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La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta.

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta. Y yo me siento tremendamente honesta, cuando me reconozco en mi vulnerabilidad.

La palabra Vulnerable, proviene del latín, «vulnerabilis». Una palabra formada por «vulnus», que significa herida y el prefijo «abilis», que significa posibilidad. Es decir, que el adjetivo vulnerable, expresa la posibilidad de ser herido.

Expresa la posibilidad, la opción, la oportunidad. Pero es tan sólo eso, una probabilidad, y entre todas las posibilidades de sentirse herido, también existen todas las opciones, de hacer algo con ello.

¿Y qué, si soy vulnerable?

¿No habla eso también de mi?

Mi fortaleza también reside en poder mostrar esa fragilidad. Y no en esconderla por miedo a que me hieran.

Mi valentía despierta, cuando acepto mi debilidad. Cuando me rindo al ser, sabiendo que desde ahí, nada ni nadie puede hacerme daño.

Mis heridas comienzan a sanar, cuando asumo que a pesar de mi exoesqueleto, por dentro soy blandita y tierna.

Cuando me atreví a contar, una por una mis cicatrices, permitiéndome hablar de ellas, desplegué mi coraje y este me elevó hacia otro nivel.

¿Y qué más da si me siento vulnerable?

Si exhibo mis partes rotas y las comparto con el mundo.

Mis pedazos son también parte de este mundo. Trocitos de mi, que completan otros mundos.

Desnudo mi ego. Sus ropas, no me protegen, sólo me cubren. Y debajo de todos sus disfraces, me encuentro Yo.

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta, y yo me siento tremendamente honesta, cuando me reconozco en mi vulnerabilidad.

¿Y qué hay de malo entonces, en sentirse vulnerable?

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta, y es que mostrarse vulnerable, no tiene nada de malo, si no más bien, todo lo contrario. Es muy de humanos honestos, sentirse así. Y esconder las partes blandas, o protegerlas, no hará que desaparezca esa sensación. Toda sanación comienza en el momento en el que tomamos cartas en el asunto. Cuando nos hacemos responsables de lo que nos pasa.

Por tanto, cuando nos permitimos ser vulnerables y nos entregamos a la experiencia, aprendemos que esa vulnerabilidad también habla de nosotros y de nuestro carácter. Un carácter que se ha ido formando en base a nuestras experiencias de vida. Somos lo que somos, gracias a esas circunstancias.

Es normal querer vivir tranquilo y sin incidencias. Aunque ya sabemos que la vida, está llena de incidencias. Cuando una herida se abre, duele, sin embargo si no se abriera y no nos doliera, de vez en cuando, no aprenderíamos nada de nosotros mismos. Estamos aquí para aprender de la vida y trascender. Esas heridas que a veces nos lastiman tanto, expresan mucho más de nosotros que aquello que nos hace feliz. Y es que la auténtica felicidad, se alcanza aceptando también lo que nos lastima. Ya que si no lo reconocíesemos, no podríamos reparar las partes rotas. Reparar, pegar, cuidar, enlazar, unir, remendar. Son estos procesos los que de verdad nos enseñan.

Cuando se nos cae un jarrón al piso y se hace añicos, podemos hacer tres cosas. La primera de ellas, sería recoger esos pedazos, para volver a juntarlos. La segunda opción, sería barrerlos y atraparlos con el recogedor, para tirarlos a la basura. Y la tercera posibilidad sería, no recoger los pedazos y dejarlos en el suelo. Esto supone un riesgo, ya que si los dejamos en el suelo nos podremos cortar y hacer daño de nuevo.

Si tiramos a la basura, los pedazos, desaparecerá nuestro jarrón. Y puede que ese jarrón, tenga un significado especial para nosotros. En cambio si recogemos los pedazos y los pegamos de nuevo, ese jarrón, no volverá a ser el mismo. Aunque seguirá siendo nuestro jarrón. Seguirá luciendo hermoso, pese a sus cicatrices. Quizás, hasta más hermoso, y seguro que a raíz de ese percance, lo cuidemos más, o lo coloquemos en otro sitio, para protegerlo mejor. Si dejamos sus partes rotas esparcidas por ahí, puede que nos lastimemos sin darnos cuenta. Además que algunas de esas piezas se podrían perder, o esconder bajo el sofá.

¿Si tú fueras un jarrón y te rompieses, que te gustaría que hicieran contigo?

¿Esparcir tus partes rotas, pegarlas, o tirarlas a la basura?

¿Qué es lo que haces tú cuándo te rompes?

¿Recoger y pegar, barrer y tirar, o esparcir y dejar?

Porque todos podemos ser tan vulnerables como un jarrón. Caer y romperse, no es lo peor que nos puede pasar. Es lo que hacemos después de la caída, lo que habla de nosotros. Puede que esa caída nos duela y nos divida en partes, pero esas partes tienen mucho que contarte. Si te permites escucharlas, seguro que descubres cosas, que ni siquiera imaginabas que estuvieran ahí. Y esto es vivir la experiencia. No tires a la basura tus experiencias, no desaparezcas a la primera caída, aprende a caer y a cuidarte mejor. Se honesto contigo y con los demás. Aprende de ti y de tu vulnerabilidad.

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta. Y yo me siento tremendamente honesta cuando me reconozco en mi vulnerabilidad

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Haz que tu vida valga la pena.

Haz que tu vida valga la pena y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida. Tus miedos no te cuidan de la muerte, aunque sí que evitan que vivas plenamente. Y es que puede que creas, que si te cuidas de morir, vivirás mejor, o por más tiempo, pero cuanto más te sigas cuidando de la muerte, más te privarás de la vida. Mientras te enfocas en tu miedo, en tus penas, en tus preocupaciones o en tus carencias, no puedes atender a tu necesidad de vivir. Sólo puedes atender a una sola cosa al mismo tiempo. Así que, 

¿Eliges muerte, o eliges Vida?

Asimismo, el miedo a la muerte es algo biológico, adaptativo, necesario para preservar la vida. Es un miedo real, como también lo es, el miedo a las alturas, o a la picadura de ciertos animales venenosos. En cambio existen infinidad de miedos más, que no hablan en absoluto de adaptación y que no han sido creados, precisamente para cuidarte de la muerte, si no más bien, para robarte la vida.

Son aquellos miedos aprendidos, que te condicionan y te limitan, impidiéndote vivir plenamente en vida. El miedo a hablar en público, por ejemplo, el miedo al éxito, el miedo a lo social, miedo al amor, al sufrimiento, miedo a la soledad, miedo a lo desconocido, al compromiso, al fracaso…y es que en realidad, se le puede tener miedo a cualquier cosa, aunque no sea sano, que cualquier cosa, te de miedo. 

Imagina que al revisar las notificaciones de tu correo electrónico, encuentras un mensaje, escrito desde una dirección desconocida. La dirección en cuestión, no admite respuesta, ya que ha sido creada, sólo para enviar mensajes y no para recibirlos. La información que te proporciona, te hace levantarte inmediatamente, de dónde quiera que estuvieses sentado. El contenido del mensaje, lo compone un archivo adjunto, acompañado de una pregunta, nada convencional:

«¿Te gustaría saber la fecha de tu muerte?. ¡Pincha aquí!»

¿Qué harías?

¿Eliminarías automáticamente el mensaje, identificándolo como un spam malicioso, o por el contrario, pincharías en el vínculo?

Hagas lo que hagas, 

¿Comentarías lo acontecido con alguien, o intentarías borrar ese mensaje, también de tu memoria?

Desconozco si tu curiosidad, te llevaría a pinchar en el vínculo. Si así lo hicieras, se descargaría de inmediato, una aplicación con un cronómetro, indicándote la cuenta atrás, hasta tu final, aquí en la tierra. 

¿Cambiarían las cosas para ti, si te desvelaran la fecha de tu muerte?

¿Qué harías diferente?

Imagina, ahora, que tu escepticismo, te lleva a borrar ese mensaje. Sin embargo, recibes una llamada de alguien muy importante para ti. Esa persona, te comenta que no pudo contenerse y que por lo tanto, ella sí que pincho en el vínculo. Así es que, ahora sabe, cuándo será su final. La fecha de su muerte, es mucho más cercana de lo que te gustaría. Y es que a penas le quedan, unos pocos días de vida.

¿Cambiarías tu actitud y comportamiento con esa persona?

¿Qué harías diferente?

¡Haz que tu vida valga la pena!.

Y es que a pesar de que todo esto, sea una distopía, extraído de una película de ficción. No puedo dejar de pensar, qué sucedería, si con la fecha de nuestro nacimiento, también nos proporcionasen, la fecha exacta de nuestra muerte. 

¿Cambiaríamos, entonces, la forma de vivir?

¿Y la de morir?

En realidad, aunque no dispongamos con exactitud, de la fecha de nuestra muerte, y la podamos marcar en nuestro calendario personal. No podemos olvidar, que sí que existe. Esté cercana o lejana, esto se nos acabará. Dejando atrás y para los demás, el legado que hayamos querido construir con nuestros pasos. Si esta idea, se hiciera realidad y todos pudiésemos conocer la fecha de nuestro final. Probablemente, las vidas más longevas, no se esforzaran mucho en cambiar su manera de vivir el presente. Sin embargo, las más cercanas a su «fecha de caducidad», tal vez, sí que vivirían con mucho más esmero, o de diferente manera, lo que hoy sólo observan, como el transcurrir de sus días, de sus Vidas. 

Haz que tu vida valga la pena, y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida.

Para ello, tienes que permitirte tener miedo, pero no darle la importancia que le das, ni cederle el protagonismo de tu vida. Si dejas que tu miedo te condicione o te limite, dejas que sea él, el que viva tu vida y no tú.

¿Porque cuántas veces por miedo, has dejado de hacer algo que deseabas hacer, permitiendo que tu miedo decidiera por ti?

¿Cómo de diferente sería tu vida ni no le dieras relevancia a tu miedo?

¿Quién te permites ser, cuando no sientes miedo?

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Renuncia a tus renuncias si no quieres fracasar.

Renuncia a tus renuncias, si no quieres fracasar. Porque tus renuncias lo único que te aseguran es el no fallar. Sin embargo, si no haces nada, para no equivocarte,

¿Qué consigues?

¿No cometer errores?

El error está en no hacer nada, para no cometer errores. Ya que si no haces nada, no te equivocarás, pero tampoco te permitirá acertar. Si no arriesgas, no pierdes, pero tampoco ganas. Te mantienes igual, dentro de tu confort, sin tener que renunciar a nada.

¿Y qué es lo que quieres?

¿Mantenerte igual o cambiar para mejorar?

Cuando tienes que decidirte entre más de una opción, debes elegir entre el riesgo o la renuncia. El riesgo implica no esperar nada, para recibir lo inesperado. Y la renuncia, descartar aquello que no te convence. También tienes la opción de no elegir nada, para no fallar o equivocarte. Es decir renunciar a todo y mantenerte igual. Ese es el auténtico fracaso, renunciar, por miedo a fallar. Si no haces nada, no pierdes nada, aunque tampoco puedes ganar nada, ya que el que no arriesga, no gana. Además que si decides renunciar y echarte para atrás, tampoco podrás demostrarte de lo que eres capaz.

¿Qué prefieres sumar en tu vida?

¿Renuncias o fracasos?

El fracaso en realidad, no es más que una interpretación, basada en tus expectativas, que le atribuyes a un acontecimiento en concreto. Y aunque no sea fácil reconocerlo, se aprende mucho más de los fracasos, que de lo que conseguimos a la primera. Cuando consigues algo sin apenas esfuerzo, no te lo vuelves a plantear. No sabes cómo pasó, pero pasó. En cambio cuando logras alcanzar algo, a través de tu esfuerzo, y no al primer intento, aprendes tanto de tus aciertos, como de tus errores. En realidad, la corrección de tus errores, es lo que te hace acertar. Así que renuncia a tus renuncias, si no quieres fracasar.

Asimismo, el miedo al fracaso, está estrechamente relacionado con tus expectativas o con lo que esperas de la situación, aunque también, con lo que pueda suceder después.

¿Y si no le temes al fracaso, aunque sí al éxito?

¿Temes acertar, más que fallar?

El acertar y el conseguir eso quieres, puede implicar un cambio en tu vida, que quizá, no estés dispuesto a asumir o simplemente, desconoces, si estarás preparado para aceptar. Eso también puede darte mucho miedo. Abandonar lo viejo conocido, para enfrentarte a lo nuevo desconocido. Y es que despedirse del confort de la costumbre, no siempre es fácil.

«Angustiado, el discípulo acudió al maestro, y le preguntó:

– ¿Cómo puedo liberarme?

A lo que el maestro le contestó:

– ¿Y quién te ata?».

(Proverbio hindú)

A lo que te atas, te esclavizas. Y si te mantienes atado a tu costumbre, o a tu zona de confort, se te escaparán el resto de zonas inexploradas. No siempre lo malo conocido, es mejor que lo bueno por que conocer. Permítete explorar lo nuevo, para por lo menos decidir, con conocimiento de causa. No te ates a tu rutina, no renuncies por miedo. Para ganar al miedo, tienes que perder el miedo. Porque si el miedo gana, tú pierdes.

Renuncia a tus renuncias, si no quieres fracasar. No hay mayor fracaso que no hacer algo, por miedo a fallar. El acierto no se consigue no haciendo nada. Y siempre hay algo que puedes hacer para no fallar. Demuéstrate de lo que eres capaz, pero no renuncies antes de tiempo, te sorprenderás.

Lo intentaste y fracasaste. No importa, vuelve a intentarlo. Fracasa de nuevo, fracasa mejor.
(Samuel Beckett)

Fracasa hasta que aciertes.

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Tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz!.

Tu niño Interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Ya eres un Ser completo, tal cuál eres. Y es que cuando buscas la perfección, es cuando la pierdes, y te pierdes.

«La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, si no cuando no hay nada más que quitar.»
(Antoine de Saint-Exupéry)

Si prescindes de algo de ti, dejas de ser tú. Todas tus partes te hacen ser quién eres. Ese ser único y completo capaz de todo, si se lo propone.

En la entrada anterior, exploré la herida de la TRAICIÓN, junto con el disfraz que la oculta, el del CONTROLADOR.

Tu niño interior te dice: ¡No controles!.

Desconozco si ya has conseguido reconocerte con alguna de las heridas o con los disfraces que las esconden. Como no me cansaré de repetir, es muy probable que no sólo hayas sufrido de una única herida, puede que sean varios los cortes y las rozaduras que han podido lastimarte durante tu infancia. Sin embargo, siempre hay una herida que es más profunda que las demás. Y esa es la herida que se somatiza en tu cuerpo. Quizás, sea la herida que más le cueste aceptar a tu mente. Pero como también he repetido en diversas ocasiones, el cuerpo, ni puede, si sabe mentir, por eso es interesante que lo primero que analices, es con qué características físicas te identificas, para sanar primero, la herida que más te limita.

Las heridas que antes se manifiestan son las tres primeras. La herida del RECHAZO, la del ABANDONADO y la de la HUMILLACIÓN. Son las primeras en surgir y en realidad, las dos restantes, la herida de la TRAICIÓN y la de INJUSTICIA, que analizaremos hoy, también derivan de ellas.

Puede darse el caso, que tu herida de ABANDONO, te haya llevado a sentirte traicionado. Como que tu herida de RECHAZO, te haya hecho pensar que tu vida y las cosas que te pasan, han sido tremendamente injustas. Lo que quiero decir con esto, es que si sientes la TRAICIÓN o la INJUSTICIA, como tus heridas más profundas, vas a tener que profundizar aún más en ellas, porque es muy probable, que oculten restos de otras heridas.

Y ahora sí, vamos a explorar la última de las heridas: la herida de la INJUSTICIA y su disfraz, el del RÍGIDO.

Esta herida, se refiere a la ruptura con tu propia identidad. Durante tu infancia, algo te forzó a dejar ser tú, porque las circunstancias, así lo requerían. Tenías la necesidad de ser la estrella y de ser perfecto, pero lo que te sucedió y cómo lo gestionaste, hizo imposible, sentirte así. Si sufres de esta herida, a pesar de todos tus esfuerzos, por agradar al resto, no te sientes apreciado, valorado y respetado. Por tanto, también tienes ciertas dificultades con lo crees merecer, o con tu merecimiento. Puede que sientas que no recibes lo que mereces, o por el contrario, que recibes más de lo que mereces. Te encuentras en una permanente ambivalencia, entre lo que es justo y lo que no lo es.

Es una herida que se manifiesta entre los cuatro y los seis años de edad. En ese momento, estás perfilando lo que será tu personalidad. Lo que deberías ser, y lo que no. Y es que, «entre lo que aparentas ser y lo que quieres ser, estás tú.» Sin embargo tu lucha con tu propia perfección, es lo que te impidió ser del todo tú, para poder ser «justo». No te sientes valorado o lo suficientemente apreciado, porque eres tú, quién no te aceptas del todo. Niegas partes de ti, escondes otras y así lo único que consigues, es no ser quién eres. Por eso tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Porque para ser feliz, tienes que permitirte ser tú. Despojarte de los disfraces que te esconden. La perfección no te dará la felicidad. Ya que tu felicidad, se encuentra oculta bajo tu propia imperfección.

Es una herida que se da, con el progenitor del mismo sexo. Sientes su frialdad, antes que su afecto. Y no es que este progenitor haya sido frío contigo o poco afectuoso. Porque como siempre explico, esa fue tu interpretación de lo sucedido. Tu papá, tu mamá, o tu tutor o tutora, te dio el afecto que supo dar. Lo que te expresó, fue su manera de demostrarte cuánto te quería. No supo hacerlo mejor. Y es que si revisas tu historia familiar, es muy probable que él o ella, también sufriera lo mismo que tú. Los recursos de los que disponemos en la niñez, son limitados, vamos adquiriendo nuevos recursos, conforme nos vamos enfrentando a nuevas experiencias. Tu progenitor, también fue un niño como tú y si no sanó sus propias heridas, cometerá los mismos «errores» que cometieron con él.

Las características de la PERSONALIDAD y del CARÁCTER de las personas que sufren de la herida de la INJUSTICIA, son las siguientes:

– Les cuesta mucho mostrar su afecto.

– Tampoco les gusta expresar lo que sienten. Ni si quiera sus opiniones.

– Son fríos y a la vez, explosivos, de mecha corta. Saltan con facilidad, desde la frialdad.

– Rara vez se enferman. Son duros con su cuerpo.

– Les encanta el orden.

– Se controlan, dejando de ser ellos mismos. Prefieren ser «justos» y «perfectos» que mostrar su propia personalidad. Lo que les hace ser injustos e imperfectos consigo mismos.

– No respetan sus propios límites y se exigen demasiado.

– Dificultad para sentir placer, sin sentirse culpables.

– Consideran injusto recibir menos de lo que merecen y más injusto aún, recibir más de lo que creen merecer.

– No les es fácil recibir algo que no se esperan, como un regalo, un ascenso, un halago…

– Se comparan con el mejor de todos y con el peor.

– Dudan mucho entre lo que deben y quieren hacer.

– No suelen admitir tener problemas.

– Son hipersensibles.

– Suelen reír para ocultar su sensibilidad.

– Se justifican, incluso cuando nadie les pide explicaciones.

– Vivaces y dinámicos.

– Tan optimistas, que se vuelve sospechoso.

– Lo que hacen, lo hacen para destacar y ser perfectos.

– Cruzan bastante los brazos.

– Se desvinculan de sus sentimientos.

– Extremadamente perfeccionistas.

– Su mayor TEMOR, la FRIALDAD, sentirla, como manifestarla.

¿Se corresponden estas características con alguno de tus comportamientos?

¿Te identificas de alguna manera, con la herida o con el disfraz expuesto?

Recuerda que tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Desnúdate ante ti.

El CUERPO también te puede dar algunas pistas, a cerca de si sufres por la herida de la INJUSTICIA, o no.

El cuerpo es erguido y rígido. Lo más perfecto posible. Bien proporcionado. Glúteos redondos. Talle corto y piernas largas. Movimientos rígidos. Piel clara. Mandíbula firme. Cuello esbelto y tieso. Camina erguido y con orgullo. Los ojos son brillantes de mirada intensa, muy vivos.

En su ALIMENTACIÓN opta por los alimentos salados y crujientes. Se cuida para no engordar. Quizá sea, el que más voluntad tenga para hacerlo. Se justifica cuando pierde el control con la comida, aunque rápidamente vuelve a controlarse.

Las posibles ENFERMEDADES que les pueden acechar, son:

– Agotamiento físico y mental.

– Calambres musculares.

– Tortícolis.

– Estreñimiento.

– Hemorroides.

– Patologías circulatorios.

– Problemas en la piel.

– Nerviosismo.

– Mala visión.

Y bajo ese disfraz de RÍGIDO que le impide mostrarse tal cual es. Lo que esconde ser, es:

– Una persona creativa y con mucha energía.

– Dotada de una gran capacidad para trabajar duro.

– Es ordenado y apto para trabajos en entornos que requieran una gran precisión.

– Un gran comunicador, con talento para explicar las cosas claramente.

– Muy sensible. Capta lo que sienten los demás, sin obviar sus propios sentimientos.

– Sabe lo que debe saber, cuando lo necesita.

– Encuentra a la persona indicada, en el momento oportuno.

– Entusiasta, lleno de vida.

– Resiliente, que es la capacidad para adaptarse a cualquier tipo de situaciones y para afrontar de la mejor manera, los peores acontecimientos.

Tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz!, déjate llevar por él. Buscar la perfección te aleja de la felicidad. Ya que tu felicidad, es poder disfrutar de ti y de tus imperfecciones.

Pues ya hemos acabado con las presentaciones pertinentes, de todas esas heridas antiguas, que nos impiden ser nosotros mismos.

Ahora, te toca a ti poner un poco de tu parte y aceptar esas heridas como tuyas. Identificarte con ellas. Para ello, puedes echar mano, de experiencias de referencia que te ayuden a comprenderte mejor. Pueden ser situaciones de tu infancia, de tu etapa como adolescente, de tu juventud, o de tu etapa adulta. Da igual de dónde las rescates, lo único que tienes que hacer, es encontrar las correspondencias, con los comportamientos descritos, con los disfraces elegidos, o con las características físicas de tu cuerpo.

Y mientras tú buscas esas experiencias, yo iré preparando la siguiente entrada, en la que te daré algunas pautas sencillas, para sanar cada una de las heridas descritas.

Así que, ¡Manos a la obra!, porque aún nos queda bastante que trabajar.

¡Hasta la próxima!

Pego vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=FnDEvJ-86nk&t=3s

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Eso que interpretas como problema.

Eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema. Tu interpretación de las circunstancias, te hace creer que sí que lo es. Sin embargo, si te permitieras indagar un poco más en esa dificultad, sin dejarte llevar por lo meramente superficial, encontrarás el auténtico motivo que te hace pensar así.

Como tú, la vida también se viste por capas. Se parece bastante a una cebolla. La capa exterior, es la que perciben los sentidos. Es la capa más dura, porque es la que más expuesta está. Se enfrenta a las inclemencias del tiempo, a las miradas y juicios de los demás, también actúa como protectora, ya que se encarga de esconder el resto de capas. Asimismo, está construida por esas creencias y esas convicciones que se esconden en las capas más profundas. Aunque sea la más tosca y la más dura, es la que menos se parece a ti. Es sólo la apariencia que quieres proyectar en el exterior. Y esa apariencia, o esa última capa, la utilizas para aparentar, algo que no eres, porque no te quieres mostrar.

Lo mismo sucede con los problemas. Su capa exterior sólo habla de tu interpretación hacia ellos. Te muestra lo superficial, no el contenido importante. La información real, siempre está debajo de esa última capa. Por este motivo, eso que interpretas como problema, no es el verdadero problema.

Imagina que en el trabajo, te ascienden a un puesto superior. Pero lo que en principio te alegra y te empondera, más tarde se convierte en un problema para ti. Ya que comienzas a sentir estrés, por las nuevas responsabilidades que tienes que gestionar. Te empiezas a encontrar agobiado y sobrecargado de trabajo. Piensas que el ascenso, te queda grande, y que en realidad, no estás lo suficientemente preparado como para demostrar, lo que vales en ese nuevo puesto. Lo único que te preocupa ahora, es acabar con todo ese estrés que te ronda. 

Esa última capa te alerta y te habla de tu estrés, pero, 

¿Qué esconde debajo?

¿Crees que es el estrés, tu verdadero problema?

El estrés, es la manera que tiene tu cuerpo de comunicarse contigo. De llamar tu atención para que entiendas que algo no va bien. Por eso interpretas el estrés como tu nuevo problema. Pero eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema.
Numerosos estudios indican que cuando sientes estrés, aumenta tu Cortisol. El Cortisol es la hormona del estrés y cuando este se dispara, el cuerpo se resiente tremendamente. El Cortisol es el responsable de infinidad de enfermedades, ya que debilita tu sistema inmune, permitiendo que enfermes con mucha más facilidad.

Sin ir más lejos, la situación que estamos viviendo en este momento, con el tema de la pandemia, ha disparado el cortisol de muchos de nosotros, haciéndonos entrar en un estado constante de pánico y de «hipervigilancia». 

¿Qué esconde tu estrés?

¿Qué hay debajo de esa última capa, cubierta de Cortisol?

El estrés no es más que temor o miedo disfrazado. Es la reacción de tu cuerpo frente a los continuos cambios de la vida. Podríamos decir, incluso, que es la excusa que te pones, para no hacerte responsable de ser el precursor de tus propias emociones. El miedo es una emoción primaria. Todos sentimos miedo. Sin embargo, no siempre lo reconocemos. Sentir miedo, es algo natural, pero cuando adoptas al miedo, como compañero de vida, este se convierte en tu peor enemigo. Porque vivir con miedo, no es vivir, si no sobrevivir.

Sentir estrés, te muestra tu carencia de armonía interior. No estás en paz contigo, ni con la vida. Porque la paz, es la consecuencia de tu confianza. Alguien que no confía en si mismo o en la vida, está en guerra o en lucha continua. Y si luchas contra ti, el perdedor siempre serás tu, ya que no hay nadie más en la contienda. Así que no luches, si no quieres terminar derrotado. Cooperar contigo y con la vida, es lo único que puede atraer tu victoria.

Así que la próxima vez que sientas estrés o utilices frases como: «esto me estresa», «tengo mucho estrés»…hazte la siguiente pregunta:

¿Qué es lo que me da miedo?

¿Qué temo que pase, que me hace sentir tan estresado?

Antes comentaba que tanto tú, como la vida, se visten por capas, igual que una cebolla. Cuando sujetas una cebolla sin haberle quitado la primera capa, no sientes nada. En cambio cuando se la arrancas y vas quitando capas, comienzas a llorar. Lo mismo sucede contigo. Tu primera capa, la más externa, no dice nada de ti, ni te hace sentir nada. Lo que habla de ti, siempre es lo de dentro. Y es que eso que interpretas como problema, casi nunca es el problema. Tienes que quitar las capas más superficiales para sentir algo y así sentir el verdadero problema. 

Cuando duele, ahí es. La emoción te dice que estás en el sitio correcto. Y para cambiar, sólo tienes que empezar a pensar, más allá de cómo te sientes. El pensamiento fue el que hizo sentirte así, ahora sólo tienes que seleccionar otro pensamiento, que te haga sentir diferente y poder así, cambiar de emoción.

El miedo y el estrés que sientes, frente a lo que te sucede, ya te han demostrado muchas veces, que el 99% de todo lo que piensas, que te pasará, nunca pasa. Que es tan sólo, un producto de tu imaginación, por no saber elegir el pensamiento correcto. El miedo te hace imaginar cosas horribles, si se lo permites. Permítete ahora imaginar para bien y no para angustiante. Elige cuidadosamente tus pensamientos. No dejes que sea tu miedo o tu estrés, el que decida por ti. 

Esos pensamientos que te generan estrés y que por ende, destapan tu miedo, 

¿Por que tipo de pensamientos te gustaría cambiarlos?

¿En qué tendrías que pensar, que no es miedo?

Se concreto, y empieza a practicar Ahora. Piensa para bien y no para boicotearte. Haz que tus pensamientos construyan y no que te destruyan. Con los mismos ladrillos se puede construir un puente o un muro. Si en tu pasado, te decidiste por el muro. Ahora, puedes destruirlo y emplear esos mismos ladrillos para construir tu puente.

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Tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!.

Tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!.

En la entrada anterior, exploramos la herida del RECHAZO:

Tu niño interior te grita: ¡No huyas!.

En la que señalamos, cuál era su disfraz más característico, el del ESCAPISTA. No sé si te reconocerías con esa herida y si has tenido tiempo para analizar las situaciones y comportamientos, en los que te has sentido rechazado y huyendo de la realidad.

El «darte cuenta» o el reconocerte con la herida, o con el disfraz, es el primer paso, hacia tu transformación. Algo que no es aceptado, no se puede cambiar. Ya que ni si quiera lo aceptas como algo tuyo. Dando por hecho, que no está, o que no es real. Y lo que no está, o lo que no es real, no existe, por lo tanto, si no existe, tampoco su cambio existirá.

La segunda herida, que vamos a explorar; es la herida del ABANDONO. Cuyo disfraz, es el del APEGADO o el del DEPENDIENTE.

Es una herida que suele surgir entre el primero y tercer año de vida. Se manifiesta cuando existe una carencia de afecto, o muestras del tipo de afecto deseado.

Como en tu niñez te sentiste abandonado, y no quieres volver a  pasar por ello, evitas por todos los medios, cualquier situación que te lo recuerde. Sin darte cuenta, que muchas veces, te creas tal dependencia con la gente de tu entorno, que eres tú mismo, quién propicia que te abandonen. Haces todo lo posible por estar rodeado de gente. No te gusta estar a solas, ya que esto, te recuerda tus peores temores: el ABANDONO y la soledad.

Como comenté con la herida del RECHAZO, nadie quiso abandonarte. Sólo que tú te sentiste abandonado. Quizá te cueste diferenciar entre la herida del RECHAZO y la del ABANDONO. Para sentirte abandonado, no es necesario que te rechacen. La muerte o la partida de un progenitor, no es un rechazo, es una pérdida.  Mientras que el rechazo es sentirse rehusado o desestimado por parte del progenitor.

El ABANDONO te hace sentirte desamparado y desatendido. Te sientes sólo, sin nadie que cuide de ti. Por eso enseguida echas mano del disfraz del DEPENDIENTE, para sustituir al progenitor que no te atiende, por otra persona que sí lo haga, y así evitar sentirte abandonado.

Esta herida se da con el progenitor del sexo contrario. Y como sucedía con la herida del RECHAZO, es muy posible que si revisas tu historia familiar, ese progenitor haya vivido la misma historia que tú, y que haya sido también abandonado, por su propio progenitor.

Nadie quiso abandonarte intencionadamente. Sólo que tú, así lo interpretaste. Te sentiste así, porque necesitabas un afecto diferente al que recibiste. Pero tu progenitor, no supo dártelo. Lo que te dio, es el afecto que él conocía y supo dar. Te dio, lo que a él o ella, le dieron. Ya que todo lo demás, era desconocido para él, o para ella.

Voy a enumerar las características de la PERSONALIDAD o del CARÁCTER, de las personas que sufren la herida del ABANDONO:

– Se creen víctimas de las circunstancias.

– Tienen la necesidad de presencia y de hacerse notar a toda costa. Les gusta llamar la atención.

– Buscan el apoyo constante. Muchas veces son incapaces de decidir por sí mismos.

– Piden consejos, sin seguirlos, necesariamente.

– Tienen dificultad para aceptar un «no» como respuesta.

– Predisposición por la tristeza y el llanto fácil.

– Aunque no les gusta causar lástima, la causan inconscientemente, para recibir la atención y el apoyo que necesitan.

– Son bastante inestables en cuanto a sus emociones. Un día están alegres y al otro tristes.

– Se retraen físicamente de los demás.

– Son muy mentales, más que sentimentales.

– Pesimistas y negativos en pensamiento, sobre todo consigo mismos.

– Les encanta tener espectadores y que se fijen en ellos.

– Buscan la independencia, aunque se apeguen a las personas y a las cosas.

– Les encanta hablar y que les escuchen.

– Les suele gustar también interpretar el papel de «Salvador» o de «Cuidador», para crear más dependencia. Evitando así que les abandonen.

– Se vuelven perezosos si no encuentran la motivación adecuada.

– Preguntan mucho.

– Cuántas más personas tengan a su alrededor, mejor se sienten.

Desconozco, si te has sentido identificado con algunas o con muchas de estas características. No tienes porqué haberte sentido identificado con todas, si has reaccionado por lo menos a la mitad, puede que ya hayas tenido suficiente, para aceptar tu herida de ABANDONO. Recuerda que tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!. No a la gente o a las cosas, porque lo que quiere, es que dependas sólo de ti.

Y como tu mente y tu parte consciente, puede mentirte, ya que suele rechazar, lo que no quiere ver.

¿Qué crees que dirá tu cuerpo?

Estás son algunas de las cualidades físicas que portan los CUERPOS, que han sufrido la herida de ABANDONO:

– CUERPO largo y delgado. Sin tono muscular. Piernas débiles y espalda encorvada hacia delante. Los brazos en apariencia pueden parecer más largos de lo normal, con relación al resto del cuerpo. Algunas partes de este, pueden estar más caídas de lo normal y sufrir flacidez.

En cuanto a su ALIMENTACIÓN:

– Tienen buen apetito. Prefieren lo blando, a lo duro. Comen despacio. Y pueden tener predisposición hacia la bulimia.

Las ENFERMEDADES que suelen somatizar en su cuerpo son:

– Suelen sufrir de miopía aguda. Tienen dificultades para ver el futuro próximo, porque se llenan de angustia.

– Pueden padecer de dolores de espalda, a la altura de las lumbares.

– Les acechan los dolores de cabeza, ante tantos pensamientos, nada halagüeños.

– Pueden caer en depresión, debido a la tristeza extrema.

Y bajo ese disfraz de DEPENDIENTE, lo que oculta y lo que verdaderamente es, la persona que sufre la herida de ABANDONO:

– Sabe lo que desea. Es tenaz y perseverante.

– No vacila cuando tiene la determinación de conseguir algo.

– Tiene el don del comediante. Capta fácilmente la atención de los demás.

– Tiene un gozo natural, es jovial y refleja su alegría de vivir.

– Es capaz de ayudar a otros. Ya que es muy empático y comprensivo.

– A menudo, posee dotes artísticos.

Y como comentaba en la entrada anterior, es probable, que tu cuerpo manifieste una cosa y que tu mente, piense otra. Esto es debido a que puede que no sólo sufras de una sola herida, si no de varias. No te apresures a etiquetarte hasta que no descubras, cuáles son el resto de heridas.

El próximo día, hablaré de la herida de la HUMILLACIÓN. Que suele emplear el disfraz del CRUEL, desde donde se oculta.

No te lo pierdas.

Y aprovecha estos días, para repasar tu historia.

Con lo que ya sabes,

¿Qué comportamientos crees que te hacen ser una persona «huidiza» o «dependiente»?

Y no menos importante,

¿Qué crees que refleja tu cuerpo, si lo comparas con las características físicas del RECHAZO y del ABANDONO?

Porque cuanto antes te aceptes, antes podrás cambiar. No niegues lo que eres y quítate ya ese disfraz.

Tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!. Porque tú ya eres, sin necesitar de nadie que te complete. El amor más completo que puedas recibir, es el que tú te das a ti mismo. Si tienes que depender de alguien, que sea de ti. Apégate a ti para ser feliz.

Aporto vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=Ya-hoNXfasI&t=24s

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Tu niño interior te grita: ¡No huyas!.

Tu niño interior te grita: ¡No huyas!.

Voy a comenzar a compartir contigo, una serie de entradas que creo que te pueden ayudar muy mucho, en tu proceso de auto-conocimiento. En ellas exploraré una serie de heridas, que surgieron en tu infancia y que es muy posible, que aún hoy, algunas de ellas, sigan abiertas. Semanalmente colgaré una entrega y diseñaré un vídeo que compartiré en mi canal de Youtube, para acompañarte en tu proceso:

https://www.youtube.com/watch?v=9vVzEyqs1J4&t=14s

Espero que sean de tu agrado y que te ayuden tanto, como a mí lo hicieron. Mañana colgaré el primer vídeo, con relación a las heridas, en mi canal. Si te apetece, puedes subscribirte y así Youtube te irá avisando, conforme vaya subiendo más.

¡Así que empezamos!.

Imagina que tienes una herida abierta, que se ha vuelto invisible. Sólo tú la ves y la sientes. Tu entorno no es consciente de ella, aunque como se ha vuelto invisible, sí que pueden tocarla y hacerte daño, sin querer. Porque los demás no saben dónde está tu herida, sólo tú lo sabes. Cuando la tocan, sin ser esa su intención, tú les culpas por tu dolor. Sin embargo, lo que te duele, no es que toquen tu herida invisible, si no que te recuerden, que aún tienes una herida abierta y sin curar.

Esta herida o heridas, suelen venir de muy lejos, de tu más tierna infancia. Algunas de ellas, de tanto obviarlas, te ha podido parecer que ya han desaparecido. Sin embargo, siguen en ti, esperando a que te ocupes de ellas. Esperando a que las sanes, con tu medicina de adulto. Cuando eras niño, no disponías de todos los recursos que tienes hoy, por eso es hoy y ahora, el momento perfecto, para ponerte manos a la obra.

«No puedes reparar aquello, que no sabes que está roto.» Quizás tengas la sensación, que no tienes partes rotas, o lastimadas. Incluso, puede ser que no sea una sensación, si no tu verdad. Si fuera así, te felicito por ello. Aunque mi sensación, es que si estás leyendo esto, es porque algunas de tus partes, te han traído aquí, para que las sanes cuanto antes.

¿Cómo recuerdas tu infancia?

¿Qué recuerdas de ella?

Porque las heridas a las que me refiero, provienen de tu infancia. Es tu niño interior el que sigue herido. Él no sabe cómo sanar tus heridas. En cambio, tu parte adulta, es el médico o enfermero perfecto, para curar, lo que durante tanto tiempo, ha sido causante de tu dolor y de tu enfermedad.

Y como tu herida, o heridas, siguen abiertas. Has de saber, que durante todo este tiempo, has empleado todo tipo de vendajes y remiendos para ocultarlas. Y así la herida o las heridas, no respiran bien. Las has tapado con diferentes disfraces, que has tenido que elegir, para esconder tu dolor. Y esos disfraces, te han hecho interpretar diferentes papeles, privándote de ser tú. Cada vez que interpretabas un papel, más te comprometías con el disfraz, y menos con el que estaba debajo de ese disfraz, tú mismo. Te acostumbraste a interpretar. Incluso, muchas noches, te ibas a la cama con ese disfraz. No lo abandonadas ni para soñar.

Así que es posible, que antes de reconocerte con la herida, te identifiques primero, con el disfraz, o con el papel que has tenido que interpretar para tapar esa herida o heridas. Sea lo que sea con lo que te identifiques, no lo rechaces, acéptalo para aceptarte. Acéptalo para abandonar ese disfraz y dejar de interpretar algo que no eres.

Hoy voy a hablar de la primera herida, y del primer disfraz. Donde tu niño interior, te grita: ¡No huyas!.

La primera herida es la del RECHAZO. Y el primer disfraz, es el del «ESCAPISTA». Es la herida que antes se manifiesta, durante el primer año de vida.

Como en tu infancia te sentiste rechazado, huyes o escapas de las situaciones, para evitar, que se vuelva a producir otro rechazo. Otras veces, serás tú, quién inconscientemente, provocará nuevas situaciones, para volver a revivir ese rechazo y así poder huir o escapar de ellas. Y es que hasta que no sanes tu herida del rechazo, no vas a dejar de sentirte rechazado, y tener la necesidad de huir o escapar.

Lo primero que has de comprender, es que nadie te rechazó. Tú lo interpretaste así. Cada cual, actúa siempre de la mejor forma que sabe, y con los recursos, que tiene a mano en ese momento. Lo que pasó, no lo hicieron para hacerte daño o para rechazarte. Lo hicieron como supieron hacerlo, o simplemente revivieron, su propia historia. Porque tu progenitor o progenitora, tampoco ha sanado su herida. Y hasta que no lo haga, seguirá repitiendo como tú, las mismas cosas, e interpretando con los mismos disfraces.

Normalmente, este rechazo se da con el progenitor, del mismo sexo. Con el progenitor, o con el que haya sido tu progenitor, en ese momento. Si indagases un poquito en tu historia familiar, es muy posible, que a este progenitor, también le sucediese lo mismo que a ti. Esto es, que también sufriese de rechazo por su progenitor o progenitora del mismo sexo, es decir, por tu abuelo o tu abuela. Las historias se repiten una y otra vez, hasta que alguien se encarga de sanarlas. Y quizá esto, te ayude a comprender mejor, porqué tu mamá o papá, tu tutor o tutora, actuaron cómo lo hicieron.

Voy a enumerar algunas características de la PERSONALIDAD o del CARÁCTER de las personas que padecen la herida del Rechazo:

– Suelen tener bastantes dificultades para dejar salir a su niño interior. Lo rechazan. Se avergüenzan de él.

– Se sienten incomprendidos, «rechazados» y por evitar esto, se dan a la fuga, en cuanto sospechan, que podrían hacerles daño.

– No suelen percibirse como seres completos, por no sentirse aceptados. Siempre les falta algo, sin darse cuenta, de que es su propia aceptación.

– Suelen tener facilidad para disociarse del mundo que les rodea. Cuanto menos asociados se mantengan, menos les duele y menos sentirán ese rechazo.

– Tienden a aislarse. Les gusta la soledad. A solas, no pueden ser rechazados por los demás, mas que por ellos mismos.

– Les encantaría poder hacerse invisibles. Pues les encanta pasar desapercibidos y no llamar la atención.

– Poco habladores.

– De pocos amigos.

– Se creen con menos valor, de lo que son. No creen que merezcan ser escuchados. No suelen compartir sus opiniones, a no ser que se las demanden.

– Pasan del odio al amor, con bastante facilidad.

– Son extremadamente perfeccionistas. No se pasan ni una. Piensan que si son perfectos, no serán rechazados. Y huyen de la imperfección.

-Suelen ser bastante intelectuales. Nunca se cansan de aprender y cultivarse. El aprendizaje es su alimento más preciado.

-Se suelen desapegar de lo material. No encuentran en valor en los bienes materiales.

– El mayor temor del ESCAPISTA es el PÁNICO. Desde donde se bloquea y se escapa en cuanto puede.

Desconozco si te habrás sentido identificado con alguna de estas descripciones. Desde luego, tampoco tienes que reaccionar a todas ellas. Mientras tengas más de la mitad, puede ser suficiente.

Por eso tu niño interior te grita ¡No huyas!, para que te des permiso a ser tú mismo.

Y como la mente, o tu parte consciente puede engañarte, porque suele rechazar, lo que no quiere ver, y prefiere seguir disfrazándote. Tu cuerpo ni puede, ni sabe engañarte. Las características físicas de las personas que han sufrido rechazo son las siguientes:

– CUERPOS delgados, estrechos, fragmentados. En ocasiones pueden parecer infantiles. Hombros echados hacia delante y brazos pegados al cuerpo. Algunas partes del cuerpo, pueden parecer poco evolucionas, sin estar formadas del todo. Pueden encorvarse y contraerse. Los ojos suelen ser pequeños, ausentes y asustadizos, como si llevasen un antifaz.

También tiene sus propias preferencias en cuanto a su ALIMENTACIÓN.

Para huir, prefieren los alimentos azucarados. Toman pequeñas raciones. Y suelen perder el apetito a causa de sus fuertes emociones. Para disociar o escapar pueden consumir drogas o alcohol. Tienen predisposición a la anorexia.

Las ENFERMEDADES que suelen somatizar en su cuerpo, son los problemas cutáneos, dermatitis o alergias. No desean que les toquen y esta es su reacción.

– Pueden sufrir de vómitos y desmayos. El cuerpo rechaza, lo que no acepta. Y en el caso del desmayo, es el mejor método para huir, perder la consciencia.

– Las arritmias y las taquicardias también se les suelen manifestar. Ya que como antes mencioné, su mayor temor, es el pánico. Las arritmias y las taquicardias, les preparan para escapar.

Y bajo ese disfraz de ESCAPISTA, lo que oculta y lo que realmente es, la persona que sufre la herida del RECHAZO es:

– Un persona capaz de asumir y gestionar muchas responsabilidades, con una gran aptitud para trabajar duro.

– Son muy espabilados con grandes capacidades creativas, para inventar e imaginar.

– Particularmente son aptos para trabajar solos.

– Capaces de resolver situaciones de urgencia.

– Pueden vivir solos o en compañía, fácilmente adaptables a cualquier situación.

Por eso tu niño interior te grita: ¡No huyas!. Porque tienes mucho que compartir. Lo único que consigues huyendo o escapando, es privar al mundo de tus dones. Y tienes muchas cosas buenas que aportar. No permitas que gane tu herida. Sánala y empieza a vivir, de verdad.

Es posible que tu cuerpo muestre una cosa y que tu mente o tus heridas, sientan otra bien distinta. También es posible que no sólo portes una herida, si no más. No te apresures a etiquetarte, hasta que conozcas todas las heridas y todos los disfraces.

La próxima semana hablaré de la Herida del ABANDONO, cuyo disfraz es el del DEPENDIENTE o el del APEGADO.

No te lo puedes perder.

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¿Construyes muros o abres puertas?

¿Construyes muros o abres puertas?

La puerta antes de ser una puerta, fue muro. Que alguien derribó para construir una puerta.

El muro te hace sentir pequeño, la puerta, inmenso.
La puerta escribe, el muro borra.
El muro te oculta. La puerta destapa. 
La puerta te lleva a descubrir nuevos lugares, el muro te mantiene en el mismo lugar.

El muro te encierra, la puerta te expande.
La puerta alimenta, el muro te mata de hambre. 
El muro no te deja ver. La puerta, te abre los ojos.
La puerta se abre, el muro te cierra. 

El muro te incapacita. La puerta, te lo permite.
La puerta es el sueño del muro. El muro, la pesadilla de la puerta.
Mientras el muro sueña, la puerta crea. 
El muro te mantiene estático, la puerta propicia que te muevas.

La puerta te enseña lo nuevo. El muro te esconde en lo viejo.
El muro aunque esté cerca, te mantiene lejos. La puerta aunque esté lejos, te mantiene cerca.
La puerta es llegar, el muro, quedarse.
El muro se calla, la puerta te habla.

La puerta te conduce, el muro te para. 
El muro te axfisia. Con la puerta abierta, respiras.
El muro separa, la puerta une.
La puerta te acerca a la luz, el muro te la quita.

El muro es rígido y compacto. La puerta, libre.
El muro es apego. La puerta te salva.
El muro es miedo. La puerta, vida.
Cuando derribas el muro del miedo, la puerta de la vida se abre.

¿A qué esperas para traspasarla y vivir? 

¿Y tú, construyes muros o abres puertas? 

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Te tratan como tú te tratas.

Te tratan como tú te tratas. Actúan contigo como tú actúas contigo. Si tú te tratas bien, te tratarán bien. En cambio si te tratas mal, así te tratarán. Con tus actitudes, le enseñas a los demás cómo deben tratarte. Si operas desde la debilidad, los demás entenderán tu debilidad, como la mejor manera para relacionarse contigo. Aunque si operas de desde la fortaleza, se relacionarán con tu fortaleza.

Tus creencias determinan tus acciones y por ende, tus resultados. Si crees que eres débil o poco merecedor, es porque ya te has convencido de ello. Si colocas tus expectativas en tu incapacidad y en tu falta de merecimiento, no tendrás más remedio, que actuar en consonancia, es decir, como alguien débil, que no se lo merece. Todo lo que crees a cerca de ti mismo, te hace comportarte, en base a lo que crees. Por ejemplo, si crees que eres un tonto, actuarás como tal. Y los demás, también se lo creerán. Porque te tratan como tú te tratas. 

La fortaleza, no significa tener fuerza o hacerlo por la fuerza. Significa ser fuerte internamente, independientemente de tu fuerza física y de lo que suceda a tu alrededor. Si crees que eres fuerte, también creerás que eres valioso y eficiente. En cambio si crees que eres débil, te etiquetas automáticamente como víctima de la circunstancias, renunciando también a tu valía. Y es que no se puede ser fuerte y débil al mismo tiempo. La fortaleza anula la debilidad y tu debilidad, anula tu fortaleza. Una creencia anula a la otra. Por eso es tan importante la creencia con la que te identificas. 

La experiencia es siempre el mejor antídoto, para hacerte cambiar de opinión. Enfrentarte a tu creencia limitante con nuevas herramientas o recursos, es la única manera, de cambiar esa convicción destructiva, por otra más constructiva. Como nadie te enseñó a tener miedo, nadie podrá enseñarte a no tenerlo. Tú aprendiste la lección del miedo y te convenciste de ello. Así que tendrás que ser tú también, el que aprendas, a no tener miedo.

¿Cómo? 

Enfrentándote al miedo. Hasta que te demuestres y te vuelvas a convencer de que ya no lo tienes. 

«Me lo contaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí.» 
(Confucio) 

Hasta que no te enfrentes a la experiencia y aprendas de ella por ti mismo, no habrá cambiado nada. Ya que la experiencia y lo que crees a cerca de ella, seguirá intacta, porque tú no la has cambiado. Te corresponde a ti, hacer el cambio. Nadie puede hacerlo, mas que tú. Por eso, hasta que no adoptes nuevas creencias y las practiques, no cambiará tu experiencia.

«El coraje cambia el aspecto de todo.»
(Ralph Waldo Emerson) 

Y será en ese momento, en el que cambies tu experiencia, a través de tus nuevas creencias, cuando comienzas a tratarte, como mereces. Provocando así, que también los demás, te traten como tú te tratas.

«No es porque las cosas sean difíciles, que no nos atrevemos. Mas bien las hacemos difíciles, cuando no nos atrevemos.»
(Séneca)

No busques la excusa, encuentra la oportunidad y cambia tus creencias, a través de tus experiencias. Porque siempre te tratan como tú te tratas. 

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No malgastes tu tiempo con el arrepentimiento.

No malgastes tu tiempo con el arrepentimiento. Malgastar el tiempo, es perder el tiempo. Como malgastar una oportunidad, es perder esa oportunidad. Es decir que todas las oportunidades que aprovechas, independientemente de tus resultados, no las pierdes, las aprovechas. Que los resultados no sean los esperados, no quiere decir que hayas perdido el tiempo, quizás, tan solo, debas revisar tus expectativas.

«Las únicas oportunidades malgastadas son las que no aprovechas.»

¿De qué sueles arrepentirte, de lo que haces o dices, o de lo que no haces, ni dices?

A bote pronto, puede parecerte que tu arrepentimiento, puede surgir tanto de las situaciones, que realizas con poco acierto, como de lo que no haces. Sin embargo, te plantearé algo:

¿Cómo puedes aprender de tus errores, si no los hubieses cometido?

Las mejores lecciones de tu vida, provienen de tus fallos. Y es que si no te hubieses equivocado, no habrías aprendido nada. Tus errores, sólo te demuestran, cómo no debes volver a hacerlo. Hay demasiadas opciones, como para resolver a la primera. Tu propósito es acertar. Si lo haces demasiado pronto, perderás gran parte de la lección y eso sí que es una gran pérdida de tiempo. Ya que si no lo aprendes bien, corres el riesgo de volver a cometer los mismos y repetidos errores.

El miedo, las dudas, o incluso esa incómoda sensación de ridículo, son los peores abonos para tus deseos. Sin darte cuenta, plantas semillas que finalmente germinarán, con el arrepentimiento de no haberlo hecho. Y ese arrepentimiento se convertirá más tarde, en frustración, o tal vez, en lástima o pena contigo mismo. Elige siempre el abono que alimente tu esperanza, y no tu desesperación. No malgastes tu tiempo con el arrepentimiento.

Imagínate en el futuro y casi al final de tu vida.

¿Cómo te gustaría sentirte, arrepentido de no haberlo hecho, o satisfecho contigo mismo y tus decisiones?

«Uno de los arrepentimientos más grandes de la vida, es convertirte en lo que otros quieran que te conviertas, en vez de ser tú mismo.»
(Shannon L. Alerta)

No permitas que las expectativas de los demás, se entrometan en las tuyas. Estás aquí para Ser feliz, no para hacer feliz. La gente que realmente te quiere, será feliz, con tu propia dicha, con lo que decidas hacer, si ese es tu propósito. Los demás no saben lo que más te conviene, aunque así lo piensen. En cambio tú sí que lo sientes. Y sólo si tú lo sientes, los demás terminarán también por sentirlo.

«De todas las palabras de los hombres, de la pluma o de la lengua, las más tristes, son estas: ¡Podría haber sido!.»
(John Greenleaf Whittier)

¿Te da miedo asumir el riesgo?

¿Y no te da más miedo arrepentirte, por no haberte atrevido a asumirlo?

Cuando te arrepientes por no haberte atrevido a hacer algo, ya es demasiado tarde, como para hacerlo. Así que es mucho mejor hacerlo con miedo, que no hacerlo nunca. Avanza por la vida, como si el fracaso no existiera. Porque en realidad, como el miedo, es sólo un juicio de tu mente. Ambos no existen como malas experiencias, son simplemente experiencias de la vida. Ni buenas, ni malas.

Se aprende mucho más de un fracaso, que de un éxito temprano. La vida es un riesgo en si misma. Si sales a la calle, puedes morir. Porque pueden pasarte cosas malas, como que te atropelle un coche, o contagiarte con el «corona». Pero si no sales a la calle,

¿Eres consciente de todo lo demás, que te estás perdiendo?

No pongas tu atención en el riesgo o en la pérdida. Enfoca tu energía siempre, en todo lo que puedes ganar. Ya que si no te arriesgas, ya lo habrás perdido. Donde depositas tu atención, pones tu energía. Tu energía es tu poder y tu fuerza.

¿Qué sentido tiene, sentirte débil y sin poder?

Piensa que no puedes fracasar, si tú no quieres. Tan solo puedes producir resultados. Así que no los juzgues antes de que sucedan.

¿Qué haces con esos resultados?

Ahí es dónde se esconde tu genio, en lo que haces con las cosas y no en las cosas en si. Aprende de los resultados para hacerlo mejor, la próxima vez. Así la próxima vez, estarás mucho más cerca del éxito, de lo que estabas al principio. No malgastes tu tiempo con el arrepentimiento. En vez de arrepentirte, gana en experiencia y aprovecha todas las opciones que se te presenten. Porque el arrepentimiento cuando se presenta, ya es demasiado tarde, como para arrepentirte.

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