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La rama que te sostiene.

La rama que te sostiene es cómoda y segura. Desconoces qué hay más allá de ella, pero no te atreves a ir más allá. Piensas que quizá el resto de ramas, puedan estar en peores condiciones que la tuya. Así que te aferras con todas tus fuerzas a ella.

Esto no te permite volar, ni explorar el resto del entorno. Tampoco fomenta que explotes todo tu potencial, ya que desde tu rama conocida, ya has hecho todo lo que podías hacer. La rama que te sostiene es aburrida, pero segura, o eso crees tú. Porque en realidad no sabes lo que es la seguridad, más allá de tu propia rama.

El vasto cielo duerme en tus sueños. Imaginas lo que sería volar a través de él, pero no te decides a desplegar tus alas. Te sigues conteniendo. Sigues esperando una señal clara, que te de la seguridad que necesitas para volar. Sin reconocer que esa señal, no es otra, mas que quieres volar y que puedes hacerlo. Es tu intención la que encierra esa señal.

Te cuento una historia:

Un rey había comprado cinco de los mejores halcones de todo el país. El vendedor le había prometido que eran capaces de hacer increíbles piruetas en el aire, e incluso de llevar mensajes de una ciudad a otra.

Desde el primer día las aves comenzaron a dar muestras de su capacidad de vuelo: cada vez volaban más alto, más rápido y de una forma más precisa, haciendo caso en todo momento a sus entrenadores. Pero había un halcón que se negaba a volar, permanecía parado en la misma rama desde el primer día, no había forma de moverlo.

-¡No lo entiendo! -se lamentaba el rey- Le damos la misma comida que a los demás, le ofrecemos el mismo trato, los mismos cuidados… y en cambio se niega a volar, ya no sé qué hacer.

Transcurridas ya varias semanas desde la llegada de los halcones, el rey anunció que ofrecería una recompensa a quien consiguiera hacer volar al animal.

Prácticamente todos los habitantes del reino lo intentaron de una forma u otra: le animaron con las mejores canciones, le recitaron poesía, le ofrecieron los más exquisitos manjares… Pero todo era inútil, nada parecía funcionar.

Uno de esos días en los que el rey permanecía junto al halcón animándole para que volara, una anciana pasó por allí y, al ver la situación, negó con la cabeza.

-Majestad, ha llegado a mis oídos el problema que tenéis con este halcón, pero así nunca lograréis que el animal vuele.

El rey se mostró curioso ante aquella mujer.

-¿Y qué deberíamos hacer entonces?.

-Quizá no hayáis comprendido que lo que le sucede a ese halcón es lo que le ocurre a la mayoría de las personas… -contestó la anciana.

-¿A la mayoría de las personas? No entiendo lo que quiere decir -respondió confuso el rey-. Pero si tanto sabe usted, ¿dígame cómo conseguir que vuele?.

-Está bien, primero tengo que hacer unas compras en el mercado, pero a la vuelta ese halcón volará.

Y mientras la anciana se alejaba hacia el mercado, el rey se quedó pensando que quizás aquella mujer simplemente le estaba tomando el pelo.

Pero a las dos horas, cuando el rey estaba contemplando desde su torre el vuelo de las otras aves, observó incrédulo que el halcón que nunca se había movido estaba también en el aire.

Miró hacia abajo, hacia el árbol donde el animal había permanecido tanto tiempo y vio a la anciana sonriendo. Bajó corriendo las escaleras para encontrarse con ella.

-¡Lo ha conseguido, lo ha conseguido! -gritó- ¡Lo ha conseguido! Pero… dígame, ¿dígame cómo lo ha hecho?

-En realidad no ha sido difícil, simplemente le he cortado la rama que lo sostenía.

Cuento extraído del Libro «Cuentos para quedarse en casa, de Eloy Moreno».

La rama que te sostiene, no te sostiene. La sostienes tú. Te aferras a ella, porque crees que tu vida depende de ello. Cuando en realidad, tu vida comienza cuando sueltas esa rama. Todo lo que de verdad te importa y todo aquello con lo que sueñas, no tiene cabida en esa rama. Sólo cuando te decidas a soltar la rama, podrás alzar el vuelo.

«En el momento en que dejas de pensar en lo que puede pasar, empiezas a disfrutar de lo que está pasando.»

El halcón necesitó que alguien le cortara la rama, para darse cuenta de ello. Siendo consciente, entonces, de que no era la rama, la que le sostenía, si no que era él, quién se estaba aferrando a ella.

Sin embargo, no siempre los demás pueden encargarse de cortar nuestras ramas. Tienes que ser tú mismo, el que tome la decisión. Soltar la rama que te sostiene implica vivir, porque la vida no consiste en permanecer siempre en el mismo lugar, así es como te pierdes la vida, sujetando la misma rama.

 

¿Y tú, qué rama sigues sosteniendo?

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Los miedos no dan miedo.

Los miedos no dan miedo.

Mis miedos no dan miedo.
Tan sólo se quedan allí quietos
y me miran pasivos.
Son inofensivos.

La peligrosa soy yo
cuando los tengo.

Pero soy yo
cuando los tengo.

(Júlia Peró)

«Mis miedos no dan miedo». Esta frase no ha parado de resonar en mi interior, desde que la leí por última vez, en «Anatomía de un bañera», de Júlia Peró. Y la he estado reflexionando mucho, desde entonces. Porque si los miedos no dan miedo,

¿Qué es lo que nos da miedo, en realidad?

Cuando conseguimos aislar al miedo de nosotros, o estudiarlo por separado, ese miedo, pierde poder, incluso me atrevería a decir, que casi todo su valor, como miedo. Cobra otro significado, cuando lo apartamos de nosotros. Dicho de otra forma, somos nosotros quiénes nos volvemos peligrosos, cuando lo alimentamos o nos reconocemos con él. Sin embargo, el mismo miedo, a solas y sin nosotros como testigo, no da miedo.

Por ejemplo, imagina que uno de tus mayores temores, es el de hablar en público o frente a un auditorio.

¿Ese público o ese auditorio es el peligroso?

¿O lo vuelves peligroso tú, con lo que piensas en relación a lo que pueda pasar?

El público por sí mismo, no es lo que te da miedo. Te da miedo, lo que pueda pasar si no das la talla, o si tu mente, de repente, te abandona y te quedas en blanco. Es decir, no te da miedo, tu miedo. Eres tú quién tiene miedo, pero no de tus miedos, si no de ti. Porque temes no poder hacerte cargo, o no poder manejarlo. Por tanto, proyectas tu miedo en el hecho en sí, aunque no es al hecho al que temes, es a ti.

No temes a una situación en particular, temes al miedo, a ti con miedo. Porque esta emoción primaria te hace sentir muchas cosas. Primero las sensaciones en tu cuerpo, como pulsaciones aceleradas, sudores fríos, falta de aire, ansiedad. Todas estas sensaciones, desembocan más tarde, en pensamientos apresurados relacionados con tu supervivencia. ¡Te estás protegiendo!. Para finalmente, movilizar tu energía, hacia una acción concreta. Atacar al miedo, o huir de él.

Asimismo, también hay que decir, que muchas veces, podemos confundir al miedo, con otro tipo de emociones. La manera que tiene de expresarse tu cuerpo, te puede hacer creer que sientes miedo, cuando en realidad, lo que estás sintiendo es otra cosa. Me explico, cuando estamos emocionados por algo, las sensaciones de tu cuerpo, son muy similares a lo que se manifiesta, cuando sientes temor. Tu corazón también se acelera, cambiando tu respiración, sudas y te puedes incluso, sentir ansioso. Pero eso no quiere decir que sientas miedo, si no emoción por lo que está por venir.

Acercaos al abismo, les dijo.
Tenemos miedo, respondieron.
Acercaos al abismo, les dijo.
Se acercaron.
Él los empujó y salieron volando.

(Gustave Apollinaire)

Sin embargo, independientemente de si lo que estás sintiendo es miedo, o tan sólo emoción. Eso te pone frente a ti. Porque tú eres, también con miedo y sin él. Contactas contigo a través del miedo. Estás sintiendo, sintiéndote, estás viviendo, «vivíendote».

Por tanto, el miedo te hace sentirte vivo. Y es que el valiente, no es el que no siente miedo, si no el que saca su coraje para enfrentarlo, y lo hace con miedo. El no sentir miedo no es valentía, si no inconsciencia. La toma de consciencia, consiste en reconocer que aún con miedo, puedes hacer pequeño a tu miedo. Porque tu miedo también te tiene miedo, tu confianza le hace pequeño, le aterra, ya que cuando la vistes, se desviste tu miedo.

El miedo llamó a la puerta. La confianza abrió, y al otro lado, ya no había nadie.

Tus miedos no dan miedo.
Tan sólo se quedan allí quietos
y te miran pasivos.
Son inofensivos.

El peligroso eres tú
cuando los tienes.

Pero eres tú,
cuando los tienes.

Siente el miedo. Vuélvete peligroso para el miedo. Este enseguida se achica, cuando te vistes de confianza. Porque lo que más le asusta a tu miedo, eres tú, sin miedo.

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Las mesas malditas.

Imagina que pensases que las mesas son malditas. Porque cuando eras pequeño, alguien te contó algo terrible a cerca de ellas. Fue un suceso que aún hoy, lo sigues recordando. Y durante toda tu vida, lo has ido justificando, a través de nuevas experiencias. Quien te contó la historia de las mesas malditas, fue una persona muy importante para ti, al que creías por encima de todo. Era tal tu confianza en él o ella, que no podías permitirte no tener Fe en su palabra. Así que compraste su historia, sin tan si quiera cuestionarla. 

Te hizo creer entonces, que las mesas eran objetos malignos que traían mala suerte. Asimismo, te advirtió que si hacías uso de ellas, te podías tú también contagiar de su maldad. Así que adaptaste toda tu vida, para no tener que hacer contacto con las temidas mesas malditas. Además, te diste cuenta, que el mundo estaba loco, porque estaba lleno de mesas por todas partes. Te encontrabas seguro y a salvo, en muy pocos sitios, ya que casi todos los lugares, tenían mesas malditas que te arrebataban la tranquilidad y atraían tu mala suerte.

Debido a esta creencia, tu vida no fue nada fácil. En tu niñez, tus padres tuvieron que deshacerse de todas las mesas de la casa, con todo lo que esto implicaba. Tampoco querías ir al colegio, ya que este estaba rodeado de mesas y pupitres. Así que cada día, luchabas con todas tus fuerzas, contra tus padres, para no tener que acudir al colegio. Algunos días, te salías con la tuya y conseguías convencerles de que te dejaran en casa. Pero no siempre era así, y cada vez que tenías que enfrentarte al cole y a las mesas malditas, no podías soportarlo. 

Si no conseguías convencer a tus padres, y finalmente tenías que ir al colegio en contra de tu voluntad, acababas todas las horas lectivas en el patio, al aire libre. Ya que era el único sitio en el que no había mesas o pupitres. Tu tutor y profesores ya estaban cansados de esta actitud tan atípica, y no tuvieron más remedio, que comunicárselo a tus padres,. Lo que causó que te cayera una gran reprimenda en casa. Te cambiaron tantas veces de colegio, que un buen día, se quedaron sin opciones, y tuvieron que optar por la educación a domicilio. 

Cuando tus padres y tus hermanos tenían alguna onomástica que celebrar, ya sabían que no podían contar contigo, si la celebración era fuera de casa. Puesto que era tal tu fobia a las mesas malditas, que preferías quedarte refugiado en tu habitación, por lo que pudiera pasar.

Conforme te hacías mayor, esa creencia se hizo cada vez más fuerte. Y con tan sólo ver una mesa en el televisor, en alguna revista, o a través de internet, provocaba que tu día se llenase de mala suerte.

Todos tus estudios, después del colegio, los llevaste a cabo, de manera telemática. Tus relaciones eran bastante limitadas, debido a que interactuabas con muy poca gente. Porque la gente seguía  adorando a las mesas, y tú las seguías viendo tremendamente malignas. Según tú, las mesas malditas eran las culpables de casi todos los males en el mundo, sólo que la gente, aún no se había dado cuenta de ello. Además que éstas, también tenían el poder de engañar y sugestionar a todo aquél que entrara en contacto con ellas, así que mejor, no acercarse a nadie que tuviera alguna relación con las mesas malditas.

También te costó bastante encontrar trabajo, ya que muchos de los empleos para los que te habías preparado, requerían que te sentases frente a una mesa, para desempeñar tu labor. Cosa a la que no estabas, en absoluto, dispuesto.

En realidad, tu vida se tornó muy complicada, debido a esta creencia inconsciente. La gente no solía comprender el porqué, de tu terca fobia a las mesas, y esto provocó que en más de una ocasión te tacharan de loco. Pero tú seguías creyendo firmemente en el poder maligno de las mesas malditas y los señalabas a ellos, como locos e inconscientes. 

¿Te parece loca e inconsciente esta creencia, o son los que no se la creen, los locos e inconscientes?

¿Quién hace loco a quién, la creencia al loco, o el loco a la creencia?

Quizás creas que a ti, nadie te podría convencer de que las mesas son malditas, y que jamás podrías adoptar una creencia tan absurda como esta, capaz de limitar tanto tu vida. Pero muchas veces, las creencias que adoptamos como verdades universales, no son tan evidentes, como para percatarnos de que están obstaculizando nuestra vida. Ya que existen creencias que ni si quiera sabemos que conviven entre nosotros, porque un buen día decidimos comprarlas, sin darnos cuenta.

Cómo aprendiste a caminar, a hablar, a leer, o a dibujar, de la misma manera, también aprendiste todas esas creencias que gobiernan tu vida. Y lo que estás viviendo hoy, es el resultado de muchos años de práctica y repetición. Lo has repetido tanto, que lo has convertido en automático. Todo lo bueno y lo menos bueno. Lo que te facilita la vida y lo que te limita dentro de ella.

Y es que la mayor parte de las veces, hay que desafiar a eso que llevamos creyendo desde siempre, para preguntarnos si es esa la auténtica realidad, o sólo una creencia más y muy limitante.

El protagonista de la historia, no se cuestionó en ningún momento su creencia de las mesas malditas, a pesar de que nadie de su entorno lo entendiera. Era su verdad y su realidad, y en base a ella, se comportaba. Sin darse cuenta, que sacrificó su libertad personal, para vivir según el punto de vista de otro. Se traicionó a si mismo, y se limitó durante toda su vida, por creerse algo que alguien le contó y que en su momento le convenció.

¿En qué te sacrificas tú?

¿En qué te has traicionado? 

Es cierto, que quizás esta creencia, pueda parecer tremendamente exagerada y poco creíble, para muchos. Pero cuando tenemos la necesidad de creer en algo, porque no creemos lo suficiente en nosotros mismo, somos capaces de comprar lo que sea.

Durante nuestra niñez, somos muy vulnerables a este hecho. Aprendemos del mundo, creyéndonos las historias que nos cuentan los adultos. Ya que estos son los que conocen el mundo. Sin embargo, cualquier día puede ser un buen día, para revisar viejas creencias y mejorarlas. Y fíjate que digo revisar y mejorar, y no eliminar y cambiar. Ya que si hiciste tuya, alguna creencia limitante, es porque te aportaba algo o te beneficiaba en algo. Por esa razón, no es necesario destruirla del todo. Lo que sí sería bueno, es quedarte con lo que te guste de ella, para desechar lo que no.

Cuestiónate todo aquello que no te deja ser tú. Todo aquello que te limita y te bloquea hoy. Aprende a dudar, para reaprender lo que te queda por asimilar. ¡DUDA!, replantéate lo que siempre has creído, para que aprendas a creer, quién puedes llegar a ser. 

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Qué harías si fueses.

¿Qué harías si fueses alguien que no eres?
¿Qué harías si fueses alguien?
¿Qué harías si fueses?
¿Qué harías?

Aunque a bote pronto, está lista de cuestiones, puedan parecer diferentes preguntas, son en realidad, la misma pregunta. O dicho de otra forma, puedes contestarlas, con una única respuesta. Sin embargo, vamos por partes. Empieza contestando a la primera. Sin pensarla demasiado, atiende a lo primero que haya pasado por tu cabeza.

¿Qué ha sido?

Debo matizar, que para tu inconsciente no existe el NO, la negación es sólo una invención de tu mente, para rechazar lo opuesto a lo que cree, o a lo que no acepta. Es decir, que aunque te haya preguntado que qué harías, si fueses alguien que no eres, lo que tu inconsciente interpretó, fue que qué harías, si fueses alguien que eres. No puedes no ser, como no puedes no vivir, si estás vivo. Tampoco no puedes no pensar, y más cuando te fuerzas a no hacerlo. Esto es, que sólo puedes ser, aunque algunas veces, te resistas a ello.

Te dejo aquí una entrada en la que explico, por qué tú inconsciente no registra el NO:

La manzana azul, tu atención.

Por tanto, sería interesante que no olvidases eso que contestaste, tras la primera pregunta. Ya que lo que hiciste fue decir, lo que te gustaría hacer, pero que no haces. Y no lo haces, porque te identificas sólo con una parte de tu ser. La manera que tenemos de auto-percibimos, implica aceptar lo que creemos que somos y desestimar lo que no. Sin embargo, lo que crees que no eres, algunas veces, dice mucho más de ti, que con lo que sólo te identificas.

Cambio la pregunta:

¿Qué harías si fueses un gato, o un perro, o alguien que ha perdido los brazos y las piernas?

En mi caso, si fuese un gato, intentaría ir de regazo en regazo, para intentar calmar, a través de mi ronroneo, todas las insatisfacciones de mis compañeros los humanos. También le dedicaría gran parte de mi día al juego y a la aventura. Exploraría nuevos territorios para expandir mi mente felina. Caminaría sobre tejados para sentirme más cerca del cielo. Escalaría los árboles más altos y cotillearía a mis vecinos, a través de sus ventanas. Me tendería al sol, mientras me acicalo y descansaría lo justo, preferiblemente acompañado.

Si fuese un perro, amaría a mi amo y compañero, por encima de todas las cosas. Jugaría con él, y lo acompañaría en sus peores momentos. También le protegería de todo lo que no le conviene. Ladraría para despistar sus pensamientos. Le llenaría de lengüetazos para calmar sus preocupaciones. Mordisquearía los bajos de sus pantalones para sacarle de cualquier embrollo indeseado. Saldría a pasear siempre que pudiese y haría alianza con los otros canes de mi barrio. Dormiría a ratos y sacrificaría mi propia felicidad, por la de mi amo.

Si pierdo mis brazos y mis piernas, aprendería a abrazar con la mirada y correría maratones con la mente. Estaría mucho más cerca de la gente que quiero. Daría charlas por todo el mundo, de cómo se puede vivir feliz, aún sin extremidades. Aprendería a pintar con la boca. Estudiaría dos o tres carreras. Entablaría conversación con todos, para colmarles con halagos. Me haría monologuista para regalar sonrisas. Adoptaría a un gato para poder imaginarme todo lo que haría si fuese como él. Y acogería a un perro, para que me sacase a pasear y me llenase de lengüetazos.

Estos son sólo algunos ejemplos de lo que puedes hacer, incluso sin ser tú. Sin embargo, aunque no te lo parezca, todo lo que harías, sin ser tú, también habla de ti. Porque lo piensas e imaginas tú. Y todo eso que te gustaría hacer, aún siendo otro animal u otra persona, es más tú, que el propio ser que tú crees que eres. En la imaginación siempre seremos libres. Ya que no hay límites para imaginar, porque puedes imaginar lo que quieras y lo que más te apetezca. Los límites siempre los crea tu mente.

Así que ahora me gustaría que contestases una última pregunta:

¿Qué harías si fueses un chiflado?(Un chiflado que respeta las reglas)

Coge lápiz y papel y anota cada cosa, que pase por tu cabeza, por muy chiflada que te parezca. Ya que cada una de esas cosas, es importante para ti. Es todo eso que no te permites hacer, por temor a que te tachen de chiflado. Cosas que reprimes por miedo a lo que te puedan decir, a lo que puedan pensar, o incluso, por miedo a hacerlas, y descubrir que te gustan más, de lo que haces habitualmente.

Y porque las escribas en un papel, tampoco quiere decir, que tengas que llevarlas a cabo. Ya que tú decides en todo momento, lo que quieres hacer con tu vida y, por ende, como vivirla. Esto tan sólo, es una práctica que te puede a ayudar a entender, que quizás mucho de lo que haces no te hace feliz, y que lo que realmente te hace feliz, no lo haces, por no convertirte en un chiflado.

Según la RAE, chiflado es aquel, que tiene algo perturbada la razón. Otra acepción que contempla, es aquella persona que siente atracción exagerada por alguien o por algo.

Y es que hay veces, que nos volvemos auténticos chiflados, cuando por no perturbar nuestra razón, hacemos lo que no nos sale del corazón. O que por aparentar cuerdos y correctos, se nos olvida ser felices. Incluso, hay momentos, en los que rechazamos lo que verdaderamente nos atrae «sanamente», por miedo a ser rechazos por los demás.

«Tú eres loco, chiflado…
Pero déjame decirte un secreto:
Algunas de las mejores personas, lo son»
(Alicia en el País de las Maravillas)

¿Y tú, qué harías si fueses alguien que no eres?

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La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta.

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta. Y yo me siento tremendamente honesta, cuando me reconozco en mi vulnerabilidad.

La palabra Vulnerable, proviene del latín, «vulnerabilis». Una palabra formada por «vulnus», que significa herida y el prefijo «abilis», que significa posibilidad. Es decir, que el adjetivo vulnerable, expresa la posibilidad de ser herido.

Expresa la posibilidad, la opción, la oportunidad. Pero es tan sólo eso, una probabilidad, y entre todas las posibilidades de sentirse herido, también existen todas las opciones, de hacer algo con ello.

¿Y qué, si soy vulnerable?

¿No habla eso también de mi?

Mi fortaleza también reside en poder mostrar esa fragilidad. Y no en esconderla por miedo a que me hieran.

Mi valentía despierta, cuando acepto mi debilidad. Cuando me rindo al ser, sabiendo que desde ahí, nada ni nadie puede hacerme daño.

Mis heridas comienzan a sanar, cuando asumo que a pesar de mi exoesqueleto, por dentro soy blandita y tierna.

Cuando me atreví a contar, una por una mis cicatrices, permitiéndome hablar de ellas, desplegué mi coraje y este me elevó hacia otro nivel.

¿Y qué más da si me siento vulnerable?

Si exhibo mis partes rotas y las comparto con el mundo.

Mis pedazos son también parte de este mundo. Trocitos de mi, que completan otros mundos.

Desnudo mi ego. Sus ropas, no me protegen, sólo me cubren. Y debajo de todos sus disfraces, me encuentro Yo.

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta, y yo me siento tremendamente honesta, cuando me reconozco en mi vulnerabilidad.

¿Y qué hay de malo entonces, en sentirse vulnerable?

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta, y es que mostrarse vulnerable, no tiene nada de malo, si no más bien, todo lo contrario. Es muy de humanos honestos, sentirse así. Y esconder las partes blandas, o protegerlas, no hará que desaparezca esa sensación. Toda sanación comienza en el momento en el que tomamos cartas en el asunto. Cuando nos hacemos responsables de lo que nos pasa.

Por tanto, cuando nos permitimos ser vulnerables y nos entregamos a la experiencia, aprendemos que esa vulnerabilidad también habla de nosotros y de nuestro carácter. Un carácter que se ha ido formando en base a nuestras experiencias de vida. Somos lo que somos, gracias a esas circunstancias.

Es normal querer vivir tranquilo y sin incidencias. Aunque ya sabemos que la vida, está llena de incidencias. Cuando una herida se abre, duele, sin embargo si no se abriera y no nos doliera, de vez en cuando, no aprenderíamos nada de nosotros mismos. Estamos aquí para aprender de la vida y trascender. Esas heridas que a veces nos lastiman tanto, expresan mucho más de nosotros que aquello que nos hace feliz. Y es que la auténtica felicidad, se alcanza aceptando también lo que nos lastima. Ya que si no lo reconocíesemos, no podríamos reparar las partes rotas. Reparar, pegar, cuidar, enlazar, unir, remendar. Son estos procesos los que de verdad nos enseñan.

Cuando se nos cae un jarrón al piso y se hace añicos, podemos hacer tres cosas. La primera de ellas, sería recoger esos pedazos, para volver a juntarlos. La segunda opción, sería barrerlos y atraparlos con el recogedor, para tirarlos a la basura. Y la tercera posibilidad sería, no recoger los pedazos y dejarlos en el suelo. Esto supone un riesgo, ya que si los dejamos en el suelo nos podremos cortar y hacer daño de nuevo.

Si tiramos a la basura, los pedazos, desaparecerá nuestro jarrón. Y puede que ese jarrón, tenga un significado especial para nosotros. En cambio si recogemos los pedazos y los pegamos de nuevo, ese jarrón, no volverá a ser el mismo. Aunque seguirá siendo nuestro jarrón. Seguirá luciendo hermoso, pese a sus cicatrices. Quizás, hasta más hermoso, y seguro que a raíz de ese percance, lo cuidemos más, o lo coloquemos en otro sitio, para protegerlo mejor. Si dejamos sus partes rotas esparcidas por ahí, puede que nos lastimemos sin darnos cuenta. Además que algunas de esas piezas se podrían perder, o esconder bajo el sofá.

¿Si tú fueras un jarrón y te rompieses, que te gustaría que hicieran contigo?

¿Esparcir tus partes rotas, pegarlas, o tirarlas a la basura?

¿Qué es lo que haces tú cuándo te rompes?

¿Recoger y pegar, barrer y tirar, o esparcir y dejar?

Porque todos podemos ser tan vulnerables como un jarrón. Caer y romperse, no es lo peor que nos puede pasar. Es lo que hacemos después de la caída, lo que habla de nosotros. Puede que esa caída nos duela y nos divida en partes, pero esas partes tienen mucho que contarte. Si te permites escucharlas, seguro que descubres cosas, que ni siquiera imaginabas que estuvieran ahí. Y esto es vivir la experiencia. No tires a la basura tus experiencias, no desaparezcas a la primera caída, aprende a caer y a cuidarte mejor. Se honesto contigo y con los demás. Aprende de ti y de tu vulnerabilidad.

La vulnerabilidad no sabe ser deshonesta. Y yo me siento tremendamente honesta cuando me reconozco en mi vulnerabilidad

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Haz que tu vida valga la pena.

Haz que tu vida valga la pena y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida. Tus miedos no te cuidan de la muerte, aunque sí que evitan que vivas plenamente. Y es que puede que creas, que si te cuidas de morir, vivirás mejor, o por más tiempo, pero cuanto más te sigas cuidando de la muerte, más te privarás de la vida. Mientras te enfocas en tu miedo, en tus penas, en tus preocupaciones o en tus carencias, no puedes atender a tu necesidad de vivir. Sólo puedes atender a una sola cosa al mismo tiempo. Así que, 

¿Eliges muerte, o eliges Vida?

Asimismo, el miedo a la muerte es algo biológico, adaptativo, necesario para preservar la vida. Es un miedo real, como también lo es, el miedo a las alturas, o a la picadura de ciertos animales venenosos. En cambio existen infinidad de miedos más, que no hablan en absoluto de adaptación y que no han sido creados, precisamente para cuidarte de la muerte, si no más bien, para robarte la vida.

Son aquellos miedos aprendidos, que te condicionan y te limitan, impidiéndote vivir plenamente en vida. El miedo a hablar en público, por ejemplo, el miedo al éxito, el miedo a lo social, miedo al amor, al sufrimiento, miedo a la soledad, miedo a lo desconocido, al compromiso, al fracaso…y es que en realidad, se le puede tener miedo a cualquier cosa, aunque no sea sano, que cualquier cosa, te de miedo. 

Imagina que al revisar las notificaciones de tu correo electrónico, encuentras un mensaje, escrito desde una dirección desconocida. La dirección en cuestión, no admite respuesta, ya que ha sido creada, sólo para enviar mensajes y no para recibirlos. La información que te proporciona, te hace levantarte inmediatamente, de dónde quiera que estuvieses sentado. El contenido del mensaje, lo compone un archivo adjunto, acompañado de una pregunta, nada convencional:

«¿Te gustaría saber la fecha de tu muerte?. ¡Pincha aquí!»

¿Qué harías?

¿Eliminarías automáticamente el mensaje, identificándolo como un spam malicioso, o por el contrario, pincharías en el vínculo?

Hagas lo que hagas, 

¿Comentarías lo acontecido con alguien, o intentarías borrar ese mensaje, también de tu memoria?

Desconozco si tu curiosidad, te llevaría a pinchar en el vínculo. Si así lo hicieras, se descargaría de inmediato, una aplicación con un cronómetro, indicándote la cuenta atrás, hasta tu final, aquí en la tierra. 

¿Cambiarían las cosas para ti, si te desvelaran la fecha de tu muerte?

¿Qué harías diferente?

Imagina, ahora, que tu escepticismo, te lleva a borrar ese mensaje. Sin embargo, recibes una llamada de alguien muy importante para ti. Esa persona, te comenta que no pudo contenerse y que por lo tanto, ella sí que pincho en el vínculo. Así es que, ahora sabe, cuándo será su final. La fecha de su muerte, es mucho más cercana de lo que te gustaría. Y es que a penas le quedan, unos pocos días de vida.

¿Cambiarías tu actitud y comportamiento con esa persona?

¿Qué harías diferente?

¡Haz que tu vida valga la pena!.

Y es que a pesar de que todo esto, sea una distopía, extraído de una película de ficción. No puedo dejar de pensar, qué sucedería, si con la fecha de nuestro nacimiento, también nos proporcionasen, la fecha exacta de nuestra muerte. 

¿Cambiaríamos, entonces, la forma de vivir?

¿Y la de morir?

En realidad, aunque no dispongamos con exactitud, de la fecha de nuestra muerte, y la podamos marcar en nuestro calendario personal. No podemos olvidar, que sí que existe. Esté cercana o lejana, esto se nos acabará. Dejando atrás y para los demás, el legado que hayamos querido construir con nuestros pasos. Si esta idea, se hiciera realidad y todos pudiésemos conocer la fecha de nuestro final. Probablemente, las vidas más longevas, no se esforzaran mucho en cambiar su manera de vivir el presente. Sin embargo, las más cercanas a su «fecha de caducidad», tal vez, sí que vivirían con mucho más esmero, o de diferente manera, lo que hoy sólo observan, como el transcurrir de sus días, de sus Vidas. 

Haz que tu vida valga la pena, y no que tus penas, ni tus miedos, «te valgan». Porque así, es como se te escapa la vida.

Para ello, tienes que permitirte tener miedo, pero no darle la importancia que le das, ni cederle el protagonismo de tu vida. Si dejas que tu miedo te condicione o te limite, dejas que sea él, el que viva tu vida y no tú.

¿Porque cuántas veces por miedo, has dejado de hacer algo que deseabas hacer, permitiendo que tu miedo decidiera por ti?

¿Cómo de diferente sería tu vida ni no le dieras relevancia a tu miedo?

¿Quién te permites ser, cuando no sientes miedo?

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Renuncia a tus renuncias si no quieres fracasar.

Renuncia a tus renuncias, si no quieres fracasar. Porque tus renuncias lo único que te aseguran es el no fallar. Sin embargo, si no haces nada, para no equivocarte,

¿Qué consigues?

¿No cometer errores?

El error está en no hacer nada, para no cometer errores. Ya que si no haces nada, no te equivocarás, pero tampoco te permitirá acertar. Si no arriesgas, no pierdes, pero tampoco ganas. Te mantienes igual, dentro de tu confort, sin tener que renunciar a nada.

¿Y qué es lo que quieres?

¿Mantenerte igual o cambiar para mejorar?

Cuando tienes que decidirte entre más de una opción, debes elegir entre el riesgo o la renuncia. El riesgo implica no esperar nada, para recibir lo inesperado. Y la renuncia, descartar aquello que no te convence. También tienes la opción de no elegir nada, para no fallar o equivocarte. Es decir renunciar a todo y mantenerte igual. Ese es el auténtico fracaso, renunciar, por miedo a fallar. Si no haces nada, no pierdes nada, aunque tampoco puedes ganar nada, ya que el que no arriesga, no gana. Además que si decides renunciar y echarte para atrás, tampoco podrás demostrarte de lo que eres capaz.

¿Qué prefieres sumar en tu vida?

¿Renuncias o fracasos?

El fracaso en realidad, no es más que una interpretación, basada en tus expectativas, que le atribuyes a un acontecimiento en concreto. Y aunque no sea fácil reconocerlo, se aprende mucho más de los fracasos, que de lo que conseguimos a la primera. Cuando consigues algo sin apenas esfuerzo, no te lo vuelves a plantear. No sabes cómo pasó, pero pasó. En cambio cuando logras alcanzar algo, a través de tu esfuerzo, y no al primer intento, aprendes tanto de tus aciertos, como de tus errores. En realidad, la corrección de tus errores, es lo que te hace acertar. Así que renuncia a tus renuncias, si no quieres fracasar.

Asimismo, el miedo al fracaso, está estrechamente relacionado con tus expectativas o con lo que esperas de la situación, aunque también, con lo que pueda suceder después.

¿Y si no le temes al fracaso, aunque sí al éxito?

¿Temes acertar, más que fallar?

El acertar y el conseguir eso quieres, puede implicar un cambio en tu vida, que quizá, no estés dispuesto a asumir o simplemente, desconoces, si estarás preparado para aceptar. Eso también puede darte mucho miedo. Abandonar lo viejo conocido, para enfrentarte a lo nuevo desconocido. Y es que despedirse del confort de la costumbre, no siempre es fácil.

«Angustiado, el discípulo acudió al maestro, y le preguntó:

– ¿Cómo puedo liberarme?

A lo que el maestro le contestó:

– ¿Y quién te ata?».

(Proverbio hindú)

A lo que te atas, te esclavizas. Y si te mantienes atado a tu costumbre, o a tu zona de confort, se te escaparán el resto de zonas inexploradas. No siempre lo malo conocido, es mejor que lo bueno por que conocer. Permítete explorar lo nuevo, para por lo menos decidir, con conocimiento de causa. No te ates a tu rutina, no renuncies por miedo. Para ganar al miedo, tienes que perder el miedo. Porque si el miedo gana, tú pierdes.

Renuncia a tus renuncias, si no quieres fracasar. No hay mayor fracaso que no hacer algo, por miedo a fallar. El acierto no se consigue no haciendo nada. Y siempre hay algo que puedes hacer para no fallar. Demuéstrate de lo que eres capaz, pero no renuncies antes de tiempo, te sorprenderás.

Lo intentaste y fracasaste. No importa, vuelve a intentarlo. Fracasa de nuevo, fracasa mejor.
(Samuel Beckett)

Fracasa hasta que aciertes.

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Tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz!.

Tu niño Interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Ya eres un Ser completo, tal cuál eres. Y es que cuando buscas la perfección, es cuando la pierdes, y te pierdes.

«La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, si no cuando no hay nada más que quitar.»
(Antoine de Saint-Exupéry)

Si prescindes de algo de ti, dejas de ser tú. Todas tus partes te hacen ser quién eres. Ese ser único y completo capaz de todo, si se lo propone.

En la entrada anterior, exploré la herida de la TRAICIÓN, junto con el disfraz que la oculta, el del CONTROLADOR.

Tu niño interior te dice: ¡No controles!.

Desconozco si ya has conseguido reconocerte con alguna de las heridas o con los disfraces que las esconden. Como no me cansaré de repetir, es muy probable que no sólo hayas sufrido de una única herida, puede que sean varios los cortes y las rozaduras que han podido lastimarte durante tu infancia. Sin embargo, siempre hay una herida que es más profunda que las demás. Y esa es la herida que se somatiza en tu cuerpo. Quizás, sea la herida que más le cueste aceptar a tu mente. Pero como también he repetido en diversas ocasiones, el cuerpo, ni puede, si sabe mentir, por eso es interesante que lo primero que analices, es con qué características físicas te identificas, para sanar primero, la herida que más te limita.

Las heridas que antes se manifiestan son las tres primeras. La herida del RECHAZO, la del ABANDONADO y la de la HUMILLACIÓN. Son las primeras en surgir y en realidad, las dos restantes, la herida de la TRAICIÓN y la de INJUSTICIA, que analizaremos hoy, también derivan de ellas.

Puede darse el caso, que tu herida de ABANDONO, te haya llevado a sentirte traicionado. Como que tu herida de RECHAZO, te haya hecho pensar que tu vida y las cosas que te pasan, han sido tremendamente injustas. Lo que quiero decir con esto, es que si sientes la TRAICIÓN o la INJUSTICIA, como tus heridas más profundas, vas a tener que profundizar aún más en ellas, porque es muy probable, que oculten restos de otras heridas.

Y ahora sí, vamos a explorar la última de las heridas: la herida de la INJUSTICIA y su disfraz, el del RÍGIDO.

Esta herida, se refiere a la ruptura con tu propia identidad. Durante tu infancia, algo te forzó a dejar ser tú, porque las circunstancias, así lo requerían. Tenías la necesidad de ser la estrella y de ser perfecto, pero lo que te sucedió y cómo lo gestionaste, hizo imposible, sentirte así. Si sufres de esta herida, a pesar de todos tus esfuerzos, por agradar al resto, no te sientes apreciado, valorado y respetado. Por tanto, también tienes ciertas dificultades con lo crees merecer, o con tu merecimiento. Puede que sientas que no recibes lo que mereces, o por el contrario, que recibes más de lo que mereces. Te encuentras en una permanente ambivalencia, entre lo que es justo y lo que no lo es.

Es una herida que se manifiesta entre los cuatro y los seis años de edad. En ese momento, estás perfilando lo que será tu personalidad. Lo que deberías ser, y lo que no. Y es que, «entre lo que aparentas ser y lo que quieres ser, estás tú.» Sin embargo tu lucha con tu propia perfección, es lo que te impidió ser del todo tú, para poder ser «justo». No te sientes valorado o lo suficientemente apreciado, porque eres tú, quién no te aceptas del todo. Niegas partes de ti, escondes otras y así lo único que consigues, es no ser quién eres. Por eso tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Porque para ser feliz, tienes que permitirte ser tú. Despojarte de los disfraces que te esconden. La perfección no te dará la felicidad. Ya que tu felicidad, se encuentra oculta bajo tu propia imperfección.

Es una herida que se da, con el progenitor del mismo sexo. Sientes su frialdad, antes que su afecto. Y no es que este progenitor haya sido frío contigo o poco afectuoso. Porque como siempre explico, esa fue tu interpretación de lo sucedido. Tu papá, tu mamá, o tu tutor o tutora, te dio el afecto que supo dar. Lo que te expresó, fue su manera de demostrarte cuánto te quería. No supo hacerlo mejor. Y es que si revisas tu historia familiar, es muy probable que él o ella, también sufriera lo mismo que tú. Los recursos de los que disponemos en la niñez, son limitados, vamos adquiriendo nuevos recursos, conforme nos vamos enfrentando a nuevas experiencias. Tu progenitor, también fue un niño como tú y si no sanó sus propias heridas, cometerá los mismos «errores» que cometieron con él.

Las características de la PERSONALIDAD y del CARÁCTER de las personas que sufren de la herida de la INJUSTICIA, son las siguientes:

– Les cuesta mucho mostrar su afecto.

– Tampoco les gusta expresar lo que sienten. Ni si quiera sus opiniones.

– Son fríos y a la vez, explosivos, de mecha corta. Saltan con facilidad, desde la frialdad.

– Rara vez se enferman. Son duros con su cuerpo.

– Les encanta el orden.

– Se controlan, dejando de ser ellos mismos. Prefieren ser «justos» y «perfectos» que mostrar su propia personalidad. Lo que les hace ser injustos e imperfectos consigo mismos.

– No respetan sus propios límites y se exigen demasiado.

– Dificultad para sentir placer, sin sentirse culpables.

– Consideran injusto recibir menos de lo que merecen y más injusto aún, recibir más de lo que creen merecer.

– No les es fácil recibir algo que no se esperan, como un regalo, un ascenso, un halago…

– Se comparan con el mejor de todos y con el peor.

– Dudan mucho entre lo que deben y quieren hacer.

– No suelen admitir tener problemas.

– Son hipersensibles.

– Suelen reír para ocultar su sensibilidad.

– Se justifican, incluso cuando nadie les pide explicaciones.

– Vivaces y dinámicos.

– Tan optimistas, que se vuelve sospechoso.

– Lo que hacen, lo hacen para destacar y ser perfectos.

– Cruzan bastante los brazos.

– Se desvinculan de sus sentimientos.

– Extremadamente perfeccionistas.

– Su mayor TEMOR, la FRIALDAD, sentirla, como manifestarla.

¿Se corresponden estas características con alguno de tus comportamientos?

¿Te identificas de alguna manera, con la herida o con el disfraz expuesto?

Recuerda que tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz y no Perfecto!. Desnúdate ante ti.

El CUERPO también te puede dar algunas pistas, a cerca de si sufres por la herida de la INJUSTICIA, o no.

El cuerpo es erguido y rígido. Lo más perfecto posible. Bien proporcionado. Glúteos redondos. Talle corto y piernas largas. Movimientos rígidos. Piel clara. Mandíbula firme. Cuello esbelto y tieso. Camina erguido y con orgullo. Los ojos son brillantes de mirada intensa, muy vivos.

En su ALIMENTACIÓN opta por los alimentos salados y crujientes. Se cuida para no engordar. Quizá sea, el que más voluntad tenga para hacerlo. Se justifica cuando pierde el control con la comida, aunque rápidamente vuelve a controlarse.

Las posibles ENFERMEDADES que les pueden acechar, son:

– Agotamiento físico y mental.

– Calambres musculares.

– Tortícolis.

– Estreñimiento.

– Hemorroides.

– Patologías circulatorios.

– Problemas en la piel.

– Nerviosismo.

– Mala visión.

Y bajo ese disfraz de RÍGIDO que le impide mostrarse tal cual es. Lo que esconde ser, es:

– Una persona creativa y con mucha energía.

– Dotada de una gran capacidad para trabajar duro.

– Es ordenado y apto para trabajos en entornos que requieran una gran precisión.

– Un gran comunicador, con talento para explicar las cosas claramente.

– Muy sensible. Capta lo que sienten los demás, sin obviar sus propios sentimientos.

– Sabe lo que debe saber, cuando lo necesita.

– Encuentra a la persona indicada, en el momento oportuno.

– Entusiasta, lleno de vida.

– Resiliente, que es la capacidad para adaptarse a cualquier tipo de situaciones y para afrontar de la mejor manera, los peores acontecimientos.

Tu niño interior te invita: ¡A ser Feliz!, déjate llevar por él. Buscar la perfección te aleja de la felicidad. Ya que tu felicidad, es poder disfrutar de ti y de tus imperfecciones.

Pues ya hemos acabado con las presentaciones pertinentes, de todas esas heridas antiguas, que nos impiden ser nosotros mismos.

Ahora, te toca a ti poner un poco de tu parte y aceptar esas heridas como tuyas. Identificarte con ellas. Para ello, puedes echar mano, de experiencias de referencia que te ayuden a comprenderte mejor. Pueden ser situaciones de tu infancia, de tu etapa como adolescente, de tu juventud, o de tu etapa adulta. Da igual de dónde las rescates, lo único que tienes que hacer, es encontrar las correspondencias, con los comportamientos descritos, con los disfraces elegidos, o con las características físicas de tu cuerpo.

Y mientras tú buscas esas experiencias, yo iré preparando la siguiente entrada, en la que te daré algunas pautas sencillas, para sanar cada una de las heridas descritas.

Así que, ¡Manos a la obra!, porque aún nos queda bastante que trabajar.

¡Hasta la próxima!

Pego vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=FnDEvJ-86nk&t=3s

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Eso que interpretas como problema.

Eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema. Tu interpretación de las circunstancias, te hace creer que sí que lo es. Sin embargo, si te permitieras indagar un poco más en esa dificultad, sin dejarte llevar por lo meramente superficial, encontrarás el auténtico motivo que te hace pensar así.

Como tú, la vida también se viste por capas. Se parece bastante a una cebolla. La capa exterior, es la que perciben los sentidos. Es la capa más dura, porque es la que más expuesta está. Se enfrenta a las inclemencias del tiempo, a las miradas y juicios de los demás, también actúa como protectora, ya que se encarga de esconder el resto de capas. Asimismo, está construida por esas creencias y esas convicciones que se esconden en las capas más profundas. Aunque sea la más tosca y la más dura, es la que menos se parece a ti. Es sólo la apariencia que quieres proyectar en el exterior. Y esa apariencia, o esa última capa, la utilizas para aparentar, algo que no eres, porque no te quieres mostrar.

Lo mismo sucede con los problemas. Su capa exterior sólo habla de tu interpretación hacia ellos. Te muestra lo superficial, no el contenido importante. La información real, siempre está debajo de esa última capa. Por este motivo, eso que interpretas como problema, no es el verdadero problema.

Imagina que en el trabajo, te ascienden a un puesto superior. Pero lo que en principio te alegra y te empondera, más tarde se convierte en un problema para ti. Ya que comienzas a sentir estrés, por las nuevas responsabilidades que tienes que gestionar. Te empiezas a encontrar agobiado y sobrecargado de trabajo. Piensas que el ascenso, te queda grande, y que en realidad, no estás lo suficientemente preparado como para demostrar, lo que vales en ese nuevo puesto. Lo único que te preocupa ahora, es acabar con todo ese estrés que te ronda. 

Esa última capa te alerta y te habla de tu estrés, pero, 

¿Qué esconde debajo?

¿Crees que es el estrés, tu verdadero problema?

El estrés, es la manera que tiene tu cuerpo de comunicarse contigo. De llamar tu atención para que entiendas que algo no va bien. Por eso interpretas el estrés como tu nuevo problema. Pero eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema.
Numerosos estudios indican que cuando sientes estrés, aumenta tu Cortisol. El Cortisol es la hormona del estrés y cuando este se dispara, el cuerpo se resiente tremendamente. El Cortisol es el responsable de infinidad de enfermedades, ya que debilita tu sistema inmune, permitiendo que enfermes con mucha más facilidad.

Sin ir más lejos, la situación que estamos viviendo en este momento, con el tema de la pandemia, ha disparado el cortisol de muchos de nosotros, haciéndonos entrar en un estado constante de pánico y de «hipervigilancia». 

¿Qué esconde tu estrés?

¿Qué hay debajo de esa última capa, cubierta de Cortisol?

El estrés no es más que temor o miedo disfrazado. Es la reacción de tu cuerpo frente a los continuos cambios de la vida. Podríamos decir, incluso, que es la excusa que te pones, para no hacerte responsable de ser el precursor de tus propias emociones. El miedo es una emoción primaria. Todos sentimos miedo. Sin embargo, no siempre lo reconocemos. Sentir miedo, es algo natural, pero cuando adoptas al miedo, como compañero de vida, este se convierte en tu peor enemigo. Porque vivir con miedo, no es vivir, si no sobrevivir.

Sentir estrés, te muestra tu carencia de armonía interior. No estás en paz contigo, ni con la vida. Porque la paz, es la consecuencia de tu confianza. Alguien que no confía en si mismo o en la vida, está en guerra o en lucha continua. Y si luchas contra ti, el perdedor siempre serás tu, ya que no hay nadie más en la contienda. Así que no luches, si no quieres terminar derrotado. Cooperar contigo y con la vida, es lo único que puede atraer tu victoria.

Así que la próxima vez que sientas estrés o utilices frases como: «esto me estresa», «tengo mucho estrés»…hazte la siguiente pregunta:

¿Qué es lo que me da miedo?

¿Qué temo que pase, que me hace sentir tan estresado?

Antes comentaba que tanto tú, como la vida, se visten por capas, igual que una cebolla. Cuando sujetas una cebolla sin haberle quitado la primera capa, no sientes nada. En cambio cuando se la arrancas y vas quitando capas, comienzas a llorar. Lo mismo sucede contigo. Tu primera capa, la más externa, no dice nada de ti, ni te hace sentir nada. Lo que habla de ti, siempre es lo de dentro. Y es que eso que interpretas como problema, casi nunca es el problema. Tienes que quitar las capas más superficiales para sentir algo y así sentir el verdadero problema. 

Cuando duele, ahí es. La emoción te dice que estás en el sitio correcto. Y para cambiar, sólo tienes que empezar a pensar, más allá de cómo te sientes. El pensamiento fue el que hizo sentirte así, ahora sólo tienes que seleccionar otro pensamiento, que te haga sentir diferente y poder así, cambiar de emoción.

El miedo y el estrés que sientes, frente a lo que te sucede, ya te han demostrado muchas veces, que el 99% de todo lo que piensas, que te pasará, nunca pasa. Que es tan sólo, un producto de tu imaginación, por no saber elegir el pensamiento correcto. El miedo te hace imaginar cosas horribles, si se lo permites. Permítete ahora imaginar para bien y no para angustiante. Elige cuidadosamente tus pensamientos. No dejes que sea tu miedo o tu estrés, el que decida por ti. 

Esos pensamientos que te generan estrés y que por ende, destapan tu miedo, 

¿Por que tipo de pensamientos te gustaría cambiarlos?

¿En qué tendrías que pensar, que no es miedo?

Se concreto, y empieza a practicar Ahora. Piensa para bien y no para boicotearte. Haz que tus pensamientos construyan y no que te destruyan. Con los mismos ladrillos se puede construir un puente o un muro. Si en tu pasado, te decidiste por el muro. Ahora, puedes destruirlo y emplear esos mismos ladrillos para construir tu puente.

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Tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!.

Tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!.

En la entrada anterior, exploramos la herida del RECHAZO:

Tu niño interior te grita: ¡No huyas!.

En la que señalamos, cuál era su disfraz más característico, el del ESCAPISTA. No sé si te reconocerías con esa herida y si has tenido tiempo para analizar las situaciones y comportamientos, en los que te has sentido rechazado y huyendo de la realidad.

El «darte cuenta» o el reconocerte con la herida, o con el disfraz, es el primer paso, hacia tu transformación. Algo que no es aceptado, no se puede cambiar. Ya que ni si quiera lo aceptas como algo tuyo. Dando por hecho, que no está, o que no es real. Y lo que no está, o lo que no es real, no existe, por lo tanto, si no existe, tampoco su cambio existirá.

La segunda herida, que vamos a explorar; es la herida del ABANDONO. Cuyo disfraz, es el del APEGADO o el del DEPENDIENTE.

Es una herida que suele surgir entre el primero y tercer año de vida. Se manifiesta cuando existe una carencia de afecto, o muestras del tipo de afecto deseado.

Como en tu niñez te sentiste abandonado, y no quieres volver a  pasar por ello, evitas por todos los medios, cualquier situación que te lo recuerde. Sin darte cuenta, que muchas veces, te creas tal dependencia con la gente de tu entorno, que eres tú mismo, quién propicia que te abandonen. Haces todo lo posible por estar rodeado de gente. No te gusta estar a solas, ya que esto, te recuerda tus peores temores: el ABANDONO y la soledad.

Como comenté con la herida del RECHAZO, nadie quiso abandonarte. Sólo que tú te sentiste abandonado. Quizá te cueste diferenciar entre la herida del RECHAZO y la del ABANDONO. Para sentirte abandonado, no es necesario que te rechacen. La muerte o la partida de un progenitor, no es un rechazo, es una pérdida.  Mientras que el rechazo es sentirse rehusado o desestimado por parte del progenitor.

El ABANDONO te hace sentirte desamparado y desatendido. Te sientes sólo, sin nadie que cuide de ti. Por eso enseguida echas mano del disfraz del DEPENDIENTE, para sustituir al progenitor que no te atiende, por otra persona que sí lo haga, y así evitar sentirte abandonado.

Esta herida se da con el progenitor del sexo contrario. Y como sucedía con la herida del RECHAZO, es muy posible que si revisas tu historia familiar, ese progenitor haya vivido la misma historia que tú, y que haya sido también abandonado, por su propio progenitor.

Nadie quiso abandonarte intencionadamente. Sólo que tú, así lo interpretaste. Te sentiste así, porque necesitabas un afecto diferente al que recibiste. Pero tu progenitor, no supo dártelo. Lo que te dio, es el afecto que él conocía y supo dar. Te dio, lo que a él o ella, le dieron. Ya que todo lo demás, era desconocido para él, o para ella.

Voy a enumerar las características de la PERSONALIDAD o del CARÁCTER, de las personas que sufren la herida del ABANDONO:

– Se creen víctimas de las circunstancias.

– Tienen la necesidad de presencia y de hacerse notar a toda costa. Les gusta llamar la atención.

– Buscan el apoyo constante. Muchas veces son incapaces de decidir por sí mismos.

– Piden consejos, sin seguirlos, necesariamente.

– Tienen dificultad para aceptar un «no» como respuesta.

– Predisposición por la tristeza y el llanto fácil.

– Aunque no les gusta causar lástima, la causan inconscientemente, para recibir la atención y el apoyo que necesitan.

– Son bastante inestables en cuanto a sus emociones. Un día están alegres y al otro tristes.

– Se retraen físicamente de los demás.

– Son muy mentales, más que sentimentales.

– Pesimistas y negativos en pensamiento, sobre todo consigo mismos.

– Les encanta tener espectadores y que se fijen en ellos.

– Buscan la independencia, aunque se apeguen a las personas y a las cosas.

– Les encanta hablar y que les escuchen.

– Les suele gustar también interpretar el papel de «Salvador» o de «Cuidador», para crear más dependencia. Evitando así que les abandonen.

– Se vuelven perezosos si no encuentran la motivación adecuada.

– Preguntan mucho.

– Cuántas más personas tengan a su alrededor, mejor se sienten.

Desconozco, si te has sentido identificado con algunas o con muchas de estas características. No tienes porqué haberte sentido identificado con todas, si has reaccionado por lo menos a la mitad, puede que ya hayas tenido suficiente, para aceptar tu herida de ABANDONO. Recuerda que tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!. No a la gente o a las cosas, porque lo que quiere, es que dependas sólo de ti.

Y como tu mente y tu parte consciente, puede mentirte, ya que suele rechazar, lo que no quiere ver.

¿Qué crees que dirá tu cuerpo?

Estás son algunas de las cualidades físicas que portan los CUERPOS, que han sufrido la herida de ABANDONO:

– CUERPO largo y delgado. Sin tono muscular. Piernas débiles y espalda encorvada hacia delante. Los brazos en apariencia pueden parecer más largos de lo normal, con relación al resto del cuerpo. Algunas partes de este, pueden estar más caídas de lo normal y sufrir flacidez.

En cuanto a su ALIMENTACIÓN:

– Tienen buen apetito. Prefieren lo blando, a lo duro. Comen despacio. Y pueden tener predisposición hacia la bulimia.

Las ENFERMEDADES que suelen somatizar en su cuerpo son:

– Suelen sufrir de miopía aguda. Tienen dificultades para ver el futuro próximo, porque se llenan de angustia.

– Pueden padecer de dolores de espalda, a la altura de las lumbares.

– Les acechan los dolores de cabeza, ante tantos pensamientos, nada halagüeños.

– Pueden caer en depresión, debido a la tristeza extrema.

Y bajo ese disfraz de DEPENDIENTE, lo que oculta y lo que verdaderamente es, la persona que sufre la herida de ABANDONO:

– Sabe lo que desea. Es tenaz y perseverante.

– No vacila cuando tiene la determinación de conseguir algo.

– Tiene el don del comediante. Capta fácilmente la atención de los demás.

– Tiene un gozo natural, es jovial y refleja su alegría de vivir.

– Es capaz de ayudar a otros. Ya que es muy empático y comprensivo.

– A menudo, posee dotes artísticos.

Y como comentaba en la entrada anterior, es probable, que tu cuerpo manifieste una cosa y que tu mente, piense otra. Esto es debido a que puede que no sólo sufras de una sola herida, si no de varias. No te apresures a etiquetarte hasta que no descubras, cuáles son el resto de heridas.

El próximo día, hablaré de la herida de la HUMILLACIÓN. Que suele emplear el disfraz del CRUEL, desde donde se oculta.

No te lo pierdas.

Y aprovecha estos días, para repasar tu historia.

Con lo que ya sabes,

¿Qué comportamientos crees que te hacen ser una persona «huidiza» o «dependiente»?

Y no menos importante,

¿Qué crees que refleja tu cuerpo, si lo comparas con las características físicas del RECHAZO y del ABANDONO?

Porque cuanto antes te aceptes, antes podrás cambiar. No niegues lo que eres y quítate ya ese disfraz.

Tu niño interior te susurra: ¡No te apegues!. Porque tú ya eres, sin necesitar de nadie que te complete. El amor más completo que puedas recibir, es el que tú te das a ti mismo. Si tienes que depender de alguien, que sea de ti. Apégate a ti para ser feliz.

Aporto vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=Ya-hoNXfasI&t=24s

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