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Evalúa sin atender a tus exigencias.

Evalúa sin atender a tus exigencias. Se exigente sólo con tu tolerancia y tu flexibilidad. No exijas, tan sólo define tus preferencias.

La manera que tienes de evaluar lo que te pasa, afecta directamente a tu estabilidad emocional. Si tus valoraciones son positivas, tu estado emocional será aceptable, mientras que si tus estimaciones son negativas, afectará en igual medida, esto es, negativamente, a cómo te sientes.

Aunque el baremo que empleamos todos para evaluar, sea muy parecido, no todos valoramos las cosas que nos pasan, de la misma manera. Hay quiénes prefieren el tremendismo a la hora de evaluar un hecho concreto, y otros en cambio, se pasan con el optimismo. También existen términos medios, entre ambos polos, que son precisamente, los que más se acercan a la tan ansiada estabilidad emocional.

Un ejemplo de baremo universal, es decir las notas con las valoramos lo que nos sucede, podría ser:

– Fantástico
– Muy bueno
– Bueno
– Normal
– Malo
– Muy Malo
– Nefasto

Las personas más vulnerables a nivel emocional, suelen evaluar lo que les pasa, con las notas más bajas de la lista, o lo que es lo mismo, empleando adjetivos como, «nefasto», «muy malo», «terrible», «horroroso», «dramático», «catastrófico», «insoportable», «insufrible»… La lista puede ser interminable, lo que está claro, es que todos estos adjetivos, no son nada halagüeños. Las etiquetas que les ponemos a las cosas que evaluamos, siempre están sujetas a nuestros propios juicios personales. Por eso es tan importante la manera que tienes de valorar y de clasificar las cosas que te pasan, porque si evalúas de manera exagerada, puedes perder tu equilibrio emocional.

Cada una de las notas de la lista anterior, esconden una serie de percepciones subjetivas que te hacen exagerar o atenuar, lo que sucede a tu alrededor.

Imagina que cuando llegas a tu trabajo, tu jefe te espera y te invita muy cordialmente a pasar a su despacho. Su expresión y su postura corporal te hace pensar, que no se siente nada cómodo con lo que te tiene que decir. Y es que debido a la situación que está viviendo la empresa, se ha visto obligado a bajarte el sueldo. Te informa también, que esto será de manera provisional y sólo hasta que la situación mejore.

¿Cómo evaluarías esta situación?

¿Como algo normal, ya que comprendes que la empresa no está pasando por su mejor momento, o como algo nefasto e injusto, ya que entiendes que no es problema tuyo, lo que está viviendo la empresa?

Evalúa sin atender a tus exigencias. Si decides tomártelo como algo normal, es porque asumes que aunque te bajen el sueldo, podrás sobrellevarlo. Quizás tengas que apretarte el cinturón, pero peor hubiese sido, quedarte sin empleo. A pesar de que tu situación haya empeorado, podrás seguir siendo feliz, aún con un sueldo más bajito. Por tanto, tu valoración de la situación, no te desestabiliza a nivel emocional, porque tu evaluación de lo que te ha pasado, no ha sido exagerada.

¿Qué pasaría, por el contrario, si la misma situación la hubieses clasificado de manera nefasta, terrible o injusta?

Pues probablemente lo primero que te ocasionaría sería tremenda intranquilidad. Ya que te sentirías vulnerable ante la nueva situación que se te presenta. Si adoptases esta postura, ya estarías exagerando. Y la exageración te puede llevar a la desesperación, haciéndote creer que no puedes ser feliz, con un sueldo más bajo.

¿Y si en vez de bajarte el sueldo, te quedaras sin empleo?

Los seres humanos, en realidad, necesitan muy pocas cosas para ser felices. Mientras tengan cubiertas sus necesidades básicas, es suficiente. La vida está en continuo cambio y nosotros con ella. Ya hemos demostrado que tenemos una gran capacidad de adaptación para sobrellevar las peores situaciones posibles. Aunque para mantenernos estables a nivel emocional, en las peores situaciones, debemos aprender a evaluar lo que nos pasa.

Cuando te sientas inestable emocionalmente, y tras detectar, qué circunstancia ha provocado tu desasosiego, hazte las siguientes preguntas:

¿Cómo estoy valorando esta situación que está sucediendo?

¿La evaluación que he hecho de ella me tranquiliza o me causa intranquilidad?

¿En realidad, la situación es tan nefasta como para no poder soportarla?

Evalúa sin atender a tus exigencias, renuncia a ellas y define cuáles son tus preferencias. Si te mantienes rígido y exigente, entendiendo que las cosas tienen que ser, o que deben ser, sólo como tú crees, no podrás adaptarte a lo que no te esperas, y que no te lo esperes, no quiere decir, que no te pueda llegar. En cambio, si tu preferencia, es tu felicidad, independientemente de lo que suceda a tu alrededor, te será mucho más fácil asumir y aceptar todo lo que te pase, sea lo que sea. Ya que si te mantienes en tu exigencia y no ves más allá de lo que debería ser, según tus más férreas creencias, te va a costar mucho ser feliz, ya que tu preferencia es ser feliz, sólo si las circunstancias se dan cómo tú quieres. Entonces,

¿Tú preferencia, es ser feliz o salirte con la tuya?

No evalúes a la ligera. Ten muy en cuenta cuando haces evaluación de algo, si tus valoraciones te acercan o te alejan de la felicidad. Tu estabilidad emocional está en juego. Despréndete de tu exigencia. Tolera y asume lo que te pasa, sin exagerar. Todo tiene su parte amable. Decide ser feliz, sin preferir tener la razón. Si sólo atiendes a tus exigencias, estas terminarán por decepcionarte. Aprende a ser más tolerante y flexible. La rigidez te aleja de la felicidad, ya que puedes encontrar felicidad en cualquier parte, no sólo en las partes, en las que tú te empeñas en buscar. Sólo cuando dejes de exigir(te), te sorprenderá la felicidad.

Evalúa sin atender a tus exigencias, si tienes que ser exigente con algo, que sea con tu tolerancia y tu flexibilidad. No confundas ser feliz, con salirte con la tuya. Querer tener la razón, no te da la felicidad. La felicidad llega cuando entiendes que ninguna razón, es lo suficientemente confiable, como para renunciar a ser feliz.

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No te daña lo que te pasa.

No te daña lo que te pasa, te daña cómo interpretas eso que te pasa. Lo que sucede, en realidad, no tiene el suficiente poder cómo para afectarte ni positiva, ni negativamente. Sin embargo, cuando te afecta, es porque permites que así sea.

Las personas solemos tener la impresión, de que los hechos externos, o lo que es lo mismo, lo que nos pasa, impactan en nuestras vidas, de tal manera, que provocan en nuestro ser, todo tipo de emociones. Emociones como rabia, satisfacción, placer, enfado, tristeza… Es decir, que asociamos directamente lo que pasa fuera y es totalmente ajeno a nosotros, con lo que nos pasa dentro. Dicho de otra forma, vinculamos los sucesos externos con nuestras emociones internas.

Por tanto, si esto fuera así, lo que te pasa, sería la causa de tu malestar; y el cómo te sientes, la consecuencia de lo que se ha acontecido, sin que tú tuvieras nada que ver al respecto. Tú lo sientes, pero no has sido tú, quién lo ha provocado, si no que ha sido el hecho en cuestión, el que te ha provocado a ti. Esto es, tú no eres el responsable de lo que sientes, ni cómo te sientes, si no que le cedes esa responsabilidad a lo que pasó.

¿Es correcto esto?

¿Que una circunstancia concreta pueda cambiar tu estado de ánimo, por si sola, o en realidad sí que tienes algo que ver con el cambio de estado?

Imagina que vas caminando por la calle, sujetando con las dos manos, una docena de huevos, recién adquiridos. De repente, alguien se choca contigo e inmediatamente, la docena de huevos se cae al suelo y se rompen casi todos ellos.

¿Cómo reaccionarias?

¿Por qué crees, que se cayó la docena de huevos al suelo?

¿Porque alguien se chocó contigo?

¿Tal vez, porque no estuviste lo suficientemente atento, como para predecir que alguien se aproximaba?

¿O quizás, porque la gente anda muy despistada?

Y es que la docena de huevos se cayó al suelo, porque sujetabas una docena de huevos. Si hubieses sujetado una coliflor o un pack de leche, se habría precipitado al suelo, la coliflor o el pack de leche. Quizás esta respuesta no te convenza así de primeras, tal vez sea, porque sigues prefiriendo hacer responsable a las circunstancias externas, o a los demás, de cómo te sientes y de cómo te comportas.

Porque no te daña lo que te pasa, lo que te daña, es cómo interpretas eso que te pasa.

¿Sigues pensando que si no te hubieras chocado con el despistado, te podrías haber ahorrado el disgusto?

Si aún sigues pensando así, es porque crees que el suceso, fue el que empeoró, tu estado de ánimo. Ya que aún tienes la percepción de que existe una relación directa entre los hechos externos, con tus emociones internas.

¿No crees que se te olvida algo?

¿Qué crees que puede haber en medio, de esa relación que has establecido, entre los hechos y tu estado?

¿Dónde queda tu interpretación, entonces?

Puesto que tu interpretación, sí que tiene una relación directa con cómo te sientes. Son tus pensamientos los encargados de interpretar el suceso en sí. Así que dependiendo de los pensamientos que elijas en ese momento, te sentirás de una manera o de otra.

Volvamos al ejemplo anterior. El hecho de pensar, que el que se chocó contigo, iba despistado, ya es una interpretación. Probablemente pensaste eso, porque tu diálogo interno tampoco te ayudó mucho. Seguro, que te dijiste algo así como: «¡Vaya!, la gente va como loca por la calle. Y ahora por su culpa, tendré que volver a la tienda, a comprar otra docena. ¡Maldita sea!». O algo similar.
Es decir, que tu interpretación de lo que estabas pensando, te hizo reaccionar de una manera determinada. En cambio, si tu diálogo interno, te hubiese tranquilizado, con algo como: «Tranquilo, que son sólo unos huevos. Y los dos parece que estamos bien, a pesar del susto.» Tú reacción y por supuesto, cómo te sientes después del encontronazo, hubiese sido bien diferente. Por este motivo, no te daña lo que te pasa, si no cómo interpretas eso que te pasa.

Imagina ahora que tú reacción, fue maleducada y nada comprensiva. Lo hiciste sin pensar. Y tras coger aire, te percatas que ese alguien despistado, sujeta un bastón en su mano derecha. Tras fijarte un poquito mejor, te das cuenta, que quien se chocó contigo era una invidente. Entonces,

¿Quién se chocó con quién?

¿Qué harías ahora, para deshacer el desaguisado?

Y es que no hay necesidad de deshacer entuertos, si no los provocamos. Si hubieses pensado «correctamente» antes de actuar, nada de esto te habría pasado. Por eso tus pensamientos, tu diálogo interno y tu interpretación de los hechos, son los únicos responsables de cómo te sientes, pase lo que pase, en el mundo exterior. En tu mundo interno, sólo habitas tú. Y lo exterior, no tiene porqué dañar lo interior, si tú no lo permites. Aunque si andas dañado internamente, es muy probable, que también te afecte lo de fuera. Pero no porque esto pueda hacerte daño, si no porque el daño, ya está hecho, y viene de dentro.

Así que,

¿Qué puedes hacer para que lo de fuera no te afecte tanto?

– Lo primero que tienes que hacer es cuestionar, si eso que piensas, es decir, lo que oyes dentro de tu cabeza y cómo lo interpretas, es verdad de buena, o simplemente es un pensamiento catastrófico y exagerado.

– Lo segundo, deberás plantearte si pensar así, te es útil para algo y si te ayuda a resolver el conflicto.

– Y ya por último, para descartar malos pensamientos, a la vez que los identificas, es tener muy en cuenta, como te hacen sentir, mientras los estás pensando.

¿Eso que piensas y dialogas contigo mismo, te produce bienestar o malestar emocional?

No te daña lo que te pasa, te daña, la interpretación que les das, a eso que te pasa. Los sucesos no son los que te hacen reaccionar, es la manera que tienes de ver esos sucesos, la que provoca tu reacción. Tu estado interno, está totalmente implicado en tu manera de interpretar, pensar y también en tu diálogo interno. Cuida tu estado, cuida de ti y así no tendrás que cuidarte de lo externo.

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Conecta con la Vida.

Conecta con la vida. No desconectes para pensar de más. Haz contacto mientras disfrutas. Sal del sueño y entrégate al despertar.

¿O prefieres conectar sólo con tu pensamiento?

Porque la vida es mucho más.

¿Cuándo fue la última vez que te permitiste disfrutar, mientras veías volar a una mariposa?

¿Crees a caso, que la mariposa cuando vuela, lo hace preocupada, ansiosa o atormentada?

¿Qué te hace conectar y desconectar de la vida?

¿Cuándo dejas que tu mente te guíe, y cuándo eres tú, sin mente?

Imagina que fueses tú la mariposa. La que vuela entre jardines, mientras se deleita de los aromas y de los colores de las flores. Hace un día espléndido. El Sol brilla con toda su fuerza. Sin embargo, de repente, una densa nube se cierne sobre el jardín que tú transitas. Aún así, sigues disfrutando del paisaje y de las flores. Hasta que sientes, como pequeñas gotas de agua, golpean tus delicadas alas. En ese momento, decides ponerte a buen resguardo. Nunca te has llevado demasiado bien con el agua de la lluvia, aunque entiendas que es precisamente, ese agua, el que da la vida a esos jardines por los que tú paseas.

No obstante, ya sabes que tienes que resguardarte, para no estropear tus frágiles alas. Así que eliges cómo escondite cubierto, unas espesas hojas de un viejo árbol. Para descansar allí, pacientemente, mientras pasa la tormenta. Y a pesar de que hayas tenido que frenar tu vuelo, y ya no puedas saborear todo lo que un recargado jardín, le proporciona a tus sentidos. También sabes disfrutar en la quietud de tu calma.

Porque mientras esperas a que amaine el temporal, te contentas, con poder observar los cambios que acarrea la rabiosa tormenta. Sientes el descenso de la temperatura, el penetrar de la humedad, así como una luz más apagada, porque el sol se cubrió. Asimismo, conoces a nuevas mariposas, que como tú, también se han tenido que resguardar, dejándote entonces embelesar, por todo el ajetreo animado, de ese frondoso jardín.

Conecta con la vida y no desconectes para salir de ella.

¿Crees que mientras amaine la tormenta y vuelva a salir el sol, la mariposa seguirá conectada con la vida, o por el contrario se conectará con tu preocupación?

Porque es curioso, cuándo percibes a una mariposa, y cuándo ni si quiera la ves pasar, aunque esté. La percibes cuando te conectas a la vida. Cuando vives en el aquí y en el ahora. Cuando desconectas de tus pensamientos y te entregas al observar, mientras eres, sin pensar. Porque mientras estás pensando, la mariposa puede pasar revoloteando sobre tu cabeza, aunque puede que tus ojos no sean conscientes de su presencia. Y cuando la ves, vuelves a dejar de pensar, para conectar.

¿Son las mariposas conscientes de nuestra presencia?

¿Nos percibirán como mentes pensantes o como seres que están?

¿Quién es el sueño de quién?

¿O quién despierta a quién, la mariposa a ti, o tú a la mariposa?

Conecta con la vida. No desconectes para pensar de más. Los pensamientos te abstraen de lo que está pasando. Y lo que está pasando, eres tú por la vida. No te la pierdas. Distraerte con tus preocupaciones, tus culpas o tus lamentaciones, no te permitirán observar el vuelo de una mariposa y disfrutar con ella. Cómo tampoco le permitirán a ella, disfrutar de tu caminar.

Caminas libre, cuando conectas con la vida. Y no hace falta que te encuentres con una mariposa. Hay un sin fin de actividades que te hacen conectar con la vida, como muchas más, que te hacen descontar de ella. La vida pasa, y tú pasas a través de ella. Puedes pasar conectado, o desconectado. Puedes vivir la vida o pasar por ella, sin vivir en absoluto.

¿Y tú, qué eliges?

¿Conectar o desconectar?

Vuelve a la Naturaleza

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Tu eres el deseo que te impulsa.

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo, es tu voluntad.
Tal y como es tu voluntad, son tus actos.
Tal y como son tus actos, será tu destino.
(Brihadaranyaka Upanishad IV 4.5)

Tú eres el deseo que te impulsa. El deseo que te eleva y el que te hace levantarte cada mañana, dibujando una sonrisa en tu cara. También eres la ilusión, que hace posible que se cumpla ese deseo. Mientras sueñas, tejes con pasión, tus más ansiadas aspiraciones, y estas se manifiestan a través de ti.

El deseo te empuja a alcanzar tus propósitos. Porque es el estímulo que te recuerda lo que puedes conseguir. Cuando deseas, recargas tu fuerza. Tu energía se multiplica. Tu atención te da la razón, encontrando infinitos motivos, por los que no puedes dejar pasar tu sueño. No obstante, el deseo también te harta de esperanza. Lo alimentas con la confianza de que todo saldrá bien. Tus creencias te amparan, expresando en tu mundo, la idea en la que crees. La idea, fue la semilla, el deseo, su alimento y tu yo florecido, la manifestación constatada.

¿Te reconoces con tu deseo?

¿Te identificas con la expresión de ese deseo?

¿Tu deseo te impulsa y te eleva?

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo, es tu voluntad.
La voluntad es la intención que le pones al deseo. El para qué, quieres lo que deseas. La finalidad de tu sueño. El objeto final, que precisamente, no es un objeto, si no un propósito mucho mayor.

La voluntad es tu misión contenida. Es la visión con la pintas el fin. Tu motivación, te señala el camino. Puesto que el camino, es tu reafirmación. El proyecto que habla de ti, aunque no es para ti. Lo que sientes que tiene que ser, y que te aporta la certeza, de que vas a poder. Quizás no seas consciente, pero tu voluntad, es quién despierta tu conciencia. La que te hace responsable, de que estás en el camino correcto y la que guía tus pasos.

¿Cuánto trabaja tu voluntad, para conseguir eso que quieres?

¿Tienes clara tu intención, el fin primero, de para qué quieres eso que deseas?

¿Te acompaña tu motivación y te acerca a conseguirlo, o te aleja y te desgasta?

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo, es tu voluntad.
Tal y como es tu voluntad, son tus actos.
Tus acciones están marcadas por tus ganas, ya que estas se construyen en tu cabeza, mientras las sientes en el corazón. Cuando creas armonía entre lo que piensas y sientes, es cuando tus actos encuentran la congruencia, manifestando eso que quieres.

Cuando tu mente y tu cuerpo trabajan en equipo, entendiendo como mente, a tus pensamientos, y al cuerpo, como a las emociones que sientes, manifestadas en él, nada podrá resistirsete. Porque tus acciones, tomarán la coherencia del equipo, uniéndose a él. Tus comportamientos encontrarán la consonancia con eso que piensas y sientes, enfocándose en una misma dirección. No obstante, para encontrar esa coherencia, deberás renunciar a tus dudas y por supuesto, también a tus miedos. Y es que si encuentras dudas o miedos, no hay congruencia. La certeza es la única que puede devolverte la coherencia de tus actos.

¿Son tus actos disciplinados o indisciplinados?

¿Lo que haces está libre de miedos y dudas?

¿Dudas de lo que sientes y piensas?

Si sólo son dudas, te animo a que permanezcas en ese estado del «no saber» hasta que encuentres en él tu comodidad, ya que a su lado se acomoda pacientemente tu certeza. La seguridad no la encontrarás en lo que ya sabes, si no en lo que desconoces. Esa es la auténtica seguridad y la que te vuelve inquebrantable. El poder que te aporta la incertidumbre es ilimitado. Las dudas son generadas por tus expectativas, que siempre esperan la evidencia de algo.

Aprende a no esperar nada, ya que eso, en realidad, te hace poder esperarlo todo. Cuando te enfocas en una única opción, renuncias a todas las demás posibilidades, apegándote sólo a un resultado. En cambio cuando te desapegas de los resultados, le abres la puerta a las posibilidades infinitas. El «no saber», puede crear lo que sea, mientras que las evidencias de tu mente, son sólo conjeturas limitadas, que no tienen porqué convertirse en tu realidad.

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo es tu voluntad.
Tal y como es tu voluntad, son tus actos.
Y tal como son tus actos, será tu destino.

Disfruta del viaje, sin pensar en el destino. No te aferres a los resultados. Disfruta de lo que haces y cómo lo haces. No fuerces, ni te esfuerces. Actúa siempre con coherencia. Cada acción, tiene una respuesta, y cada respuesta se vuelve a convertir en acción, para volver a reaccionar. Debes de hacerte responsable de las consecuencias que tienen tus actos, ya que cada uno de los efectos, crearán nuevas reacciones, que tendrás que saber manejar, si quieres continuar caminando.

Camina atento, confiado, y con determinación. Camina siendo plenamente consciente de que estás caminando. No pienses aún los pasos que te faltan por caminar. Disfruta del contacto que hacen tus pies en el suelo por el que transitas. Disfruta del viaje, ya que es tu viaje. El destino no tiene nada que enseñarte. Y si llegas a él, sin aprender nada por el camino, no te gustará, ni reconocerás ese destino. Y todos tus paseos, no te habrán servido para nada.

¿Disfrutas del viaje, o sigues pensando en el destino?

¿Caminas atento o con prisa?

¿Coleccionas lecciones o aprendes y olvidas?

El deseo sin voluntad, poco difiere de un pensamiento sin completar. Y es que el pensamiento sin emoción no puede convertir tu deseo en realidad. Sólo cuando añadas eso que sientes a lo que piensas, tus actos se multiplicarán solos. Desea con conciencia, trabaja con voluntad y deja que tus actos se adelanten a tu destino.

¿Y tú, qué piensas, sientes y haces, por lo que deseas?

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Haz que tu vida valga la pena.

Haz que tu vida valga la pena y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida. Tus miedos no te cuidan de la muerte, aunque sí que evitan que vivas plenamente. Y es que puede que creas, que si te cuidas de morir, vivirás mejor, o por más tiempo, pero cuanto más te sigas cuidando de la muerte, más te privarás de la vida. Mientras te enfocas en tu miedo, en tus penas, en tus preocupaciones o en tus carencias, no puedes atender a tu necesidad de vivir. Sólo puedes atender a una sola cosa al mismo tiempo. Así que, 

¿Eliges muerte, o eliges Vida?

Asimismo, el miedo a la muerte es algo biológico, adaptativo, necesario para preservar la vida. Es un miedo real, como también lo es, el miedo a las alturas, o a la picadura de ciertos animales venenosos. En cambio existen infinidad de miedos más, que no hablan en absoluto de adaptación y que no han sido creados, precisamente para cuidarte de la muerte, si no más bien, para robarte la vida.

Son aquellos miedos aprendidos, que te condicionan y te limitan, impidiéndote vivir plenamente en vida. El miedo a hablar en público, por ejemplo, el miedo al éxito, el miedo a lo social, miedo al amor, al sufrimiento, miedo a la soledad, miedo a lo desconocido, al compromiso, al fracaso…y es que en realidad, se le puede tener miedo a cualquier cosa, aunque no sea sano, que cualquier cosa, te de miedo. 

Imagina que al revisar las notificaciones de tu correo electrónico, encuentras un mensaje, escrito desde una dirección desconocida. La dirección en cuestión, no admite respuesta, ya que ha sido creada, sólo para enviar mensajes y no para recibirlos. La información que te proporciona, te hace levantarte inmediatamente, de dónde quiera que estuvieses sentado. El contenido del mensaje, lo compone un archivo adjunto, acompañado de una pregunta, nada convencional:

«¿Te gustaría saber la fecha de tu muerte?. ¡Pincha aquí!»

¿Qué harías?

¿Eliminarías automáticamente el mensaje, identificándolo como un spam malicioso, o por el contrario, pincharías en el vínculo?

Hagas lo que hagas, 

¿Comentarías lo acontecido con alguien, o intentarías borrar ese mensaje, también de tu memoria?

Desconozco si tu curiosidad, te llevaría a pinchar en el vínculo. Si así lo hicieras, se descargaría de inmediato, una aplicación con un cronómetro, indicándote la cuenta atrás, hasta tu final, aquí en la tierra. 

¿Cambiarían las cosas para ti, si te desvelaran la fecha de tu muerte?

¿Qué harías diferente?

Imagina, ahora, que tu escepticismo, te lleva a borrar ese mensaje. Sin embargo, recibes una llamada de alguien muy importante para ti. Esa persona, te comenta que no pudo contenerse y que por lo tanto, ella sí que pincho en el vínculo. Así es que, ahora sabe, cuándo será su final. La fecha de su muerte, es mucho más cercana de lo que te gustaría. Y es que a penas le quedan, unos pocos días de vida.

¿Cambiarías tu actitud y comportamiento con esa persona?

¿Qué harías diferente?

¡Haz que tu vida valga la pena!.

Y es que a pesar de que todo esto, sea una distopía, extraído de una película de ficción. No puedo dejar de pensar, qué sucedería, si con la fecha de nuestro nacimiento, también nos proporcionasen, la fecha exacta de nuestra muerte. 

¿Cambiaríamos, entonces, la forma de vivir?

¿Y la de morir?

En realidad, aunque no dispongamos con exactitud, de la fecha de nuestra muerte, y la podamos marcar en nuestro calendario personal. No podemos olvidar, que sí que existe. Esté cercana o lejana, esto se nos acabará. Dejando atrás y para los demás, el legado que hayamos querido construir con nuestros pasos. Si esta idea, se hiciera realidad y todos pudiésemos conocer la fecha de nuestro final. Probablemente, las vidas más longevas, no se esforzaran mucho en cambiar su manera de vivir el presente. Sin embargo, las más cercanas a su «fecha de caducidad», tal vez, sí que vivirían con mucho más esmero, o de diferente manera, lo que hoy sólo observan, como el transcurrir de sus días, de sus Vidas. 

Haz que tu vida valga la pena, y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida.

Para ello, tienes que permitirte tener miedo, pero no darle la importancia que le das, ni cederle el protagonismo de tu vida. Si dejas que tu miedo te condicione o te limite, dejas que sea él, el que viva tu vida y no tú.

¿Porque cuántas veces por miedo, has dejado de hacer algo que deseabas hacer, permitiendo que tu miedo decidiera por ti?

¿Cómo de diferente sería tu vida ni no le dieras relevancia a tu miedo?

¿Quién te permites ser, cuando no sientes miedo?

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Te propongo hacer un viaje juntos.Tú te encargas de elegir el destino y el tiempo que quieres emplear en el viaje y yo pongo la guía. Junto a ella, iremos explorando los diferentes mapas de ese territorio.Tu territorio. Compartiremos emociones y romperemos esas barreras que te impiden volver a creer en ti y en todas tus capacidades. Bajo esa capa que conforma tu apariencia, habita lo mejor de ti, no lo ignores y despliega todo tu potencial.

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