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El Auto-conocimiento es el transmisor.

El Auto-conocimiento es el transmisor de conocimiento. El vehículo que te acerca al Todo. Porque como parte de ese todo, tú también transmites y conduces tu sabiduría.

¿Qué es para ti el Auto-Conocimiento?

¿Conocerte a ti mismo?

Las definiciones oficiales, cuentan algo así, como que el Auto-Conocimiento es el entendimiento de uno mismo. O dicho de otra forma, es la capacidad de introspección, que nos hace reconocernos como individuos, separados del medio y del resto de sujetos, del mismo medio. 

¿Estás de acuerdo al cien por cien, con estas definiciones?

Reconozco desde mi atrevida ignorancia, que yo no lo estoy, en absoluto. Estás descripciones formales, que hablan de diferenciarse del resto de los individuos y del medio, no me convencen del todo. Explico porqué:

Creo que la mente se auto-engaña, cuando intenta disociarse o separarse, para auto-conocerse. No creo que sea la forma más apropiada para entenderse a uno mismo. Ya que todos somos también, nuestro contexto y nuestro medio. Sin estos detalles principales, la descripción de nosotros mismos, se quedaría incompleta. No somos solos y aislados. Somos lo que somos, en base, siempre, a nuestras propias circunstancias. Además de cómo y dónde, se produzcan esas circunstancias. José Ortega y Gasset, lo expresaba de la siguiente manera: «Yo soy yo, y mis circunstancias».
 
La palabra «Auto», en la lengua española, además de referirse a algo propio o de uno mismo, también significa: vehículo, carro, automóvil. Es decir, un medio de transporte. Y esto me hizo pensar. Como medio de transporte o vehículo,  

¿Qué transporta o transmite?

¿Conocimiento?

Si dejamos de identificar la palabra «auto» con lo propio y lo relacionamos con el vehículo que transmite conocimiento, la diferenciación o la separación de lo «propio» o de «uno mismo», con el medio y las circunstancias, desaparecería de inmediato. Transformando así el Auto-conocimiento, en un vehículo o transmisor de conocimiento, que te conduce y te acerca. Sin alejarte, ni de los demás, ni del medio. 

Siguiendo con la reflexión, y eliminando así, lo que nos separa de los demás, y del Todo, se me ocurre lo siguiente:

¿Hacia dónde nos transporta, ese vehículo de conocimiento?

¿Tal vez, a la Sabiduría Universal, la que únicamente tiene sentido o se completa, con el conocimiento de todos?

No podemos olvidar que el Lenguaje, como las palabras, además de conocimiento, también tienen su «propia» intención o «Auto-Intención». Y como tal, hay que tratarlas con sumo cuidado. Elegirlas con mucha cautela, para evitar malos entendidos o falsas intenciones. Las palabras también son vehículos o transmisores de conocimiento. Son capaces de transportarnos y de construir cosas hermosas. O por el contrario, si las elegimos de manera inadecuada, o las interpretamos mal, nos pueden dejar estancados en el mismo sitio, sin posibilidad de avanzar.

Imagina ahora, que conduces un carruaje de caballos. El carruaje representaría a tu cuerpo, los caballos, a tus sentidos, con los que sueles percibir la realidad. El conductor del carruaje, sería tu intelecto, y las riendas, tu mente. 

Cuando el conductor(tu intelecto) está en consonancia con las riendas(tu mente) y con los caballos(tus sentidos), el carruaje(tu cuerpo), podrá llegar hacia dónde se proponga, sin apenas esfuerzo. En cambio si esas riendas, no están bien sujetas, el conductor no podrá dominar con maestría a los caballos. Lo mismo sucede, si el conductor es inexperto o se desconoce, que tampoco podrá manejar ni a las riendas, ni a los caballos.
(Metáfora extraída de «Katha Upanishad»)

Así que ya va siendo hora, de que sujetes bien esas riendas, para que tus caballos, no tiren hacia ninguna parte. El conductor conoce perfectamente, el camino que te lleva a casa. No dejes que tu carruaje se desvíe, porque eres tú el conductor de ese conocimiento.

Móntate en tu vehículo. Conduce para acercar al medio, tu conocimiento. No te desvíes, ni te disocies de lo que sucede mientras avanzas. Porque eres tú junto con ese medio, quien avanza. Sólo cuando están cerca se definen, desde lejos, se pierden los contextos y buena parte del conocimiento. Y recuerda, que el Auto-conocimiento es el transmisor que te trasmite, mientras te conduce al Todo.

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Incluye en tus planes lo inesperado.

Incluye en tus planes lo inesperado, para que tus planes, sean todo lo que esperas.

«Espera lo mejor, planea para lo peor y prepárate para sorprenderte.» (Denis Waitley)
 
¿Cuándo fue la última vez que te esforzaste en planear algo con suma ilusión?

¿Y los resultados fueron como esperabas, o surgieron algunos imprevistos inesperados?

A pesar de tus esfuerzos por planificarlo todo, si no cuentas con lo inesperado, como parte también del plan, tu planificación no te habrá servido de nada. Porque los imprevistos por pequeños que sean, pueden cambiarlo todo. Pueden cambiar los acontecimientos, tu actitud, tu estado de ánimo, incluso el plan al completo.

Recuerdo una ocasión, en la que con mucha ilusión, planeé junto con un amigo, un viaje que desde hacía tiempo, queríamos hacer. Lo planeamos absolutamente todo. Las rutas por las que caminaríamos, los lugares que queríamos visitar, las actividades que llevaríamos a cabo en ese país extraño, lo que comeríamos y beberíamos todos los días.

¿Y al final que pasó?

Pues que casi nada de lo planeado, lo pudimos hacer. El segundo día tras haber llegado, decidimos pasear por una de esas rutas programadas con antelación. Desconocíamos que para acceder a ella, había que pasar por ciertos caminos muy resbaladizos, con tan «mala suerte», que me caí y me rompí la pierna. Este acontecimiento truncó el plan al completo. Tras lo sucedido, lloré, no por el dolor físico precisamente, me frustré, me enfadé conmigo, con el plan y con mi amigo. Una situación totalmente inesperada y por supuesto, no planificada. 

Para mi suerte, siempre suelo rodearme de gente maravillosa. Y mi amigo, además de gozar de una gran paciencia, me hizo entender, sabiamente, que tenía que aprender a ser más tolerante con la frustración, para no desilusionarme, con tanta facilidad por lo que me pasaba, pero que no me esperaba.

Me hizo la siguiente pregunta: 

– ¿Qué es lo único que te puede pasar, ahora mismo, que no podrías superar?

– Romperme la otra pierna, le dije yo. 

– ¿No podrías superar eso?, piénsalo bien.

– Bueno en realidad sí que podría, pero eso me haría cabrearme aún más, con la vida.

– Hay veces que es necesario cabrearse, para superar las cosas. Piénsalo mejor.

– ¿La muerte?

– Exactamente, la muerte es lo único que te podría suceder y que obviamente no podrías superar. ¿Y no estás muerta no?. Así que, ¿por qué no empiezas a hacer cosas de viva?.
Y es que puedes enfadarte en vida, pero eso no te hará disfrutar de ella. La vida se disfruta de verdad, cuándo dejas de luchar contra ella y contra lo que te pasa. Aún con la pierna rota podemos seguir disfrutando del viaje, de otra forma, pero tu pierna herida no te puede quitar las ganas de hacerlo.

«Lo inevitable rara vez sucede, es lo inesperado lo que suele ocurrir.» (John Maynard Keynes) 

Y esta historia, aún sin ser real, bien podría serlo. Quizás haya tenido cabida en otro plano, o tal vez en otra vida. Aunque lo importante de esta historia, no está en si tuvo lugar o no, la moraleja de esta historia, es que si no cuentas con lo inesperado, como parte también del plan, tu planificación no te habrá servido del todo. Por eso, incluye en tus planes lo inesperado.

A la hora de planificar algo, no sólo planees lo que quieres hacer, planea también lo que puede suceder. Planifica los imprevistos, para que estos no te cojan por sorpresa, cógelos tú por sorpresa. Que no te esperes lo inesperado, no quiere decir que no te suceda. En cambio si lo planificas e incluyes en tus planes, lo inesperado no te sorprenderá tanto, y lo mejor de todo, es que se puede convertir en todo lo que esperas.

Los imprevistos dejan de ser imprevistos, cuando te los esperas. No hace falta que sepas con precisión lo que sucederá, porque por el simple el hecho, de prever que puede suceder algo diferente, lo que sea que pase, ya no podrá cogerte desprevenido.

Según lo descrito, para realizar una buena planificación:

1. Acepta la incomodidad e inclúyela en tus planes.

2. Entiende que esos pequeños inconvenientes no son relevantes para tu felicidad.

3. Focaliza tu atención en las muchas maravillas que aún tienes a tu alcance y con las que puedes disfrutar. 

Incluye en tus planes lo inesperado, para que tus planes, sean todo lo que esperas.

«Esperar lo inesperado, aceptar lo inaceptable.» (Confucio) 

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Nunca mejora su estado quién muda de lugar.

«Nunca mejora su estado quién muda de lugar, y no de vida y de costumbres».(Francisco de Quevedo)

Puedes mudarte cambiando sólo tu ubicación, pero si no mudas también la piel, para adaptarte a ese nuevo destino, el nuevo lugar, será para ti, una copia casi idéntica al anterior. En cambio, si cambiases de vida y de costumbres, en el lugar que habitas, sin necesidad de abandonarlo, te parecerá entonces, que te has mudado de lugar.
 
¿Qué dicen tu vida y tus costumbres de ti?

¿Cómo mejoran o empeoran el lugar que habitas?

¿De lo que sueles hacer, qué beneficia a tu lugar y qué lo perjudica?

¿Y cuánto de lo que no haces, podrías hacer, para mejorar tu lugar?

Y es que no hace falta mudarse de lugar, para empezar de cero o para cambiar de estado. Puedes empezar de cero, haciendo cosas diferentes, en el mismo lugar. Así, poco a poco, el lugar que ya no te convence, se convertirá en tu nuevo lugar.

¿Qué es lo que menos te gusta de tu vida?

¿Qué puedes hacer para cambiar eso?

Muchas veces los cambios que buscamos, no son acciones concretas. Si no cambios, simplemente de perspectivas o de forma de pensar. Asimismo, un cambio en tu manera de ver las cosas, puede ser suficiente, para mejorar tu estado, sin necesidad alguna, de hacer más cosas. Porque las cosas dejan de ser las mismas, cuando las miramos de manera diferente, lo mismo sucede con los lugares, que parece que cambian su ubicación, cuando cambiamos la mirada.

Coge lápiz y papel, para confeccionar una lista con todas tus costumbres. Las cosas que haces en tu día a día, todas ellas, las buenas y las menos buenas. Cuando la tengas hecha, tendrás que analizar muy bien, cuántos de esos hábitos son beneficiosos para tu día día y cuántos perjudiciales.

¿Te ayudan tus costumbres, o por el contrario te entorpecen?

Si en tus hábitos predominan las costumbres que te ayudan a ser mejor persona, a conseguir eso quieres, o aquellos que simplemente, te hacen sentir mejor, te felicito por ello. Además te animo a que no pierdas esas buenas costumbres, prémiate con algo, porque te lo mereces. 

En cambio, si al analizar la lista, compruebas que la mayor parte de tus costumbres, la componen prácticas nada constructivas, si no destructivas, te invito a que vayas modificando poco a poco esa lista. No hace falta que cambies todos tus «malos» hábitos de golpe, si no de manera gradual. Y si eliminas una costumbre perjudicial para ti, introduce otra, que te beneficie en algo. Porque no es sólo dejar de hacer eso que no te hace bien, es empezar a practicar lo que sí, para sentirte mejor.

Nunca mejora de estado quien muda solamente de lugar. Cambia algo para que pase algo. Mejora tus costumbres y mejorarás tu vida. Mejora tu vida y mejorará también tu entorno. No te adaptes a tus costumbres si estas ya no tienen nada bueno que aportarte. ¡Cámbialas!. La vida está en constante evolución, y tú formas parte de ella. Si no quieres pasear por ahí desactualizado, tendrás también, que permitirte evolucionar con la vida. Puede que te cueste un poquito al principio, pero en cuanto empieces a percibir los buenos resultados, no podrás hacer otra cosa, más que fluir con los cambios.

¿Sabes en quién te quieres convertir?

Porque muchas veces, ni si quiera sabemos lo que queremos. Sólo sabemos lo que no queremos. Y para empezar a construir nuestra nueva vida, hay que ser muy precisos con eso que queremos. Así que dedícate tiempo a pensar en quién te quieres convertir y cómo quieres que se desarrolle tu vida, antes de modificar tus costumbres. Las mejoras debes llevarlas a cabo, sólo cuando tengas claro lo que quieres. Ya que si no lo sabes, puede que modifiques cosas que no tenías que haber modificado. Y esto puede traerte peores consecuencias.

Asimismo, plantéate las siguientes cuestiones: 

¿Conoces a alguien que ya haya logrado, lo que tú aspiras?

¿Y cuáles son las costumbres que practica?

Ya que otra opción muy lícita y constructiva, es aprender de lo que funciona. Dicho de otra forma, modelar a las personas a las que nos gustaría parecernos. Bien por su forma de ser, o por sus buenas costumbres. Si tienes a alguien así en tu entorno, no dudes en preguntarle, qué que hace para estar tan bien. Quizá te de algo de vergüenza al principio, pero piensa que esta práctica, además de halagar a la persona en cuestión, te puede proporcionar muy buenas ideas. Las mejores ocurrencias, pueden venir de los lugares más insospechados, así que, no lo dudes y modela todo aquello que te pueda venir bien.

«El pasado tiene sus códigos y costumbres»(Sócrates)

El pasado tiene sus propios códigos y costumbres, y el presente también. No vivas tu presente con códigos o costumbres, ya obsoletos. Adapta tus costumbres al presente y no te adaptes a lo que ya no te funciona. No es el lugar que habitas lo que tienes que cambiar, es hacer de ese lugar, un nuevo lugar para habitar. Dicho de otra forma, no adaptarte al lugar, si no hacer que ese lugar, se adapte a ti.

Y recuerda siempre que nunca mejora su estado quién muda solamente de lugar, y no de vida y de costumbres. Por eso antes de moverte de lugar, quizás debas movilizarte para transformar lo que ya no te sirve, por lo que sí. 

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Aprovecha las cualidades de los demás.

Aprovecha las cualidades de los demás sin atender a sus defectos.

A lo largo de nuestra vida, establecemos todo tipo de relaciones. Vivir en sociedad, implica precisamente eso, relacionarse con las diferentes personas que componen nuestro entorno. Con cada relación con la que interactuamos, se produce un intercambio, de comunicación, de información, de aprendizajes, de historias, de amor…

¿Podrías vivir acaso, sin las relaciones de tu vida?

Como seres sociales, es inevitable tener que relacionarse todos los días. Sin embargo, en cuestión de relaciones poco importa la cantidad, si no más bien, la calidad de las mismas. Porque puedes establecer contacto con mucha gente, pero si ese contacto no te aporta algo positivo en tu vida, igual es preferible, que te relacionases menos, aunque sí mejor.

¿Cómo calificarías tus relaciones, crees que son de calidad o por el contrario te desgastan y agotan?

Cada persona con la que te relacionas, tiene algo que contarte. Algo que contarte y muchas cosas que aportarte. Aunque no siempre lo entiendas así. Muchas veces, no estamos dispuestos a escuchar proactivamente, ya que el ruido interno, nos tapa los oídos y nubla los ojos. Existen ocasiones en las que incluso, nos empeñamos en buscar las diferencias y no las correspondencias. De esta manera, si sólo atendemos a lo que nos hace diferentes y no parecidos, no podremos descubrir las similitudes que en realidad, tenemos. Cuando esto sucede, el contacto que establecemos, nos aleja de la persona en cuestión, sin permitirnos que se propicie un acercamiento sincero.

¿Cuáles son tus cualidades más representativas?

Ya que como tú tienes habilidades y talentos, también los demás los tienen. No podemos ser malos en todo, tampoco buenos o excelentes. Entre todas las habilidades y talentos que existen, hemos tenido que especializarnos en sólo algunos de ellos. A través de la práctica y de las costumbres, hemos priorizado, alimentar ciertas cualidades, en detrimento de otras. Y es que para eso están los demás, para compensar lo que a nosotros nos falta. Como tú estás en la vida de los demás, para complementar sus ausencias.

Todos formamos parte del mismo sistema, y este sistema, se nutre de todas las partes por igual. No existe ninguna parte más valiosa que otra, porque todas esas partes, son las que hacen posible, que ese sistema, llamado mundo, funcione.

¿Te quejas mucho de los demás?

¿Se quejan mucho de ti, los demás?

Pon en jaque a la queja. Sugiere siempre, pero nunca condenes. Los demás no están aquí para cumplir con tus expectativas. Porque de tus expectativas, te encargas tú, como los demás de cumplir con las suyas propias. Aprovecha las cualidades de los demás, en tu propio beneficio. Pero no te quejes o condenes sus defectos. Ya que defectos tenemos todos, incluido tú. Si te enfocas en el defecto o en la diferencia, no podrás apreciar ni las cualidades, ni las correspondencias.

Y es que hay veces, que nos empeñamos en demandar ciertas cosas a las personas equivocadas, por ejemplo;

¿Le pedirías dinero a algún indigente de tu barrio para desayunar?

¿Y por qué te empeñas en demandar a alguien de tu entorno, algo que ya sabes de antemano, que no te puede dar?

Aprovecha las cualidades de los demás sin atender a sus defectos. La clave para hacerlo, es pedir a cada persona, sólo lo que sabes con certeza, que te puede ofrecer sin esfuerzo, y no lo que no te puede dar, sin que esto implique un gran esfuerzo por su parte. Ya que una única persona no puede reunir todo lo que tú requieres, en cambio un conjunto de personas, es más fácil que te complementen.

Es decir, no pedirle por ejemplo a alguien impuntual, que esté antes que tú en un sitio determinado, o no solicitar dinero, a alguien que por norma general, es algo tacaño. El impuntual, tiene otras cualidades que no estás aprovechando, quizá sea tremendamente creativo a la hora de resolver dificultades.

¿Qué más da entonces, que sea impuntual, si siempre «llega», aunque no sea a tiempo, o siempre da en el clavo, con la solución que más te conviene?

Y el tacaño puede que sólo lo sea con el dinero. Tal vez le encante escucharte y acompañarte en tus peores momentos. Y es que el dinero se puede recuperar, pero el tiempo no.

Tampoco es recomendable que esperes de alguien con cierta apatía hacia los deportes, que te acompañe a hacer senderismo, porque quizás prefiera salir a tomarse contigo, mientras comparten risas juntos. Por este motivo: ¡Aprovecha las cualidades de los demás!, desatendiendo a sus defectos. Ya que esta es la única manera de decepcionarte menos y disfrutar más, de todas tus relaciones.

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Evalúa sin atender a tus exigencias.

Evalúa sin atender a tus exigencias. Se exigente sólo con tu tolerancia y tu flexibilidad. No exijas, tan sólo define tus preferencias.

La manera que tienes de evaluar lo que te pasa, afecta directamente a tu estabilidad emocional. Si tus valoraciones son positivas, tu estado emocional será aceptable, mientras que si tus estimaciones son negativas, afectará en igual medida, esto es, negativamente, a cómo te sientes.

Aunque el baremo que empleamos todos para evaluar, sea muy parecido, no todos valoramos las cosas que nos pasan, de la misma manera. Hay quiénes prefieren el tremendismo a la hora de evaluar un hecho concreto, y otros en cambio, se pasan con el optimismo. También existen términos medios, entre ambos polos, que son precisamente, los que más se acercan a la tan ansiada estabilidad emocional.

Un ejemplo de baremo universal, es decir las notas con las valoramos lo que nos sucede, podría ser:

– Fantástico
– Muy bueno
– Bueno
– Normal
– Malo
– Muy Malo
– Nefasto

Las personas más vulnerables a nivel emocional, suelen evaluar lo que les pasa, con las notas más bajas de la lista, o lo que es lo mismo, empleando adjetivos como, «nefasto», «muy malo», «terrible», «horroroso», «dramático», «catastrófico», «insoportable», «insufrible»… La lista puede ser interminable, lo que está claro, es que todos estos adjetivos, no son nada halagüeños. Las etiquetas que les ponemos a las cosas que evaluamos, siempre están sujetas a nuestros propios juicios personales. Por eso es tan importante la manera que tienes de valorar y de clasificar las cosas que te pasan, porque si evalúas de manera exagerada, puedes perder tu equilibrio emocional.

Cada una de las notas de la lista anterior, esconden una serie de percepciones subjetivas que te hacen exagerar o atenuar, lo que sucede a tu alrededor.

Imagina que cuando llegas a tu trabajo, tu jefe te espera y te invita muy cordialmente a pasar a su despacho. Su expresión y su postura corporal te hace pensar, que no se siente nada cómodo con lo que te tiene que decir. Y es que debido a la situación que está viviendo la empresa, se ha visto obligado a bajarte el sueldo. Te informa también, que esto será de manera provisional y sólo hasta que la situación mejore.

¿Cómo evaluarías esta situación?

¿Como algo normal, ya que comprendes que la empresa no está pasando por su mejor momento, o como algo nefasto e injusto, ya que entiendes que no es problema tuyo, lo que está viviendo la empresa?

Evalúa sin atender a tus exigencias. Si decides tomártelo como algo normal, es porque asumes que aunque te bajen el sueldo, podrás sobrellevarlo. Quizás tengas que apretarte el cinturón, pero peor hubiese sido, quedarte sin empleo. A pesar de que tu situación haya empeorado, podrás seguir siendo feliz, aún con un sueldo más bajito. Por tanto, tu valoración de la situación, no te desestabiliza a nivel emocional, porque tu evaluación de lo que te ha pasado, no ha sido exagerada.

¿Qué pasaría, por el contrario, si la misma situación la hubieses clasificado de manera nefasta, terrible o injusta?

Pues probablemente lo primero que te ocasionaría sería tremenda intranquilidad. Ya que te sentirías vulnerable ante la nueva situación que se te presenta. Si adoptases esta postura, ya estarías exagerando. Y la exageración te puede llevar a la desesperación, haciéndote creer que no puedes ser feliz, con un sueldo más bajo.

¿Y si en vez de bajarte el sueldo, te quedaras sin empleo?

Los seres humanos, en realidad, necesitan muy pocas cosas para ser felices. Mientras tengan cubiertas sus necesidades básicas, es suficiente. La vida está en continuo cambio y nosotros con ella. Ya hemos demostrado que tenemos una gran capacidad de adaptación para sobrellevar las peores situaciones posibles. Aunque para mantenernos estables a nivel emocional, en las peores situaciones, debemos aprender a evaluar lo que nos pasa.

Cuando te sientas inestable emocionalmente, y tras detectar, qué circunstancia ha provocado tu desasosiego, hazte las siguientes preguntas:

¿Cómo estoy valorando esta situación que está sucediendo?

¿La evaluación que he hecho de ella me tranquiliza o me causa intranquilidad?

¿En realidad, la situación es tan nefasta como para no poder soportarla?

Evalúa sin atender a tus exigencias, renuncia a ellas y define cuáles son tus preferencias. Si te mantienes rígido y exigente, entendiendo que las cosas tienen que ser, o que deben ser, sólo como tú crees, no podrás adaptarte a lo que no te esperas, y que no te lo esperes, no quiere decir, que no te pueda llegar. En cambio, si tu preferencia, es tu felicidad, independientemente de lo que suceda a tu alrededor, te será mucho más fácil asumir y aceptar todo lo que te pase, sea lo que sea. Ya que si te mantienes en tu exigencia y no ves más allá de lo que debería ser, según tus más férreas creencias, te va a costar mucho ser feliz, ya que tu preferencia es ser feliz, sólo si las circunstancias se dan cómo tú quieres. Entonces,

¿Tú preferencia, es ser feliz o salirte con la tuya?

No evalúes a la ligera. Ten muy en cuenta cuando haces evaluación de algo, si tus valoraciones te acercan o te alejan de la felicidad. Tu estabilidad emocional está en juego. Despréndete de tu exigencia. Tolera y asume lo que te pasa, sin exagerar. Todo tiene su parte amable. Decide ser feliz, sin preferir tener la razón. Si sólo atiendes a tus exigencias, estas terminarán por decepcionarte. Aprende a ser más tolerante y flexible. La rigidez te aleja de la felicidad, ya que puedes encontrar felicidad en cualquier parte, no sólo en las partes, en las que tú te empeñas en buscar. Sólo cuando dejes de exigir(te), te sorprenderá la felicidad.

Evalúa sin atender a tus exigencias, si tienes que ser exigente con algo, que sea con tu tolerancia y tu flexibilidad. No confundas ser feliz, con salirte con la tuya. Querer tener la razón, no te da la felicidad. La felicidad llega cuando entiendes que ninguna razón, es lo suficientemente confiable, como para renunciar a ser feliz.

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No te daña lo que te pasa.

No te daña lo que te pasa, te daña cómo interpretas eso que te pasa. Lo que sucede, en realidad, no tiene el suficiente poder cómo para afectarte ni positiva, ni negativamente. Sin embargo, cuando te afecta, es porque permites que así sea.

Las personas solemos tener la impresión, de que los hechos externos, o lo que es lo mismo, lo que nos pasa, impactan en nuestras vidas, de tal manera, que provocan en nuestro ser, todo tipo de emociones. Emociones como rabia, satisfacción, placer, enfado, tristeza… Es decir, que asociamos directamente lo que pasa fuera y es totalmente ajeno a nosotros, con lo que nos pasa dentro. Dicho de otra forma, vinculamos los sucesos externos con nuestras emociones internas.

Por tanto, si esto fuera así, lo que te pasa, sería la causa de tu malestar; y el cómo te sientes, la consecuencia de lo que se ha acontecido, sin que tú tuvieras nada que ver al respecto. Tú lo sientes, pero no has sido tú, quién lo ha provocado, si no que ha sido el hecho en cuestión, el que te ha provocado a ti. Esto es, tú no eres el responsable de lo que sientes, ni cómo te sientes, si no que le cedes esa responsabilidad a lo que pasó.

¿Es correcto esto?

¿Que una circunstancia concreta pueda cambiar tu estado de ánimo, por si sola, o en realidad sí que tienes algo que ver con el cambio de estado?

Imagina que vas caminando por la calle, sujetando con las dos manos, una docena de huevos, recién adquiridos. De repente, alguien se choca contigo e inmediatamente, la docena de huevos se cae al suelo y se rompen casi todos ellos.

¿Cómo reaccionarias?

¿Por qué crees, que se cayó la docena de huevos al suelo?

¿Porque alguien se chocó contigo?

¿Tal vez, porque no estuviste lo suficientemente atento, como para predecir que alguien se aproximaba?

¿O quizás, porque la gente anda muy despistada?

Y es que la docena de huevos se cayó al suelo, porque sujetabas una docena de huevos. Si hubieses sujetado una coliflor o un pack de leche, se habría precipitado al suelo, la coliflor o el pack de leche. Quizás esta respuesta no te convenza así de primeras, tal vez sea, porque sigues prefiriendo hacer responsable a las circunstancias externas, o a los demás, de cómo te sientes y de cómo te comportas.

Porque no te daña lo que te pasa, lo que te daña, es cómo interpretas eso que te pasa.

¿Sigues pensando que si no te hubieras chocado con el despistado, te podrías haber ahorrado el disgusto?

Si aún sigues pensando así, es porque crees que el suceso, fue el que empeoró, tu estado de ánimo. Ya que aún tienes la percepción de que existe una relación directa entre los hechos externos, con tus emociones internas.

¿No crees que se te olvida algo?

¿Qué crees que puede haber en medio, de esa relación que has establecido, entre los hechos y tu estado?

¿Dónde queda tu interpretación, entonces?

Puesto que tu interpretación, sí que tiene una relación directa con cómo te sientes. Son tus pensamientos los encargados de interpretar el suceso en sí. Así que dependiendo de los pensamientos que elijas en ese momento, te sentirás de una manera o de otra.

Volvamos al ejemplo anterior. El hecho de pensar, que el que se chocó contigo, iba despistado, ya es una interpretación. Probablemente pensaste eso, porque tu diálogo interno tampoco te ayudó mucho. Seguro, que te dijiste algo así como: «¡Vaya!, la gente va como loca por la calle. Y ahora por su culpa, tendré que volver a la tienda, a comprar otra docena. ¡Maldita sea!». O algo similar.
Es decir, que tu interpretación de lo que estabas pensando, te hizo reaccionar de una manera determinada. En cambio, si tu diálogo interno, te hubiese tranquilizado, con algo como: «Tranquilo, que son sólo unos huevos. Y los dos parece que estamos bien, a pesar del susto.» Tú reacción y por supuesto, cómo te sientes después del encontronazo, hubiese sido bien diferente. Por este motivo, no te daña lo que te pasa, si no cómo interpretas eso que te pasa.

Imagina ahora que tú reacción, fue maleducada y nada comprensiva. Lo hiciste sin pensar. Y tras coger aire, te percatas que ese alguien despistado, sujeta un bastón en su mano derecha. Tras fijarte un poquito mejor, te das cuenta, que quien se chocó contigo era una invidente. Entonces,

¿Quién se chocó con quién?

¿Qué harías ahora, para deshacer el desaguisado?

Y es que no hay necesidad de deshacer entuertos, si no los provocamos. Si hubieses pensado «correctamente» antes de actuar, nada de esto te habría pasado. Por eso tus pensamientos, tu diálogo interno y tu interpretación de los hechos, son los únicos responsables de cómo te sientes, pase lo que pase, en el mundo exterior. En tu mundo interno, sólo habitas tú. Y lo exterior, no tiene porqué dañar lo interior, si tú no lo permites. Aunque si andas dañado internamente, es muy probable, que también te afecte lo de fuera. Pero no porque esto pueda hacerte daño, si no porque el daño, ya está hecho, y viene de dentro.

Así que,

¿Qué puedes hacer para que lo de fuera no te afecte tanto?

– Lo primero que tienes que hacer es cuestionar, si eso que piensas, es decir, lo que oyes dentro de tu cabeza y cómo lo interpretas, es verdad de buena, o simplemente es un pensamiento catastrófico y exagerado.

– Lo segundo, deberás plantearte si pensar así, te es útil para algo y si te ayuda a resolver el conflicto.

– Y ya por último, para descartar malos pensamientos, a la vez que los identificas, es tener muy en cuenta, como te hacen sentir, mientras los estás pensando.

¿Eso que piensas y dialogas contigo mismo, te produce bienestar o malestar emocional?

No te daña lo que te pasa, te daña, la interpretación que les das, a eso que te pasa. Los sucesos no son los que te hacen reaccionar, es la manera que tienes de ver esos sucesos, la que provoca tu reacción. Tu estado interno, está totalmente implicado en tu manera de interpretar, pensar y también en tu diálogo interno. Cuida tu estado, cuida de ti y así no tendrás que cuidarte de lo externo.

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Conecta con la Vida.

Conecta con la vida. No desconectes para pensar de más. Haz contacto mientras disfrutas. Sal del sueño y entrégate al despertar.

¿O prefieres conectar sólo con tu pensamiento?

Porque la vida es mucho más.

¿Cuándo fue la última vez que te permitiste disfrutar, mientras veías volar a una mariposa?

¿Crees a caso, que la mariposa cuando vuela, lo hace preocupada, ansiosa o atormentada?

¿Qué te hace conectar y desconectar de la vida?

¿Cuándo dejas que tu mente te guíe, y cuándo eres tú, sin mente?

Imagina que fueses tú la mariposa. La que vuela entre jardines, mientras se deleita de los aromas y de los colores de las flores. Hace un día espléndido. El Sol brilla con toda su fuerza. Sin embargo, de repente, una densa nube se cierne sobre el jardín que tú transitas. Aún así, sigues disfrutando del paisaje y de las flores. Hasta que sientes, como pequeñas gotas de agua, golpean tus delicadas alas. En ese momento, decides ponerte a buen resguardo. Nunca te has llevado demasiado bien con el agua de la lluvia, aunque entiendas que es precisamente, ese agua, el que da la vida a esos jardines por los que tú paseas.

No obstante, ya sabes que tienes que resguardarte, para no estropear tus frágiles alas. Así que eliges cómo escondite cubierto, unas espesas hojas de un viejo árbol. Para descansar allí, pacientemente, mientras pasa la tormenta. Y a pesar de que hayas tenido que frenar tu vuelo, y ya no puedas saborear todo lo que un recargado jardín, le proporciona a tus sentidos. También sabes disfrutar en la quietud de tu calma.

Porque mientras esperas a que amaine el temporal, te contentas, con poder observar los cambios que acarrea la rabiosa tormenta. Sientes el descenso de la temperatura, el penetrar de la humedad, así como una luz más apagada, porque el sol se cubrió. Asimismo, conoces a nuevas mariposas, que como tú, también se han tenido que resguardar, dejándote entonces embelesar, por todo el ajetreo animado, de ese frondoso jardín.

Conecta con la vida y no desconectes para salir de ella.

¿Crees que mientras amaine la tormenta y vuelva a salir el sol, la mariposa seguirá conectada con la vida, o por el contrario se conectará con tu preocupación?

Porque es curioso, cuándo percibes a una mariposa, y cuándo ni si quiera la ves pasar, aunque esté. La percibes cuando te conectas a la vida. Cuando vives en el aquí y en el ahora. Cuando desconectas de tus pensamientos y te entregas al observar, mientras eres, sin pensar. Porque mientras estás pensando, la mariposa puede pasar revoloteando sobre tu cabeza, aunque puede que tus ojos no sean conscientes de su presencia. Y cuando la ves, vuelves a dejar de pensar, para conectar.

¿Son las mariposas conscientes de nuestra presencia?

¿Nos percibirán como mentes pensantes o como seres que están?

¿Quién es el sueño de quién?

¿O quién despierta a quién, la mariposa a ti, o tú a la mariposa?

Conecta con la vida. No desconectes para pensar de más. Los pensamientos te abstraen de lo que está pasando. Y lo que está pasando, eres tú por la vida. No te la pierdas. Distraerte con tus preocupaciones, tus culpas o tus lamentaciones, no te permitirán observar el vuelo de una mariposa y disfrutar con ella. Cómo tampoco le permitirán a ella, disfrutar de tu caminar.

Caminas libre, cuando conectas con la vida. Y no hace falta que te encuentres con una mariposa. Hay un sin fin de actividades que te hacen conectar con la vida, como muchas más, que te hacen descontar de ella. La vida pasa, y tú pasas a través de ella. Puedes pasar conectado, o desconectado. Puedes vivir la vida o pasar por ella, sin vivir en absoluto.

¿Y tú, qué eliges?

¿Conectar o desconectar?

Vuelve a la Naturaleza

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Tu eres el deseo que te impulsa.

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo, es tu voluntad.
Tal y como es tu voluntad, son tus actos.
Tal y como son tus actos, será tu destino.
(Brihadaranyaka Upanishad IV 4.5)

Tú eres el deseo que te impulsa. El deseo que te eleva y el que te hace levantarte cada mañana, dibujando una sonrisa en tu cara. También eres la ilusión, que hace posible que se cumpla ese deseo. Mientras sueñas, tejes con pasión, tus más ansiadas aspiraciones, y estas se manifiestan a través de ti.

El deseo te empuja a alcanzar tus propósitos. Porque es el estímulo que te recuerda lo que puedes conseguir. Cuando deseas, recargas tu fuerza. Tu energía se multiplica. Tu atención te da la razón, encontrando infinitos motivos, por los que no puedes dejar pasar tu sueño. No obstante, el deseo también te harta de esperanza. Lo alimentas con la confianza de que todo saldrá bien. Tus creencias te amparan, expresando en tu mundo, la idea en la que crees. La idea, fue la semilla, el deseo, su alimento y tu yo florecido, la manifestación constatada.

¿Te reconoces con tu deseo?

¿Te identificas con la expresión de ese deseo?

¿Tu deseo te impulsa y te eleva?

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo, es tu voluntad.
La voluntad es la intención que le pones al deseo. El para qué, quieres lo que deseas. La finalidad de tu sueño. El objeto final, que precisamente, no es un objeto, si no un propósito mucho mayor.

La voluntad es tu misión contenida. Es la visión con la pintas el fin. Tu motivación, te señala el camino. Puesto que el camino, es tu reafirmación. El proyecto que habla de ti, aunque no es para ti. Lo que sientes que tiene que ser, y que te aporta la certeza, de que vas a poder. Quizás no seas consciente, pero tu voluntad, es quién despierta tu conciencia. La que te hace responsable, de que estás en el camino correcto y la que guía tus pasos.

¿Cuánto trabaja tu voluntad, para conseguir eso que quieres?

¿Tienes clara tu intención, el fin primero, de para qué quieres eso que deseas?

¿Te acompaña tu motivación y te acerca a conseguirlo, o te aleja y te desgasta?

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo, es tu voluntad.
Tal y como es tu voluntad, son tus actos.
Tus acciones están marcadas por tus ganas, ya que estas se construyen en tu cabeza, mientras las sientes en el corazón. Cuando creas armonía entre lo que piensas y sientes, es cuando tus actos encuentran la congruencia, manifestando eso que quieres.

Cuando tu mente y tu cuerpo trabajan en equipo, entendiendo como mente, a tus pensamientos, y al cuerpo, como a las emociones que sientes, manifestadas en él, nada podrá resistirsete. Porque tus acciones, tomarán la coherencia del equipo, uniéndose a él. Tus comportamientos encontrarán la consonancia con eso que piensas y sientes, enfocándose en una misma dirección. No obstante, para encontrar esa coherencia, deberás renunciar a tus dudas y por supuesto, también a tus miedos. Y es que si encuentras dudas o miedos, no hay congruencia. La certeza es la única que puede devolverte la coherencia de tus actos.

¿Son tus actos disciplinados o indisciplinados?

¿Lo que haces está libre de miedos y dudas?

¿Dudas de lo que sientes y piensas?

Si sólo son dudas, te animo a que permanezcas en ese estado del «no saber» hasta que encuentres en él tu comodidad, ya que a su lado se acomoda pacientemente tu certeza. La seguridad no la encontrarás en lo que ya sabes, si no en lo que desconoces. Esa es la auténtica seguridad y la que te vuelve inquebrantable. El poder que te aporta la incertidumbre es ilimitado. Las dudas son generadas por tus expectativas, que siempre esperan la evidencia de algo.

Aprende a no esperar nada, ya que eso, en realidad, te hace poder esperarlo todo. Cuando te enfocas en una única opción, renuncias a todas las demás posibilidades, apegándote sólo a un resultado. En cambio cuando te desapegas de los resultados, le abres la puerta a las posibilidades infinitas. El «no saber», puede crear lo que sea, mientras que las evidencias de tu mente, son sólo conjeturas limitadas, que no tienen porqué convertirse en tu realidad.

Tú eres el deseo que te impulsa.
Tal y como es tu deseo es tu voluntad.
Tal y como es tu voluntad, son tus actos.
Y tal como son tus actos, será tu destino.

Disfruta del viaje, sin pensar en el destino. No te aferres a los resultados. Disfruta de lo que haces y cómo lo haces. No fuerces, ni te esfuerces. Actúa siempre con coherencia. Cada acción, tiene una respuesta, y cada respuesta se vuelve a convertir en acción, para volver a reaccionar. Debes de hacerte responsable de las consecuencias que tienen tus actos, ya que cada uno de los efectos, crearán nuevas reacciones, que tendrás que saber manejar, si quieres continuar caminando.

Camina atento, confiado, y con determinación. Camina siendo plenamente consciente de que estás caminando. No pienses aún los pasos que te faltan por caminar. Disfruta del contacto que hacen tus pies en el suelo por el que transitas. Disfruta del viaje, ya que es tu viaje. El destino no tiene nada que enseñarte. Y si llegas a él, sin aprender nada por el camino, no te gustará, ni reconocerás ese destino. Y todos tus paseos, no te habrán servido para nada.

¿Disfrutas del viaje, o sigues pensando en el destino?

¿Caminas atento o con prisa?

¿Coleccionas lecciones o aprendes y olvidas?

El deseo sin voluntad, poco difiere de un pensamiento sin completar. Y es que el pensamiento sin emoción no puede convertir tu deseo en realidad. Sólo cuando añadas eso que sientes a lo que piensas, tus actos se multiplicarán solos. Desea con conciencia, trabaja con voluntad y deja que tus actos se adelanten a tu destino.

¿Y tú, qué piensas, sientes y haces, por lo que deseas?

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Haz que tu vida valga la pena.

Haz que tu vida valga la pena y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida. Tus miedos no te cuidan de la muerte, aunque sí que evitan que vivas plenamente. Y es que puede que creas, que si te cuidas de morir, vivirás mejor, o por más tiempo, pero cuanto más te sigas cuidando de la muerte, más te privarás de la vida. Mientras te enfocas en tu miedo, en tus penas, en tus preocupaciones o en tus carencias, no puedes atender a tu necesidad de vivir. Sólo puedes atender a una sola cosa al mismo tiempo. Así que, 

¿Eliges muerte, o eliges Vida?

Asimismo, el miedo a la muerte es algo biológico, adaptativo, necesario para preservar la vida. Es un miedo real, como también lo es, el miedo a las alturas, o a la picadura de ciertos animales venenosos. En cambio existen infinidad de miedos más, que no hablan en absoluto de adaptación y que no han sido creados, precisamente para cuidarte de la muerte, si no más bien, para robarte la vida.

Son aquellos miedos aprendidos, que te condicionan y te limitan, impidiéndote vivir plenamente en vida. El miedo a hablar en público, por ejemplo, el miedo al éxito, el miedo a lo social, miedo al amor, al sufrimiento, miedo a la soledad, miedo a lo desconocido, al compromiso, al fracaso…y es que en realidad, se le puede tener miedo a cualquier cosa, aunque no sea sano, que cualquier cosa, te de miedo. 

Imagina que al revisar las notificaciones de tu correo electrónico, encuentras un mensaje, escrito desde una dirección desconocida. La dirección en cuestión, no admite respuesta, ya que ha sido creada, sólo para enviar mensajes y no para recibirlos. La información que te proporciona, te hace levantarte inmediatamente, de dónde quiera que estuvieses sentado. El contenido del mensaje, lo compone un archivo adjunto, acompañado de una pregunta, nada convencional:

«¿Te gustaría saber la fecha de tu muerte?. ¡Pincha aquí!»

¿Qué harías?

¿Eliminarías automáticamente el mensaje, identificándolo como un spam malicioso, o por el contrario, pincharías en el vínculo?

Hagas lo que hagas, 

¿Comentarías lo acontecido con alguien, o intentarías borrar ese mensaje, también de tu memoria?

Desconozco si tu curiosidad, te llevaría a pinchar en el vínculo. Si así lo hicieras, se descargaría de inmediato, una aplicación con un cronómetro, indicándote la cuenta atrás, hasta tu final, aquí en la tierra. 

¿Cambiarían las cosas para ti, si te desvelaran la fecha de tu muerte?

¿Qué harías diferente?

Imagina, ahora, que tu escepticismo, te lleva a borrar ese mensaje. Sin embargo, recibes una llamada de alguien muy importante para ti. Esa persona, te comenta que no pudo contenerse y que por lo tanto, ella sí que pincho en el vínculo. Así es que, ahora sabe, cuándo será su final. La fecha de su muerte, es mucho más cercana de lo que te gustaría. Y es que a penas le quedan, unos pocos días de vida.

¿Cambiarías tu actitud y comportamiento con esa persona?

¿Qué harías diferente?

¡Haz que tu vida valga la pena!.

Y es que a pesar de que todo esto, sea una distopía, extraído de una película de ficción. No puedo dejar de pensar, qué sucedería, si con la fecha de nuestro nacimiento, también nos proporcionasen, la fecha exacta de nuestra muerte. 

¿Cambiaríamos, entonces, la forma de vivir?

¿Y la de morir?

En realidad, aunque no dispongamos con exactitud, de la fecha de nuestra muerte, y la podamos marcar en nuestro calendario personal. No podemos olvidar, que sí que existe. Esté cercana o lejana, esto se nos acabará. Dejando atrás y para los demás, el legado que hayamos querido construir con nuestros pasos. Si esta idea, se hiciera realidad y todos pudiésemos conocer la fecha de nuestro final. Probablemente, las vidas más longevas, no se esforzaran mucho en cambiar su manera de vivir el presente. Sin embargo, las más cercanas a su «fecha de caducidad», tal vez, sí que vivirían con mucho más esmero, o de diferente manera, lo que hoy sólo observan, como el transcurrir de sus días, de sus Vidas. 

Haz que tu vida valga la pena, y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida.

Para ello, tienes que permitirte tener miedo, pero no darle la importancia que le das, ni cederle el protagonismo de tu vida. Si dejas que tu miedo te condicione o te limite, dejas que sea él, el que viva tu vida y no tú.

¿Porque cuántas veces por miedo, has dejado de hacer algo que deseabas hacer, permitiendo que tu miedo decidiera por ti?

¿Cómo de diferente sería tu vida ni no le dieras relevancia a tu miedo?

¿Quién te permites ser, cuando no sientes miedo?

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La mejor vitamina para recuperar tu Autoestima.

La mejor vitamina para recuperar tu autoestima, está en tu memoria. El mejor analgésico, consiste en redirigir tu atención. Recordar quién eras con autoestima, mientras te reconoces con todos los recursos y virtudes con los que te identificabas en tu pasado, puede ayudarte a reconciliarte contigo. Enfocarte en lo que ya tienes y con lo que cuentas, es el mejor calmante, para paliar el dolor, por no quererte lo suficiente.

La autoestima es la estima o el aprecio que tienes hacia tu propia persona.

¿Te quieres?

¿Cuánto te quieres?

¿Lo suficiente como para soportar que los demás no te quieran, o lo justo, para no soportar que los demás tampoco te quieran?

El amor hacia uno mismo es un referente imprescindible que determina el cómo te relacionas con tu entorno. Si tu autoestima es lo suficientemente alta, poco te importará lo que tu entorno piense a cerca de ti. En cambio si sufres de baja autoestima, las críticas y los juicios que recibas de ese entorno, no los recibirás favorablemente, además que influirán negativamente en tu propia persona. Es decir, que dependiendo de cómo interpretes, lo que tu entorno tenga que decir de ti, esto decretará, si te quieres lo suficiente o no.

Asimismo, es evidente, que el cómo te relacionas con los demás, tiene mucho que ver, con el cómo te relacionas, tú, contigo. Los pensamientos que tengas a cerca de tu propia persona o lo que pienses a cerca de tus aptitudes, determinarán también, la clase de relación que mantienes con el resto.

¿Si tuvieras que definirte en breves palabras, qué dirías de ti?

Antes de contestar, recuerda que la mejor vitamina para recuperar tu autoestima está en tu memoria. Así que repasa tranquilamente tu vida y con ella tus experiencias más representativas. No te centres sólo en lo que sientes hoy, porque no siempre, te has sentido como te sientes hoy.

Por tanto, piensa primero en tu entorno físico, esto es, tu cuerpo y tu persona el general, para más tarde pensar en cuáles son las cualidades o aptitudes que te hacen tan especial.

Puedes hacer dos listas, cuanto más largas mejor. Una para definirte como persona, tanto en lo externo, como en lo interno y la otra para definir tus aptitudes más representativas.

¿Qué prima en ambas listas?

¿Lo bueno o lo malo?

¿Crees que están centradas en tus defectos o en tus virtudes?

¿En tus talentos o en tus carencias?

Así pues, puede que haya un compendio de ambas, o lo que es lo mismo, que haya tanto defectos, como virtudes, o tanto talentos como carencias. Pero si en ambas listas priman los defectos, o tus carencias, cuanto antes empieces a trabajar en tu autoestima, mejor que mejor.

Cuando tienes alta autoestima, referida a tu persona:

– Aprecias tu cuerpo.
– Te gustan tus cualidades.
– No necesitas compararte con los demás.
– Aceptas tu originalidad.
– Te consideras querido por tu entorno.
– Haces observaciones positivas a cerca de tu propia persona.
– Aceptas las críticas de los demás y aprendes de ellas.
– Te consuelas a ti mismo cuando es necesario.
– Rechazas las falsas identificaciones que otros te atribuyen.
– Te mantienes firme y seguro de ti mismo.
– Asumes tus emociones, permitiéndote expresarlas.
– Sabes tomar decisiones.

Si no cumples todos los requisitos de la lista anterior, tampoco pasa nada. Muchas veces, lo único que hay que hacer, antes de lamentarse y flagelarse por no dar la talla, es hacerse las preguntas adecuadas:

¿Qué es lo que más aprecias de tu cuerpo?
¿Cuáles son las cualidades que te hacen sentirte orgulloso?
¿Qué es lo que más te gusta de tu originalidad?
¿Quién te quiere más de tu entorno?
¿Qué es lo más positivo que tienes que decirte?
¿Con qué crítica o con qué juicio recibido, has aprendido más?
¿Si tuvieras que consolar o aliviar a alguien que estuviera en tu misma situación, que le dirías?
¿En qué te sientes seguro y en qué tienes confianza?
¿Qué emociones o sentimientos no te importa expresar?
¿Cuál ha sido la decisión que más te ha costado tomar y que más te ha reportado?

Es casi imposible hacerlo todo mal, o no quererse en absoluto. Hay muchas cosas que haces bien, por las cuales puedes quererte con locura por ello. Recuerda que no tienes que ser perfecto, si no completo y feliz. Tu atención lo es todo, y si sólo te centras en lo que haces mal, seguirás haciéndolo mal. En cambio si te centras en lo que haces bien y en que puedes hacerlo mejor, sólo podrás mejorar.

Por otro lado, existe otra clase de autoestima, la referida a tus propias aptitudes. Y cuando tienes alta autoestima, en cuanto a tus aptitudes se refiere:

– Confías en tu capacidad y habilidades.
– Adoptas una visión positiva de tus proyectos.
– Perseveras a pesar de los obstáculos y de los fracasos.
– Confías en tu éxito.
– Asumes riesgos.
– Recuerdas logros o triunfos pasados.
– Aceptas felicitaciones o cumplidos ajenos.
– Te estimulan las nuevas experiencias.
– Confías en estar a la altura de las circunstancias.
– Pides ayuda cuando la necesitas y esperas recibirla.
– Te marcas desafíos o te desafías.
– Te sientes animado, después de tus éxitos.

Como apuntaba antes, tras la lista anterior, quizás no te sientas identificado ahora, con todas las características de esta nueva lista referida a tus aptitudes. Para ello, te facilitaré ciertas preguntas para ayudarte a cambiar tu perspectiva.

¿Cuál de todas tus capacidades, son en las que más confías?
¿En qué has sido tremendamente perseverante y eso te ha llevado al éxito?
¿Cuál es tu visión más positiva a cerca de lo que tienes entre manos?
¿En qué has arriesgado, que ha excedido tus expectativas?
¿De qué logro o triunfo te sientes más orgulloso?
¿Cuál ha sido la felicitación o el cumplido que más te ha llegado, de todos los recibidos?
¿Cuándo fue la última vez que te entregaste a una nueva experiencia y esta te sorprendió gratamente?
¿Cuántas veces te has demostrado ya, que sí que estabas a la altura de las circunstancias?
¿Cuando pides ayuda, y te permites que los demás te ayuden, a quién más ayudas?
¿Cuál fue tu último desafío que llegó a buen puerto?
¿El éxito que más orgulloso y animado te ha hecho sentir, cuál ha sido?

La memoria, muchas veces, te juega malas pasadas. Y es que la memoria, siempre está influenciada por tu atención o por lo que decidas atender. Enfocarte en lo que no tienes, o en lo que te falta, no te facilitará conseguirlo. Por el contrario, si atiendes a lo que ya has conseguido y cómo lo has hecho, esto te puede dar ideas, de cómo alcanzar tus nuevas metas y propósitos. Enfócate en lo que ya tienes, y en qué te hizo lograrlo. Porque esos recursos, son las aptitudes con las que ya cuentas, y las que de verdad, hablan de ti. Por consiguiente, la mejor vitamina para recuperar tu autoestima está en tu memoria. Como el mejor analgésico consiste en redirigir tu atención.

¿Cuántas veces en tu niñez, te planteaste si te querías lo suficiente o no?

¿Cuántas veces desconfiaste de tus capacidades?

¿Si lo hubieses hecho, habrías llegado hasta donde has llegado hoy?

¿Crees que si un niño renunciase a caminar, por su primera caída, aprendería a caminar?

Fueron muchas las caídas, antes de que pudieras perfeccionar el arte de caminar. Pero lo recuerdes o no, en aquel entonces, no dudabas de ti, ni de tus capacidades. Sabías y confiabas que podías hacerlo. Tampoco le dabas importancia a tu físico, ni te comparabas con los demás niños. Sentías tus emociones y las expresadas al momento. Vivías en el aquí y en el ahora, sin preguntarte qué pasó antes, ni qué pasará después. Te amabas por encima de todo. Y lucías espléndido y lleno de vida.

¿Y hoy, qué ha cambiado?

¿En qué has cambiado?

Recuerda quién fuiste, y enfócate en quién quieres ser. Ama al niño que fuiste y recuerda lo que quería ser.

Ámate para amar y recuerda para sanar. Porque la mejor vitamina para recuperar tu Autoestima, siempre eres tú.

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Te propongo hacer un viaje juntos.Tú te encargas de elegir el destino y el tiempo que quieres emplear en el viaje y yo pongo la guía. Junto a ella, iremos explorando los diferentes mapas de ese territorio.Tu territorio. Compartiremos emociones y romperemos esas barreras que te impiden volver a creer en ti y en todas tus capacidades. Bajo esa capa que conforma tu apariencia, habita lo mejor de ti, no lo ignores y despliega todo tu potencial.

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