receta universal para todos. Lo que a unos les funciona, no tiene porqué funcionar para el resto. Hay que adaptar los ingredientes según el gusto del paladar. Probar cosas nuevas y elegir la que mejor te funcione.

¿Lo que has hecho hasta ahora relacionado con las expectativas, te ha funcionado?. ¿Se te ocurre probar otra cosa que te hiciese sentir mejor?.

Las expectativas serán lo que tú quieras que sean. Podrán ser decepcionantes, previsibles o espectaculares, dependiendo de lo que esperes de ellas. El qué esperas eres tú y el que crea mientras espera, también. Así qué como dueño de tu creación particular…

¿Cómo te gustaría esperar?

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Ya lo conseguiste, celebra.

¿Somos conscientes de todos los logros que hemos ido cultivando a la largo de nuestra vida?. ¿Qué habilidades hicieron posibles esos logros?. ¿Esos éxitos podrían ayudar a definirte?.

Desde bien pequeñitos nos educan desde el condicionamiento negativo. Reforzando sólo lo que podemos mejorar. Sin poner énfasis en lo que hicimos, hacemos y haremos bien. Reafirmando nuestros errores o nuestras faltas. Se nos condena empleando castigos o privaciones con la intención de que el aprendizaje siga su curso. ¿Qué se aprende con todo esto?. ¿A evitar el castigo?. Aprendemos a protegernos de las posibles sanciones pero y la premisa de la lección, ¿Cuál sería?. ¿Cómo se puede aprender a mejorar si no tenemos en cuenta también lo que hacemos bien?.

El refuerzo positivo reaparece en contadas ocasiones y se emplea en última instancia, como último cartucho. ¿Cómo cambiarían las cosas si lo empleásemos como primera opción?. Se utiliza cuando después de poner en práctica lo de siempre, el reforzamiento negativo, junto con los castigos, ya no nos funcionan. Y entonces se produce el cambio.

El reflejo de la educación es a su vez reflejo de de lo social y de lo cultural. Aprendemos de lo que vemos y como nos dicen que debemos hacerlo. Como seres sociales nos adaptamos al entorno. No somos culpables de nada, más que de aprender.

¿Qué nos cuesta más reforzar en el prójimo, lo bueno o lo malo?

¿A qué estamos acostumbrados?

¿Y cuando somos nosotros, quienes recibimos lo bueno, como nos sentimos?

¿Lo has probado?

Te invito a que lo hagas. Hay personas que llegan a sentirse incómodas, cuando sólo reciben halagos. Las costumbres se arraigan en nuestro yo. Cuando desparece lo conocido, aparece la incertidumbre y algunas veces la incomodidad. Todo es cuestión de repeticiones. De la misma manera que aprendimos a relacionarnos reforzando únicamente lo negativo en el otro. Si lo repetimos lo suficiente, podremos aprender también a reparar en lo valioso y también a comunicarlo.

¿No te apetecería conocer cuáles son tus habilidades según tu entorno más cercano?

¿Por qué no se lo preguntas?

¿Te reconoces en ellas?

¿Estás preparado ahora para devolvérselo?. Sólo necesitas tres repeticiones para que esta conducta se imprima en tu inconsciente.

¿Si así lo hicieras, cómo te haría sentir?, ¿y a tu entorno?

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Vacaciones para tu cerebro.

El ritmo de vida y nuestros quehaceres diarios rellenan nuestras horas. El simple hecho de poder gestionarlo todo, acorde con nuestro tiempo, provoca un tremendo desgaste de energía.

¿Tienes tiempo para desconectar?

¿Cómo sueles pensar, de manera analítica o por el contrario te dejas llevar por tu intuición?

¿Prefieres tu imaginación?

Tu cerebro también necesita descansar. De hecho cada 90 minutos se produce una desconexión casi imperceptible. Se oxigena para volver con lo que estaba. Para y continúa para ser efectivo. Sin esa oxigenación se saturaría, afectando negativamente a su rendimiento.

Te has fijado alguna vez, ¿cuándo te vienen las mejores ideas?

¿Cuándo a través de la razón intentas contestar los porqués?

¿O en momentos de disfrute y desconexión?

En la ducha, mientras disfrutas de un paseo y su paisaje, cuando escuchas música, mientras creas…

Nuestra sociedad está demasiado familiarizada con el exceso de información. La mayoría de nosotros vivimos pesando, analizando e imaginando lo que pasó y podría pasar. Sin tener demasiado en cuenta el tiempo real. Sin disfrutar de lo que verdaderamente importa. El presente es el único que te puede ayudar a crear tu camino futuro. Es cierto que nuestro pasado puede decir algo de lo que en su día fuimos, pero si ya no somos…

¿Para qué regresas?

¿Tu cuerpo necesita vacaciones?

Cómo tu cerebro. Quizás sea tu cerebro el que fuerce al cuerpo y le conveza para que se coja esas vacaciones. Aprende a relajarte, deja de analizarlo todo, simplemente obsérvalo con curiosidad y disfruta del aprendizaje. Aprende a parar y a oxigenarte. Tus ideas, tus conclusiones y tus decisiones te lo agradecerán. Aprende a estar aquí.

¿Y tú, dónde estás?

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Lo bueno de ti, eres tú.

¿Alguna vez le has dicho a esa persona tan especial para ti, lo que te aporta su compañía?, ¿Sabe que la admiras?, ¿Qué pasaría si así lo hicieras?

Probablemente tras salir de su sorpresa, te devuelva la más cálida de sus sonrisas. No solemos alabar las proezas o habilidades de alguien. No estamos acostumbrados. El hábito generalizado es señalar lo que se hace mal, sin reforzar el acierto. Y si no se tiene en cuenta, lo que se hace bien, ¿Cómo saber qué es lo que se debe hacer?.

¿Conoces a alguien en tu entorno, que todos los días te recuerde lo valioso que eres?. Si disfrutas de esa gran suerte, permanece a su lado. A veces el enfatizar las habilidades de los demás, es la única manera de que se reconozcan. El que depara en lo bueno, te reporta el mejor de los regalos en cuanto a tu identidad. Refuerza tu mejor parte, tu valor.

Si tuvieras que describirte con por ejemplo cinco adjetivos, ¿Cuáles elegirías?. Características atractivas de tu persona. Tus mejores versiones. Las que te hacen único. ¿Las tienes?.

No es tan fácil etiquetarse a si mismo. Si, sí lo ha sido, te felicito, porque tener un buen concepto de si mismo, es primordial para coexitir con el resto. Si te ha sido complicado y aún no tienes todos los adjetivos que te podrían definir, puedes compartir esta práctica con la gente de tu entorno. Ellos te conocen bien y sabrán cuáles son esas características tuyas que te hacen tan especial.

La lista con tus mejores versiones puede ser lo larga que tú quieras. Puedes autodescubrite en solitario o compartiendo con los demás. Es una práctica de lo más constructiva cuándo se hace en grupo o en pareja. Empondérate y empondera, no hay mejor retroalimentación.

¿Cuáles son las habilidades qué te hacen único?

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Di lo que te pasa con Asertividad.

¿Qué pasaría si dijeses siempre lo que pasa por tu cabeza?. Si no te guardases nada. Si todo lo que pensases, tuvieras que comunicarlo.

¿Crees que saldrías vivo en el intento?

Son muchos los pensamientos que nos rondan a lo largo del día. Muchos de ellos carecen incluso de interés, dependiendo de quién los recepcione. Sería bastante inoportuno decirlo todo. E innecesario, ya que si todos contáramos todo, ¿Qué nos quedaría para nosotros?.

Sin embargo siempre existen demasiadas cosas que no decimos. Cosas importantes para nosotros y que obviamos comunicar por miedo a su efecto rebote. Hay veces que decidimos callar porque preferimos no molestar o importunar. Otras veces, creemos que el silencio también puede ser tratado como cualquier otra respuesta. Y en las peores ocasiones porque tememos mostrar lo que somos y sentimos.

Las cosas que no se dicen, si carecen de relevancia, se esfuman. En cambio si son temas de valiosa importancia para ti, se reiterarán en tu memoria hasta que los resuelvas. Y la dificultad no está en lo que no dices, si no en el esfuerzo que haces por no decirlo. Actuar en contra de uno mismo, es de lo que más agota. Se necesita mucha voluntad para negar lo que uno es

Existen muchas maneras de decir las cosas. Nuestra venerada lengua, nos proporciona un amplio abanico de posibilidades para decirlo todo, de la mejor forma posible. Aprovéchate de su léxico, sin herir susceptibilidades. Entendiendo siempre la posible molestia del prójimo, haciéndoselo saber. Cuándo le haces saber a alguien que le entiendes y respetas, a ese alguien le es mucho más fácil entenderte y respetarte. Curioso, ¿no?.

¿Y qué más da, quién de el primer paso?, Si en la comprensión está el entendimiento.

Lo que no dices y te guardas intentará salir en cuanto tenga oportunidad. Puede que no elija las palabras como medio de difusión. Quizás prefiera un dolor de cabeza o una afonía repentina…pero intentará salir. Ocupa un lugar dentro de ti que no le pertenece. Tú lo retienes a la fuerza. Ahórrate toda esa energía desperdiciada por el no decir y di.

¿Por qué no lo dices?

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Qué disgusto, que te disgustes.

¿Qué es eso que tanto te enfada?, ¿Alguien de tu entorno te irrita profundamente?, ¿Reconoces tu parte en el enojo?

Debido a todas las situaciones que acontecen a lo largo del día y del poco control que tenemos sobre la mayor parte de ellas, nuestro estado de ánimo, puede sentirse perturbado mucho más rápido de lo que nos gustaría. Momentos que se tuercen fortuitamente provocando nuestro rechazo. Situaciones cuyo final no coincide con el desenlace que teníamos en mente. Enfrentamientos con los demás que sacan nuestra peor versión y nuestros peores modos.

¿Qué haces para llegar a ese estado de irritación?

¿Cómo sabes que ya estás enfadado?

¿Qué haces con tu enojo?

Imagina que estás recién levantado. Después de salir del baño, te diriges a la cocina para prepararte el desayuno. Cuándo el café ya está listo, decides servirlo en tu taza favorita. Sin saber muy bien porqué, la taza se tambalea y acaba en el suelo, junto con el café…

¿Cómo te haría sentir está situación?

¿Es suficiente para disgustarte?

¿Qué es lo que te cabrea de todo esto?

¿Qué se derrame el café o tener que recogerlo después?

¿Tu torpeza?

¿La torpeza de la taza?

Sería agotador tener que controlarlo todo y a todos. También algo incongruente. Ya que si todos pudiésemos controlarlo todo.

¿Qué pasaría si lo que yo quiero controlar, tú también lo quisieras controlar?

¿Quién gozaría del control?

Ese disgusto, ese malestar tan desagradable, ¿Quién lo provoca?,¿La situación o la persona qué no te gusta? o ¿Tú qué eres quién siente la molestia?. Una taza o una persona no puede hacerse responsable de tu enfado. Esa sensación la generas tú. La gente hace cosas, no te hace cosas. Y las cosas suceden y no en tu contra.

Hasta del más irracional de los enfados podemos aprender la mejor de las lecciones. Lo padezcas tú o cualquiera de tu entorno. Es interesante descubrir qué es eso que tanto nos molesta y porqué, así como descubrirlo en los otros. Facilitaría nuestra relación, ya que con tal información, sería mucho más fácil encontrar el equilibrio en lo social.

Aunque suene paradójico, tenemos que aceptar que para no perder el control no podemos, ni debemos controlarlo todo, ni a todos. Lo que te empeñes en controlar, te controlará a ti, perdiendo entonces todo tu control.

No es lo que sucede, si no lo que hacemos con lo que sucede. Esa sí es tu responsabilidad y de ti depende lo que hagas con ella. Y no te apures, ya que se necesita lidiar con muchas tempestades hasta alcanzar la calma.

¿Para qué te enfadas?

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