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Acepta, rómpete, completa y abraza.

Acepta, rómpete, completa y abraza. «La ola no rompe para dejar de ser ola. Se rompe para volver al mar, sabiendo que volverá a romperse.»

¿Y tú, a dónde vuelves cuando te rompes?

¿A ti?

La entrada de hoy, será la última con relación a las heridas contraídas durante tu niñez y que te impiden ser tú mismo. La verdad es que el tema da para mucho. Y existen diferentes maneras de tratarlo. Espero que mi manera, te haya servido para conocerte un poquito más, para entender porqué te sientes como te sientes en ciertas situaciones, y para comprender también, la historia de tus progenitores, ya que tiene que ver mucho, con tu propia historia.

En la última entrada, exploramos la manera que tienen las heridas de formarse. Las dividimos en cuatro etapas. Y te invitaba a invertir esas etapas, para ayudarte a volver a reencontrarte con tu auténtico yo, y no con tus disfraces.

Para sanar hay que aceptar.

Desconozco si has tenido la oportunidad de invertir esas etapas o de «desandar» la escalera. Si no es así, hoy te traigo otro método que también te puede servir, para comenzar con la sanación de esas heridas.

También, de cuatro pasos: Acepta, rómpete, completa y abraza.

1. ACEPTA: el primero de los pasos. Es el de reconocerte con la herida y con el disfraz, para identificar tu personalidad herida. Parece obvio, que si no conocemos lo que sucede dentro de nosotros, no podremos reparar, eso que está roto.

Aceptar lo que te hizo daño, es un acto de amor hacia ti mismo, como vestirte con ese disfraz, para no sufrir. El disfraz te ha ayudado a sobrevivir, o hacer de tus experiencias más llevaderas. En esta primera etapa, debes reconocer por tanto, que no es la experiencia, lo que importa, si no tu interpretación, a cerca de ella. Lo que haces con lo que te sucede. Eres tú el que eliges que te duela o no. Nadie puede decidir por ti. Así que elige, aprender y no sufrir.

Recuerda esas experiencias, en las que decidiste ponerte el disfraz y aprende de ellas.

¿Qué te enseñaron?

2. RÓMPETE: es el segundo paso, el de dejar salir todo el sufrimiento. Probablemente sea el más doloroso de todos los pasos. Porque con tanto disfraz, no te permitiste sentir ese dolor de verdad. Lo camuflaste con harapos y comportamientos para paliar tu malestar. Pero ahora has de dejarlo salir. Ya no pinta nada ahí. El sufrimiento de tu pasado, quedó en tu pasado. No permitas, entonces que afecte a tu presente.

Puedes emplear lápiz y papel para escribir todas las cosas que recuerdes y que causaron dolor en tu infancia. Cuanta más larga sea la lista, mejor. El desahogo, limpia el alma. Así que no te cortes y suelta lo que aún te pesa y sigue manteniendo tu herida abierta. Llora, si tienes que llorar, grita si tienes que gritar, y golpea la almohada, si los llantos y los gritos, no son suficientes. Pero no te dejes nada dentro.

3. COMPLETA: es el tercer paso. Completar las tareas que se quedaron sin completar, a medias. Es decir, las heridas causadas, fueron producidas principalmente, porque no te supieron dar, lo que necesitabas en ese momento. O lo que es lo mismo, tus necesidades de aquel entonces, no quedaron cubiertas. Y como la herida ahí sigue, hasta que no cubras esas necesidades, la herida no comenzará a sanarse y a cicatrizar. Así que,

¿Qué te parece si cubres tú, tus necesidades?

Esto es, si sentiste RECHAZO,

¿Qué tal si te permites el derecho a existir?

– Confía en tus capacidades.

– Debes aceptar y aprobar cómo eres, para respetarte.

– Tus opiniones también son valiosas, así que no te las guardes para ti y compártelas con todos, los demás, te lo agradecerán.

– Aprende a escucharte y amarte con todo. Son las diferentes partes de tu conjunto, las que te hacen tan especial.

Si sentiste ABANDONADO,

¿Qué tal si empiezas a comprometerte con lo que sientes, dices y necesitas?

– Debes aprender a responder con adultez y responsabilidad.

– Deja de ser autocomplaciente.

– Aprende a ver lo bueno de ti, de los demás y de la vida.

– Deshazte de la queja y abraza el agradecimiento.

– No necesitas a nadie para quererte, el amor más completo es el que te das a ti mismo.

Si te sentiste HUMILLADO,

¿Qué tal si empiezas a establecer tus propios espacios, para disfrutar de tu libertad?

– Debes aprender a escuchar tu cuerpo. Cuida tu salud.

– Deja de ser CRUEL contigo y trátate con amor y delicadeza.

– Enfócate en lo valioso de ti y siéntete orgulloso por ello.

– Empieza a ponerte límites tanto a ti, como a los demás.

– Crea relaciones adultas y en libertad.

Si te sentiste TRAICIONADO,

¿Qué tal si empiezas a ser auténtico con lo que sientes?

– Date permiso para confiar y tener Fe en la vida.

– Debes aprender a comunicar tu necesidad.

– Suelta y esfuérzate en ver la fortaleza de las personas.

– Disfruta del Aquí y del Ahora.

– Abraza tu miedo y piensa, «que todo está bien en tu mundo».

Si sentiste que padeciste INJUSTICIAS,

¿Qué tal si empiezas a dejar de intentar ser perfecto siempre?

– Debes aprender a darte permiso para equivocarte.

– Hacer actividades con las que disfrutes.

– Compartir momentos con niños, animales, con la naturaleza…

– Ser espontáneo, e intentar no planear nada.

– Permítete sentir lo que sientes. Y exprésalo.

– Respeta tus límites. Y equilibra el deber con el querer.

5. Y ahora, ABRAZA: el último paso y probablemente el más importante de todos. Porque consiste en «Amarte y permitirte el derecho a ser tú mismo.» Si se formó la herida es porque no te permitiste ser tú. El disfraz que te colocaste, cubrió tu verdadero Yo. Y ahora es el momento perfecto para que vuelvas a reencontrarte contigo.

¿Sabrás ahora quién es tu verdadero Yo, después de tanto tiempo, interpretando el papel equivocado?

Tu verdadero Yo, es el que está libre de dudas y de incertidumbre. El que no le teme al Miedo, porque está repleto de confianza. El que sabe que con Amor, todo se puede. Y el que siente Paz, cada vez que se ve reflejado en un espejo. Y es que tu verdadero Yo, eres tú.

Así que Acepta, rómpete, completa y abraza. Acepta para reconocerte. Rómpete para soltar lo que ya no tiene sentido sujetar. Completa lo que se quedó a medias. Y vuelve a abrazarte para regresar a ti. Compórtate como una ola. Porque la ola no rompe para dejar de ser ola. Se rompe para volver al mar, sabiendo que volverá a romperse.

Dicho esto, lo dejó aquí. Aunque me gustaría recomendarte el libro, así como la autora: «Las cinco heridas que no te permiten ser tu mismo.» De Lise Bourbeau. Toda la información recogida en estas entradas y en los pertinentes vídeos, fue extraída de este gran libro. Así espero que si optas por adquirirlo, lo disfrutes tanto como yo.

Una placer, compartir contigo. Un honor, que me hayas atendido. Y un te quiero enorme, de mi Yo verdadero, al tuyo.
Repite el mantra, las afirmaciones funcionan: Acepta, rómpete, completa y abraza.

¡GRACIAS por ser TÚ!

Pincha aquí para ver el video.

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Tu cuerpo no cesa de comunicarse contigo.

Tu cuerpo no cesa de comunicarse contigo.

¿Lo escuchas?

Puedes hacer oídos sordos, u ojos ciegos. También puedes no sentirlo. No porque eso que sientes no se manifieste, si no porque a pesar de que sí se manifiesta, tú no estás en tu cuerpo. Y si no estás en tu cuerpo: 

¿Dónde estás?

¿En tu mente?

Hay que tener en cuenta, que el cuerpo y la mente son inseparables. Entendiendo como mente, a tu razón o parte consciente, y a tu cuerpo, al templo que te alberga, es decir, tu parte más física, tu apariencia. La mente piensa y el cuerpo siente. Esto es, el cuerpo siente lo que tu razón te hace pensar. Pero además de tu razón,

¿Qué más cosas te hacen sentir, que tu mente no puede descifrar, por más que se empeñe?

¿La energía, la sientes?

Y es que todo, absolutamente todo lo que ves y lo que no ves con los ojos, tiene una energía determinada. Pensamientos y sentimientos incluidos. También existe energía en los lugares que habitas y los que no, en las personas que te rodean, en los animales y las plantas, en todos tus objetos personales. Tú desprendes y atraes energía. Puede que no sepas ni a dónde va, ni de dónde viene. Pero seguro que la sientes.

¿Dónde la sientes?

¿En tu mente o en tu cuerpo?

Y es que tu cuerpo no cesa de comunicarse contigo. Sin embargo, hay veces que lo apagas o lo ignoras, aumentando el volumen de tu mente. Cuando esto sucede, y abandonas tu cuerpo, la energía, pese a que se siga manifestando, no puede ser percibida. Tu mente, lo único que puede hacer con esa energía, es intentar explicarla y generar pensamientos, cargados de ella. Pero no puede sentirla. Porque esa energía se siente en tu cuerpo, sólo si tú se lo permites. 

¿Atiendes a lo que te dice tu cuerpo?

Imagina que recibes una llamada en tu teléfono móvil, de un número desconocido. Las primeras llamadas con ese mismo número, decides ignorarlas. No te apetece devolverlas, además que siempre te llama a horas inoportunas. Sin embargo, el teléfono desconocido sigue insistiendo. 

Un buen día, y sin percatarte del número que te llama, descuelgas el teléfono. Para tu sorpresa, es tu vecino quién te llama, para informarte que tiene una fuga en su casa y que sospecha, que pueda venir de la tuya. En ese preciso momento, no tienes tiempo para atenderle y te comprometes a llamarlo después. Pero se te olvida. Así que tu vecino continúa llamándote insistentemente para que te responsabilices de lo sucedido.

¿Y si tu vecino fuera tu cuerpo y tú, la mente que no quiere escuchar, ni coger el teléfono?

Tu cuerpo no cesa de comunicarse contigo. Puede que no te apetezca atenderlo siempre, como a tu vecino. Pero si no lo haces,  puedes estar seguro, de que te volverá a llamar. Se puede comunicar contigo a través de diferentes lenguajes. Puede emplear emociones o sentimientos para hacerlo, como también puede hacerse notar, a través de alguna dolencia o enfermedad. Se conoce todos los trucos para llamar tu atención. Si no le haces caso a la primera, lo volverá a intentar las veces que haga falta, hasta que te percates de su mensaje. 

Las primeras llamadas serán menos frecuentes e intensas. Sin embargo, si le respondes con tu pasividad, tu cuerpo también puede llegar a impacientarse, e incrementar tanto la frecuencia, como la intensidad de sus mensajes. 

Por ejemplo, si ha decidido comunicarse contigo a través de alguna molestia dermatológica, porque quiere decirte algo,  puede que las primeras llamadas, sean de carácter leve y se manifiesten con algún tipo de sarpullido sin importancia. Si le haces caso, ese sarpullido desaparecerá. Si no, lo que en principio comenzó como algo leve puede derivar fácilmente, en algo mucho más serio o severo. 

Lo mismo sucede con las emociones o los sentimientos que sientes. Estos siempre se localizan en alguna parte de tu cuerpo. Puede que no te apetezca sentirlos y los rechaces, pero si no les haces caso, esa zona concreta de tu cuerpo, terminará resintiéndose, causando males mayores. 

Así que ni no quieres padecer males mayores, por no atender a tu cuerpo, vas a tener que disciplinarte y escucharlo detenidamente. Porque tu cuerpo no cesa de comunicarse contigo. Todo se manifiesta en él.

Como dije antes, todo, absolutamente todo lo que conoces y lo que no, es energía. Esta energía genera una fuerza en tu cuerpo que le hace cargarse o descargarse. Pero además de eso, te trae siempre información muy valiosa, si no, no repararía en tu cuerpo, seguiría de largo. Si se «estanca» en tu cuerpo, es porque tiene algo que decirte. Y la única manera para poder soltarlo y dejarlo ir, es escucharlo.

Y ahora date una oportunidad para escucharte. Atiende. Siente. Regresa a ti y permanece en ti. No te abandones, no tienes otro sitio mejor en el que hospedarte. Disfruta de ti, sintiendo. 

¿Qué sientes en tu cuerpo?

¿Lo escuchas?

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Para sanar hay que aceptar.

Para sanar hay que aceptar. Porque si no lo aceptas, lo niegas y cuando lo niegas, te niegas. El rechazo te enfrenta a una lucha contigo. Una lucha en la que el vencedor, es el mismo que el vencido.

¿Puedes vencer y ganar al mismo tiempo?

¿Qué es lo que ganas si vences, y qué es lo que pierdes si te vences?

¡A TI!, ambas preguntas se contestan igual. De ti depende si quieres ganarte o perderte. Esto es, ser tú o dejar de serlo.

La semana pasada, te pedí como deberes, que intentaras rescatar experiencias de referencia de tu pasado, para encontrar correspondencias con las diferentes tipos de heridas y sus disfraces.

¿Las tienes?

¿Ya podrías decir entonces, cuáles son las heridas por las que sufres?

¿Y según tu análisis, tienes una, o más de una herida por curar?

Estas heridas, aunque se empiezan a construir en los primeros años de vida. Siguen un riguroso proceso de formación o creación de la herida, que lo podemos clasificar en diferentes etapas. Estas etapas serían las siguientes:

1. En la primera etapa, es dónde comienza a formarse la herida. Aún no te duele lo suficiente, ya que no se ha formado del todo. Es la etapa donde te permites ser tú mismo, sin filtros. De hecho, no sabes ser de otra forma. No encuentras más opciones, que ser como eres.

2. En la segunda etapa, ya empiezas a encontrar más opciones. La herida, ya te duele lo suficiente. Y las tiritas no te alivian el dolor. Así que descubres, que si dejas de ser tú mismo, para acercarte más, a lo que esperan los demás de ti, la herida, se disimula y parece no doler tanto.

3. En la tercera etapa te resistes al cambio, rechazando todas las opciones, para ser diferente a lo que realmente eres. Es entonces, cuando te enfrentas a tus progenitores. Te rebelas contra ellos y contra tu dolor.

4. Y después de tu rebelión, y de tu rebeldía, la cuarta etapa, te trae la resignación. Es el momento de colocarte el disfraz, con el fin de esconder tu sufrimiento. Dejas de ser tú, para interpretar otro papel diferente. Aprendiste que quizás así, la herida te dolería menos, aunque lo único que consigues vistiendo tu disfraz, es esconder la herida, sin tan si quiera sanarla antes.

No sé si recordarás el ejemplo de la herida abierta e invisible, que explicaba en la primera entrada. La herida se ha vuelto invisible, porque tu la escondiste, bajo tu disfraz. Sin embargo sigue ahí. Los demás pueden tocarla, sin darse cuenta, porque no la ven, y hacerte daño. Así que destapa la herida, o lo que es lo mismo, quítate el disfraz y empieza con su curación. Y es que para sanar, hay que aceptar la herida.

Puedes invertir las etapas del proceso en la formación de las heridas. Es decir:

1. Lo primero que debes hacer es quitarte el disfraz.

2. Lo segundo, deberás luchar contra tu resistencia, porque se volverá a dar. En este caso, no lucharás contra tus progenitores y contra tu dolor, si no contra ti mismo. Al despojarte del disfraz te sentirás desnudo y hace mucho tiempo que no te percibías así. Puede que no te guste del todo lo que ves. Por eso tendrás que (re)aprender a mirarte.

3. Lo tercero, será  aceptar y aprobar lo que ves de ti. Amarte al completo. Entender, que aunque dejaste de ser tu mismo en el pasado, eso no hizo que la herida te doliera menos. Ni si quiera conseguiste que los demás se sintieran mejor. Así que tendrás que aprender a ser tú mismo, de nuevo.

4. Y en la cuarta etapa y la más bonita, tendrás que reencontrarte contigo. Sacarte a bailar, como si fuera la primera vez. Hablarte con dulzura, porque es lo que te mereces, amarte con todo.

Tendrás que «desandar» la escalera hasta que llegues de nuevo a ti. Y cuando llegues, que no se te olvide abrazarte con fuerza, hace mucho tiempo que estabas esperando ese abrazo sanador. Sólo tú podías dártelo y recibirlo. Estás desnudo ante ti, libre y liberado. Agradece el reencuentro. Agradécete, volver a ser tú, contigo.

Y por si aún no sabes cómo «desandar» la escalera. La próxima semana volveré con más ideas, que te ayudarán a ascender, escalón a escalón.

Pero antes me gustaría dejarte un ejercicio para empezar a trabajarte:

Imagina que te invitan a una fiesta de disfraces. Sólo puedes elegir, entre cinco atuendos. Que obviamente, se corresponden con los disfraces de las 5 heridas. Por lo tanto, puedes elegir vestirte de ESCAPISTA, de DEPENDIENTE, de MASOQUISTA, de CONTROLADOR o de RÍGIDO.

¿Qué disfraz elegirías para la fiesta?

Cuando tengas el disfraz elegido. Describe cómo es la ropa o la vestimenta. Sus colores, la forma, si es cómoda de llevar o por el contrario, es difícil de llevar, si llevas algún complemento o accesorio que complete tu look. Imagina y define al detalle, el disfraz elegido.

Es muy posible, que después de lo aprendido no te apetezca, tener que elegir ningún disfraz de los descritos. Sin embargo, ya sabes que para sanar hay que aceptar. No te apures. Es sólo una fiesta. Debajo del disfraz, sigues estando tú, con otra indumentaria. Y durante la fiesta, todos y cada uno de los asistentes, tendrán que despojarse de sus disfraces, para mostrarse tal y como son. Esos disfraces se quedarán en la fiesta. No volverás a tener contacto con ellos.

Ahora tendrás que elegir otro tipo de ropa para vestirte, que te defina a ti, y no a tu herida.

¿Qué sería lo primero que cambiarías de tu antiguo atuendo?

¿Puedes imaginarte cómo te sentirías con una nueva indumentaria, acorde contigo y no con tu pasado?

Y ahora sólo te queda cambiar de atuendo. Se creativo. Piensa que tú disfraz lo dejaste en la fiesta y que te será imposible recuperarlo. Así que tendrás que idear otra manera de vestirte, que te haga sentirte cómodo y que a la vez, hable de ti. Vístete como tú eres, no como lo que intentabas ser.

Y recuerda que para sanar hay que aceptar. Reconoce, identifica, acepta y permítete el cambio. Porque atuendos hay muchos, sólo que tienes que elegir, el que mejor te complemente, para que hable de ti y no de tu herida.

Ya has ascendido el primer peldaño, ahora ya sólo te quedan los cuatro restantes. Aprovecha el impulso y no te quedes ahí.

¡Nos vemos la próxima semana!

Pego vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=W7ZIgM9zn8s&t=9s

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Hoy dibujo mi calma.

Hoy dibujo mi calma con los colores de las tormentas del ayer.
Como mi calma, hoy habla de mi, también lo hacen mis tormentas. 
Todas ellas. 
Las más frías y angustiosas, 
las más largas, 
las que arrasaron con lo conocido, para dar paso a lo que tenía que venir.
Por eso agradezco cada uno de sus radiantes colores. 
Ya que sin ellos, 
mi cuadro de hoy, 
no tendría sentido, ni tampoco contenido. 

Me mojé, me calé y me resfrié. 
Hasta que aprendí a chapotear entre tormentas. 
Dejé de luchar contra ellas, para convertirme en ellas. 
Se afianzaron mis raíces y se fortalecieron mis ramas. 
Sus tempestades me hicieron tiritar de frío, 
hasta perder el rumbo. 
Asimismo, lo volví a recuperar, entre mi calma.

Hoy dibujo mi calma con los aguaceros de mi pasado. 
Mi presente brilla hoy, gracias a los colores del ayer. 
Las luces que parecían apagadas, me encendieron el alma y con ellas, llegó la calma.

Entre tanta tormenta, recuerdo una en especial:
Navegaba airosa entre afluentes, 
sin embargo pensaba, que ya había llegado a la mar. 
La fuerza de lo líquido, hizo volcar mi barca, 
provocando que tragara más agua de la que mi estómago podía soportar. 
Fue entonces cuando descubrí, 
que aún me quedaba bastante travesía, hasta alcanzar el océano. 

Así que seguí navegando mi tormenta. 
Hasta que un buen día, choqué con una gran roca, 
que agujereó mi barca. 
Tuve que abandonarla, y terminar la travesía a nado. 
Al principio nadaba contracorriente, 
lo que produjo mi cansancio y desesperación. 
Agotada y sin apenas fuerzas, 
me dejé llevar por las dulces aguas, y enseguida llegué a la mar.

Desde aquí, te espero. 
Espero que también tus gotas acaben de llegar. 
Porque como cada gota cuenta, la tuya también suma. 
¡Regálate al océano con tus gotas!. 
Bendice tus tormentas y tus travesías. 
Todas ellas, te sacaron de charcas oscuras, y de aguas estancas.
¡No te estanques!, continúa tu camino y disfruta del colorear.

Hoy dibujo mi calma, para que tú dibujes la tuya.

¿Compartimos colores y creamos algo juntos?

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Tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz!.

Tu niño Interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Ya eres un Ser completo, tal cuál eres. Y es que cuando buscas la perfección, es cuando la pierdes, y te pierdes.

«La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, si no cuando no hay nada más que quitar.»
(Antoine de Saint-Exupéry)

Si prescindes de algo de ti, dejas de ser tú. Todas tus partes te hacen ser quién eres. Ese ser único y completo capaz de todo, si se lo propone.

En la entrada anterior, exploré la herida de la TRAICIÓN, junto con el disfraz que la oculta, el del CONTROLADOR.

Tu niño interior te dice: ¡No controles!.

Desconozco si ya has conseguido reconocerte con alguna de las heridas o con los disfraces que las esconden. Como no me cansaré de repetir, es muy probable que no sólo hayas sufrido de una única herida, puede que sean varios los cortes y las rozaduras que han podido lastimarte durante tu infancia. Sin embargo, siempre hay una herida que es más profunda que las demás. Y esa es la herida que se somatiza en tu cuerpo. Quizás, sea la herida que más le cueste aceptar a tu mente. Pero como también he repetido en diversas ocasiones, el cuerpo, ni puede, si sabe mentir, por eso es interesante que lo primero que analices, es con qué características físicas te identificas, para sanar primero, la herida que más te limita.

Las heridas que antes se manifiestan son las tres primeras. La herida del RECHAZO, la del ABANDONADO y la de la HUMILLACIÓN. Son las primeras en surgir y en realidad, las dos restantes, la herida de la TRAICIÓN y la de INJUSTICIA, que analizaremos hoy, también derivan de ellas.

Puede darse el caso, que tu herida de ABANDONO, te haya llevado a sentirte traicionado. Como que tu herida de RECHAZO, te haya hecho pensar que tu vida y las cosas que te pasan, han sido tremendamente injustas. Lo que quiero decir con esto, es que si sientes la TRAICIÓN o la INJUSTICIA, como tus heridas más profundas, vas a tener que profundizar aún más en ellas, porque es muy probable, que oculten restos de otras heridas.

Y ahora sí, vamos a explorar la última de las heridas: la herida de la INJUSTICIA y su disfraz, el del RÍGIDO.

Esta herida, se refiere a la ruptura con tu propia identidad. Durante tu infancia, algo te forzó a dejar ser tú, porque las circunstancias, así lo requerían. Tenías la necesidad de ser la estrella y de ser perfecto, pero lo que te sucedió y cómo lo gestionaste, hizo imposible, sentirte así. Si sufres de esta herida, a pesar de todos tus esfuerzos, por agradar al resto, no te sientes apreciado, valorado y respetado. Por tanto, también tienes ciertas dificultades con lo crees merecer, o con tu merecimiento. Puede que sientas que no recibes lo que mereces, o por el contrario, que recibes más de lo que mereces. Te encuentras en una permanente ambivalencia, entre lo que es justo y lo que no lo es.

Es una herida que se manifiesta entre los cuatro y los seis años de edad. En ese momento, estás perfilando lo que será tu personalidad. Lo que deberías ser, y lo que no. Y es que, «entre lo que aparentas ser y lo que quieres ser, estás tú.» Sin embargo tu lucha con tu propia perfección, es lo que te impidió ser del todo tú, para poder ser «justo». No te sientes valorado o lo suficientemente apreciado, porque eres tú, quién no te aceptas del todo. Niegas partes de ti, escondes otras y así lo único que consigues, es no ser quién eres. Por eso tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Porque para ser feliz, tienes que permitirte ser tú. Despojarte de los disfraces que te esconden. La perfección no te dará la felicidad. Ya que tu felicidad, se encuentra oculta bajo tu propia imperfección.

Es una herida que se da, con el progenitor del mismo sexo. Sientes su frialdad, antes que su afecto. Y no es que este progenitor haya sido frío contigo o poco afectuoso. Porque como siempre explico, esa fue tu interpretación de lo sucedido. Tu papá, tu mamá, o tu tutor o tutora, te dio el afecto que supo dar. Lo que te expresó, fue su manera de demostrarte cuánto te quería. No supo hacerlo mejor. Y es que si revisas tu historia familiar, es muy probable que él o ella, también sufriera lo mismo que tú. Los recursos de los que disponemos en la niñez, son limitados, vamos adquiriendo nuevos recursos, conforme nos vamos enfrentando a nuevas experiencias. Tu progenitor, también fue un niño como tú y si no sanó sus propias heridas, cometerá los mismos «errores» que cometieron con él.

Las características de la PERSONALIDAD y del CARÁCTER de las personas que sufren de la herida de la INJUSTICIA, son las siguientes:

– Les cuesta mucho mostrar su afecto.

– Tampoco les gusta expresar lo que sienten. Ni si quiera sus opiniones.

– Son fríos y a la vez, explosivos, de mecha corta. Saltan con facilidad, desde la frialdad.

– Rara vez se enferman. Son duros con su cuerpo.

– Les encanta el orden.

– Se controlan, dejando de ser ellos mismos. Prefieren ser «justos» y «perfectos» que mostrar su propia personalidad. Lo que les hace ser injustos e imperfectos consigo mismos.

– No respetan sus propios límites y se exigen demasiado.

– Dificultad para sentir placer, sin sentirse culpables.

– Consideran injusto recibir menos de lo que merecen y más injusto aún, recibir más de lo que creen merecer.

– No les es fácil recibir algo que no se esperan, como un regalo, un ascenso, un halago…

– Se comparan con el mejor de todos y con el peor.

– Dudan mucho entre lo que deben y quieren hacer.

– No suelen admitir tener problemas.

– Son hipersensibles.

– Suelen reír para ocultar su sensibilidad.

– Se justifican, incluso cuando nadie les pide explicaciones.

– Vivaces y dinámicos.

– Tan optimistas, que se vuelve sospechoso.

– Lo que hacen, lo hacen para destacar y ser perfectos.

– Cruzan bastante los brazos.

– Se desvinculan de sus sentimientos.

– Extremadamente perfeccionistas.

– Su mayor TEMOR, la FRIALDAD, sentirla, como manifestarla.

¿Se corresponden estas características con alguno de tus comportamientos?

¿Te identificas de alguna manera, con la herida o con el disfraz expuesto?

Recuerda que tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Desnúdate ante ti.

El CUERPO también te puede dar algunas pistas, a cerca de si sufres por la herida de la INJUSTICIA, o no.

El cuerpo es erguido y rígido. Lo más perfecto posible. Bien proporcionado. Glúteos redondos. Talle corto y piernas largas. Movimientos rígidos. Piel clara. Mandíbula firme. Cuello esbelto y tieso. Camina erguido y con orgullo. Los ojos son brillantes de mirada intensa, muy vivos.

En su ALIMENTACIÓN opta por los alimentos salados y crujientes. Se cuida para no engordar. Quizá sea, el que más voluntad tenga para hacerlo. Se justifica cuando pierde el control con la comida, aunque rápidamente vuelve a controlarse.

Las posibles ENFERMEDADES que les pueden acechar, son:

– Agotamiento físico y mental.

– Calambres musculares.

– Tortícolis.

– Estreñimiento.

– Hemorroides.

– Patologías circulatorios.

– Problemas en la piel.

– Nerviosismo.

– Mala visión.

Y bajo ese disfraz de RÍGIDO que le impide mostrarse tal cual es. Lo que esconde ser, es:

– Una persona creativa y con mucha energía.

– Dotada de una gran capacidad para trabajar duro.

– Es ordenado y apto para trabajos en entornos que requieran una gran precisión.

– Un gran comunicador, con talento para explicar las cosas claramente.

– Muy sensible. Capta lo que sienten los demás, sin obviar sus propios sentimientos.

– Sabe lo que debe saber, cuando lo necesita.

– Encuentra a la persona indicada, en el momento oportuno.

– Entusiasta, lleno de vida.

– Resiliente, que es la capacidad para adaptarse a cualquier tipo de situaciones y para afrontar de la mejor manera, los peores acontecimientos.

Tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz!, déjate llevar por él. Buscar la perfección te aleja de la felicidad. Ya que tu felicidad, es poder disfrutar de ti y de tus imperfecciones.

Pues ya hemos acabado con las presentaciones pertinentes, de todas esas heridas antiguas, que nos impiden ser nosotros mismos.

Ahora, te toca a ti poner un poco de tu parte y aceptar esas heridas como tuyas. Identificarte con ellas. Para ello, puedes echar mano, de experiencias de referencia que te ayuden a comprenderte mejor. Pueden ser situaciones de tu infancia, de tu etapa como adolescente, de tu juventud, o de tu etapa adulta. Da igual de dónde las rescates, lo único que tienes que hacer, es encontrar las correspondencias, con los comportamientos descritos, con los disfraces elegidos, o con las características físicas de tu cuerpo.

Y mientras tú buscas esas experiencias, yo iré preparando la siguiente entrada, en la que te daré algunas pautas sencillas, para sanar cada una de las heridas descritas.

Así que, ¡Manos a la obra!, porque aún nos queda bastante que trabajar.

¡Hasta la próxima!

Pego vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=FnDEvJ-86nk&t=3s

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Eso que interpretas como problema.

Eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema. Tu interpretación de las circunstancias, te hace creer que sí que lo es. Sin embargo, si te permitieras indagar un poco más en esa dificultad, sin dejarte llevar por lo meramente superficial, encontrarás el auténtico motivo que te hace pensar así.

Como tú, la vida también se viste por capas. Se parece bastante a una cebolla. La capa exterior, es la que perciben los sentidos. Es la capa más dura, porque es la que más expuesta está. Se enfrenta a las inclemencias del tiempo, a las miradas y juicios de los demás, también actúa como protectora, ya que se encarga de esconder el resto de capas. Asimismo, está construida por esas creencias y esas convicciones que se esconden en las capas más profundas. Aunque sea la más tosca y la más dura, es la que menos se parece a ti. Es sólo la apariencia que quieres proyectar en el exterior. Y esa apariencia, o esa última capa, la utilizas para aparentar, algo que no eres, porque no te quieres mostrar.

Lo mismo sucede con los problemas. Su capa exterior sólo habla de tu interpretación hacia ellos. Te muestra lo superficial, no el contenido importante. La información real, siempre está debajo de esa última capa. Por este motivo, eso que interpretas como problema, no es el verdadero problema.

Imagina que en el trabajo, te ascienden a un puesto superior. Pero lo que en principio te alegra y te empondera, más tarde se convierte en un problema para ti. Ya que comienzas a sentir estrés, por las nuevas responsabilidades que tienes que gestionar. Te empiezas a encontrar agobiado y sobrecargado de trabajo. Piensas que el ascenso, te queda grande, y que en realidad, no estás lo suficientemente preparado como para demostrar, lo que vales en ese nuevo puesto. Lo único que te preocupa ahora, es acabar con todo ese estrés que te ronda. 

Esa última capa te alerta y te habla de tu estrés, pero, 

¿Qué esconde debajo?

¿Crees que es el estrés, tu verdadero problema?

El estrés, es la manera que tiene tu cuerpo de comunicarse contigo. De llamar tu atención para que entiendas que algo no va bien. Por eso interpretas el estrés como tu nuevo problema. Pero eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema.
Numerosos estudios indican que cuando sientes estrés, aumenta tu Cortisol. El Cortisol es la hormona del estrés y cuando este se dispara, el cuerpo se resiente tremendamente. El Cortisol es el responsable de infinidad de enfermedades, ya que debilita tu sistema inmune, permitiendo que enfermes con mucha más facilidad.

Sin ir más lejos, la situación que estamos viviendo en este momento, con el tema de la pandemia, ha disparado el cortisol de muchos de nosotros, haciéndonos entrar en un estado constante de pánico y de «hipervigilancia». 

¿Qué esconde tu estrés?

¿Qué hay debajo de esa última capa, cubierta de Cortisol?

El estrés no es más que temor o miedo disfrazado. Es la reacción de tu cuerpo frente a los continuos cambios de la vida. Podríamos decir, incluso, que es la excusa que te pones, para no hacerte responsable de ser el precursor de tus propias emociones. El miedo es una emoción primaria. Todos sentimos miedo. Sin embargo, no siempre lo reconocemos. Sentir miedo, es algo natural, pero cuando adoptas al miedo, como compañero de vida, este se convierte en tu peor enemigo. Porque vivir con miedo, no es vivir, si no sobrevivir.

Sentir estrés, te muestra tu carencia de armonía interior. No estás en paz contigo, ni con la vida. Porque la paz, es la consecuencia de tu confianza. Alguien que no confía en si mismo o en la vida, está en guerra o en lucha continua. Y si luchas contra ti, el perdedor siempre serás tu, ya que no hay nadie más en la contienda. Así que no luches, si no quieres terminar derrotado. Cooperar contigo y con la vida, es lo único que puede atraer tu victoria.

Así que la próxima vez que sientas estrés o utilices frases como: «esto me estresa», «tengo mucho estrés»…hazte la siguiente pregunta:

¿Qué es lo que me da miedo?

¿Qué temo que pase, que me hace sentir tan estresado?

Antes comentaba que tanto tú, como la vida, se visten por capas, igual que una cebolla. Cuando sujetas una cebolla sin haberle quitado la primera capa, no sientes nada. En cambio cuando se la arrancas y vas quitando capas, comienzas a llorar. Lo mismo sucede contigo. Tu primera capa, la más externa, no dice nada de ti, ni te hace sentir nada. Lo que habla de ti, siempre es lo de dentro. Y es que eso que interpretas como problema, casi nunca es el problema. Tienes que quitar las capas más superficiales para sentir algo y así sentir el verdadero problema. 

Cuando duele, ahí es. La emoción te dice que estás en el sitio correcto. Y para cambiar, sólo tienes que empezar a pensar, más allá de cómo te sientes. El pensamiento fue el que hizo sentirte así, ahora sólo tienes que seleccionar otro pensamiento, que te haga sentir diferente y poder así, cambiar de emoción.

El miedo y el estrés que sientes, frente a lo que te sucede, ya te han demostrado muchas veces, que el 99% de todo lo que piensas, que te pasará, nunca pasa. Que es tan sólo, un producto de tu imaginación, por no saber elegir el pensamiento correcto. El miedo te hace imaginar cosas horribles, si se lo permites. Permítete ahora imaginar para bien y no para angustiante. Elige cuidadosamente tus pensamientos. No dejes que sea tu miedo o tu estrés, el que decida por ti. 

Esos pensamientos que te generan estrés y que por ende, destapan tu miedo, 

¿Por que tipo de pensamientos te gustaría cambiarlos?

¿En qué tendrías que pensar, que no es miedo?

Se concreto, y empieza a practicar Ahora. Piensa para bien y no para boicotearte. Haz que tus pensamientos construyan y no que te destruyan. Con los mismos ladrillos se puede construir un puente o un muro. Si en tu pasado, te decidiste por el muro. Ahora, puedes destruirlo y emplear esos mismos ladrillos para construir tu puente.

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Tu niño interior te dice: ¡No controles!.

Tu niño interior te dice: ¡No controles!. Porque precisamente el intentar controlarlo todo, provoca que te descontroles. Eres un milagro, completo y perfecto en sí mismo. Y tu perfección, no se mide por lo que controlas, se mide por lo que eres y dejas de controlar. Ahí está tu liberación. El control no te acerca la paz o la felicidad. Si no que te la quita. Acepta las cosas como son y suelta los lastres que no te dejan ser, ni expresarte.

En la entrada anterior, exploré la herida de la HUMILLACIÓN, junto con su disfraz de CRUEL o MASOQUISTA.

Tu niño interior te pide: ¡No seas cruel!.

Como ya he comentado anteriormente, puedes tener más de una herida abierta. Sin embargo, siempre hay una de ellas, que hace más daño que otras. Puedes verte reflejado en los comportamientos repetidos, en los disfraces que empleas para evitar el dolor, o incluso en las características físicas de tu cuerpo.

Puede incluso, que te parezca, que te contradices en algunos casos. Es decir que tus comportamientos cuentan una cosa, pero que en cambio tus disfraces o tu cuerpo, muestran otra bien distinta. La herida predominante, o la más intensa, es precisamente, la que se manifiesta en tu cuerpo. Tu cuerpo no sabe mentir, en cambio tu mente lo hace constantemente. Y no es que tu mente, te quiera hacer daño, si no todo lo contrario, lo que quiere, es evitarte por todos los medios, hacerte sufrir. Por eso te engaña o no te deja ver, lo que ella considera que puede causarte cierto dolor. Así que fíjate bien, primero en,

¿Qué cuenta tu cuerpo de ti?

¿Con qué características físicas te identificas?

Porque esa es tu herida más profunda y la que antes deberías sanar, ya que es la que más te limita. No quiero decir con esto, que el resto de heridas, no sean también importantes, porque sí lo son. Aunque siempre hay que empezar por algún sitio. Y el hecho de comenzar con la herida más dolorosa, te puede facilitar el trabajo con el resto.

Dicho esto, hoy exploraremos la cuarta herida, la herida de la TRAICIÓN, que emplea el disfraz del CONTROLADOR.

Como te sentiste traicionado en tu infancia, no quieres volver a sentirte defraudado, en el resto de etapas. Esta herida tiene que ver con las expectativas incumplidas. Esperabas determinadas cosas de uno de tus progenitores, pero por desgracia, no se dieron. Esto te hizo perder la confianza y cuando esta se pierde, es muy difícil volver a recuperarla. Así que optaste por el disfraz del CONTROLADOR, porque entendiste, que si lo controlabas todo, incluso de lo que de ti no dependía, no volverías a sentirte traicionado.

Esta herida surge entre los dos y los cuatro años de vida. Y es que, ya en aquel entonces, para ti la lealtad y la honestidad, formaban parte de tus valores. La decepción que sufriste por esperar fidelidad, te hizo sentirte traicionado. Dejaste de confiar. Así que aprendiste muy temprano, a depositar esa confianza, en ti mismo. Y la herramienta que empleaste para ello, era controlar todo lo que cayera en tus manos. Por eso tu niño interior te pide: ¡No controles!.

Siempre hago hincapié en lo siguiente, y es que te sentiste traicionado, pero en realidad, nadie quiso traicionarte ni decepcionarte. Eras demasiado pequeño como para expresar lo que era importante para ti. Y desgraciadamente tu progenitor, tampoco supo verlo. El te ofreció lo que pensó, que sería importante. Probablemente lo que te ofreció, fue lo que era importante para él, en su infancia y que tampoco fue satisfecho. Porque como casi siempre suele pasar. Las historias tienden a repetirse y si tú sufriste la herida de la TRAICIÓN, tu progenitor también.

Esta herida se da con el progenitor del sexo contrario. Con el progenitor, o con el tutor que tuvieras en aquel entonces.

”Se necesita mucho Amor para Odiar.»  Un amor que te decepciona, se puede convertir en odio. Y las medicinas que más sanan, son las que están cargadas de amor, no de odio. El amor es el que cura, el odio es tan sólo un muro, que no te deja ver, y detrás de cualquier muro de odio, siempre hay amor.

Las conductas más representativas que forman parte del CARÁCTER y de la PERSONALIDAD de las personas que sufren por la herida de la TRAICIÓN son:

– Detestan tener que cancelar compromisos.

– Difícilmente confían en los demás, a no sé que estos les demuestren que sí pueden hacerlo.

– No muestran su vulnerabilidad.

– Muy buenos comediantes.

– Tiene facilidad para comprender y actuar rápidamente.

– Actúan como actores profesionales para destacar en cualquier entorno.

– Impacientes y bastante intolerantes.

– Convencidos de tener siempre la razón, e intentan convencer a los demás de lo que creen y piensan.

– Estado de ánimo inestable. Fácilmente pasan de una emoción a otra.

– Manejan demasiadas expectativas.

– Pueden mentir fácilmente. No para herir, si no por su tendencia a controlar las cosas.

– Grandes seductores.

– Intentan manipular cuando pierden el control de la situación.

– Les suele costar cumplir con sus compromisos y con sus promesas. Y cuando lo consiguen, les ocasiona un gran esfuerzo.

– Se creen con una responsabilidad fuera de lo común.

– También se creen fuertes e inquebrantables.

– Tienen la necesidad de sentirse especiales e importantes.

– Aunque dicen lo que piensan, se retiran rápidamente de los conflictos.

– Les gusta que les miren.

– Son puntuales. Suelen llegar antes de tiempo.

– Escépticos.

Como ya he comentado en las diferentes heridas anteriores, no tienes porqué verte reflejado en todas las características mencionadas. Con que te identifiques con más de la mitad, será suficiente, para aceptar que sufres de la herida de la TRAICIÓN.

El CUERPO o las características físicas de las personas que sufren de la herida de la TRAICIÓN: Son cuerpos que muestran fuerza y poder. Las mujeres poseen caderas predominantes y en los hombres, lo predominante, son sus hombros y su espalda. Suelen tener el pecho y el vientre abombado. Su mirada es intensa y seductora. Ojos que perciben las cosas que les rodean, rápidamente.

En cuanto a su ALIMENTACIÓN: suelen tener un gran apetito. Añaden sal y especies a las comidas. Saben controlarse cuando están ocupados, aunque cuando no, se descontrolan y pueden excederse sobrealimentándose.

Las ENFERMEDADES que pueden sufrir:

– Agorafobia.

– Calambres u hormigueos.

– Crisis de agitación y malestar.

– Delicado sistema digestivo.

– Inflamaciones varias, enfermedades que contengan «itis» (otitis, amigdalitis, artritis…)

– Herpes bucales.

– Alergias.

Y precisamente por su inconsciente tendencia a controlarlo todo, el que ha sufrido de la herida de la TRAICIÓN, esconde mucho de lo que es y de lo que siente. Lo que oculta bajo su disfraz de CONTROLADOR es:

– Su fuerza le hace brindar seguridad y protección.

– Tiene habilidades de líder.

– Es muy talentoso, sociable y con gran sentido del humor.

– Capta fácilmente el talento de las personas.

– Capaz de manejar varias cosas al mismo tiempo.

– Si se lo propone, completará grandes hazañas.

– Es capaz de ceder completamente.

– Toma decisiones sin vacilar.

Recuerda que tu niño interior te pide: ¡No controles!.

Imagina que sujetas con las manos, todo eso que intentas controlar, pero no puedes. Lo sostienes en diferentes bolsas. Para pasar al siguiente «nivel» , tienes que traspasar un puente que tiene límite de peso. Y es que todo lo que sujetas sobrepasa ese límite. Deseas pasar al siguiente nivel con todas tus fuerzas. Así que no tienes más opción que soltar alguna bolsa.

¿Qué bolsa soltarías primero y que sujeta?

¿Y la segunda?

¿Cuántas bolsas de más crees que sujetas?

Por eso tu niño interior te dice: ¡No controles!, para que pases ligero al siguiente nivel, porque sabe que es lo que quieres y lo que necesitas. Soltar esos lastres que te impiden avanzar.

 

¿Qué te ha parecido esta penúltima herida?

¿Crees que coincide contigo, o con alguien de tu entorno?

Ya sólo nos queda la última herida. Que corresponde a la INJUSTICIA y cuyo disfraz es el del RÍGIDO.

Prepárate para la próxima semana y te recomiendo, que no te la pierdas, porque puede que te sorprenda.

Te pego el enlace del vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=lrhGwUjekxg&t=1s

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El Juego de la Vida.

El juego de la Vida, es el mismo para todos. Sin embargo, no todos lo jugamos de la misma manera. Algunos siguen normas muy estrictas. Otros tienen dificultades para elegir la casilla de salida. Los hay incluso, que no siguen las casillas del juego, si no que crean sus propias casillas. Existen muchas maneras de jugar, como también existen muchas maneras de disfrutar jugando. Y es que todos, absolutamente todos, jugamos al mismo juego.

Imagina que nada más nacer, te entregan un tablero, con una serie de piezas, unas cartas y unos dados. Los primeros años de vida, son tus padres o tutores, los que hacen uso de tu tablero y de todos sus componentes. Mientras tanto, tú te dedicas a observar cómo se mueven las piezas en el tablero, cómo van sumando los dados y qué te van contando las cartas. 

Pero un buen día, tus padres dejan de jugar por ti y te ceden la responsabilidad para poder jugar con tu propio juego. Esto supone un gran cambio en tu vida. Moverte sólo por el tablero y jugar con las piezas, guiándote únicamente por los dados y las cartas, te convirtió en una nueva persona. Hasta entonces, habitabas escondido, entre las faldas o los pantalones de tus padres. Y a partir de ese momento, tuviste que aprender a ser tú, moviéndote sólo por un tablero desconocido.

Es cierto que no todos supieron desvincular a sus padres de su propio juego. Muchos siguen prefiriendo que sigan siendo estos, los que tiren los dados, o elijan las cartas por ellos. Otros en cambio, se tomaron tan a pecho, la responsabilidad de jugar, que se comieron hasta las piezas que representaban a sus propios padres, apartándoles del juego. Y es que a pesar de que el juego de la vida, sea el mismo para todos, existen muchas maneras de jugarlo. Como también existen diferentes tiempos, descansos o carreras, haciendo que la duración del juego, sea completamente diferente, según quién lo juegue.

Desconozco si eres de los que prefieres las prisas o la calma. Como tampoco sé, si has intentado hacer trampas para avanzar antes o saltarte esas casillas que no te agradaban del todo. Aunque lo que sí sé, es que hayas hecho lo que hayas hecho con tu tablero, eso ha marcado tu experiencia de vida, convirtiéndote en quién eres hoy.

¿Cómo crees que estás jugando al juego de la vida?

¿Te sientes orgulloso de tu avance, o por el contrario, crees que andas un tanto estancado?

Todos jugamos al mismo juego. Por tanto, tu juego puede repercutir en el mío, y el suyo en el de él. Por eso hay veces que piezas desconocidas, se vuelven imprescindibles para movernos por el tablero. Incluso puede ocurrir lo contrario, que las piezas más utilizadas, un buen día, dejen de servirnos y tengamos que prescindir de ellas. 

Hay partidas que duran poco. En cambio otras, se vuelven eternas. También existen partidas muy aburridas, como tremendamente entretenidas. Y esto depende no de quién juegue el juego, si no del espectador que lo contemple. Porque lo interesante de todo esto, es que no sólo podemos observar nuestro propio juego, si no el juego de todos los demás, ya que es el mismo juego. El juego de la vida es el mismo para todos. La partida es lo que es diferente. Porque cada uno juega, como quiere o sabe. 

Las partidas de los demás, te enseñan cómo jugar, o te dan ideas de cómo hacerlo distinto. Así mismo, a través de ellas, aprendes a conocerlos mejor y a conocerte a ti. Porque aunque no te lo parezca, los demás, son los diferentes reflejos de ti. Lo que te gusta de ellos o de sus partidas, son las partes que ya has aceptado de ti mismo. Y lo que no te gusta de lo que ves en ellos y de sus partidas, lo que te falta por aceptar. 

¿Sueles aceptar o criticar el juego de los demás?

En el caso de que seas de los que critican las partidas ajenas, 

¿Qué no has aceptado en ti?

Porque para aceptar a los demás, lo primero que debes hacer, es aceptarte. Hasta que no lo hagas, sólo conseguirás ver los defectos o las taras de los demás. Cuando en realidad, son tus propias taras las que te molestan.

El juego de la vida, es el juego de todos. Todos jugamos en él. Pero no todos lo hacemos con las mismas piezas, eligiendo las mismas cartas, sumando con los dados, el mismo resultado…Ni si quiera, aunque el tablero sea mismo, nos movemos por él, de la misma manera. Cada uno tiene su modo y cualquier modo, tiene derecho a ser. Tu propósito aquí, es jugar tu partida sin inmiscuirte en la de los demás. Te cruzarás con muchas partidas, dentro de tu propia partida.

Agradece el encuentro, aprende a conocer y a conocerte. Respeta la evolución o el avance de la partida de los demás. Tu sólo puedes marcar el ritmo de tu partida, y no el juego del resto. Dedícate a jugar con los elementos y a disfrutar del juego, antes de que se acabe tu partida, porque los demás seguirán jugando, aunque tú ya no estés. 

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