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La rama que te sostiene.

La rama que te sostiene es cómoda y segura. Desconoces qué hay más allá de ella, pero no te atreves a ir más allá. Piensas que quizá el resto de ramas, puedan estar en peores condiciones que la tuya. Así que te aferras con todas tus fuerzas a ella.

Esto no te permite volar, ni explorar el resto del entorno. Tampoco fomenta que explotes todo tu potencial, ya que desde tu rama conocida, ya has hecho todo lo que podías hacer. La rama que te sostiene es aburrida, pero segura, o eso crees tú. Porque en realidad no sabes lo que es la seguridad, más allá de tu propia rama.

El vasto cielo duerme en tus sueños. Imaginas lo que sería volar a través de él, pero no te decides a desplegar tus alas. Te sigues conteniendo. Sigues esperando una señal clara, que te de la seguridad que necesitas para volar. Sin reconocer que esa señal, no es otra, mas que quieres volar y que puedes hacerlo. Es tu intención la que encierra esa señal.

Te cuento una historia:

Un rey había comprado cinco de los mejores halcones de todo el país. El vendedor le había prometido que eran capaces de hacer increíbles piruetas en el aire, e incluso de llevar mensajes de una ciudad a otra.

Desde el primer día las aves comenzaron a dar muestras de su capacidad de vuelo: cada vez volaban más alto, más rápido y de una forma más precisa, haciendo caso en todo momento a sus entrenadores. Pero había un halcón que se negaba a volar, permanecía parado en la misma rama desde el primer día, no había forma de moverlo.

-¡No lo entiendo! -se lamentaba el rey- Le damos la misma comida que a los demás, le ofrecemos el mismo trato, los mismos cuidados… y en cambio se niega a volar, ya no sé qué hacer.

Transcurridas ya varias semanas desde la llegada de los halcones, el rey anunció que ofrecería una recompensa a quien consiguiera hacer volar al animal.

Prácticamente todos los habitantes del reino lo intentaron de una forma u otra: le animaron con las mejores canciones, le recitaron poesía, le ofrecieron los más exquisitos manjares… Pero todo era inútil, nada parecía funcionar.

Uno de esos días en los que el rey permanecía junto al halcón animándole para que volara, una anciana pasó por allí y, al ver la situación, negó con la cabeza.

-Majestad, ha llegado a mis oídos el problema que tenéis con este halcón, pero así nunca lograréis que el animal vuele.

El rey se mostró curioso ante aquella mujer.

-¿Y qué deberíamos hacer entonces?.

-Quizá no hayáis comprendido que lo que le sucede a ese halcón es lo que le ocurre a la mayoría de las personas… -contestó la anciana.

-¿A la mayoría de las personas? No entiendo lo que quiere decir -respondió confuso el rey-. Pero si tanto sabe usted, ¿dígame cómo conseguir que vuele?.

-Está bien, primero tengo que hacer unas compras en el mercado, pero a la vuelta ese halcón volará.

Y mientras la anciana se alejaba hacia el mercado, el rey se quedó pensando que quizás aquella mujer simplemente le estaba tomando el pelo.

Pero a las dos horas, cuando el rey estaba contemplando desde su torre el vuelo de las otras aves, observó incrédulo que el halcón que nunca se había movido estaba también en el aire.

Miró hacia abajo, hacia el árbol donde el animal había permanecido tanto tiempo y vio a la anciana sonriendo. Bajó corriendo las escaleras para encontrarse con ella.

-¡Lo ha conseguido, lo ha conseguido! -gritó- ¡Lo ha conseguido! Pero… dígame, ¿dígame cómo lo ha hecho?

-En realidad no ha sido difícil, simplemente le he cortado la rama que lo sostenía.

Cuento extraído del Libro «Cuentos para quedarse en casa, de Eloy Moreno».

La rama que te sostiene, no te sostiene. La sostienes tú. Te aferras a ella, porque crees que tu vida depende de ello. Cuando en realidad, tu vida comienza cuando sueltas esa rama. Todo lo que de verdad te importa y todo aquello con lo que sueñas, no tiene cabida en esa rama. Sólo cuando te decidas a soltar la rama, podrás alzar el vuelo.

«En el momento en que dejas de pensar en lo que puede pasar, empiezas a disfrutar de lo que está pasando.»

El halcón necesitó que alguien le cortara la rama, para darse cuenta de ello. Siendo consciente, entonces, de que no era la rama, la que le sostenía, si no que era él, quién se estaba aferrando a ella.

Sin embargo, no siempre los demás pueden encargarse de cortar nuestras ramas. Tienes que ser tú mismo, el que tome la decisión. Soltar la rama que te sostiene implica vivir, porque la vida no consiste en permanecer siempre en el mismo lugar, así es como te pierdes la vida, sujetando la misma rama.

 

¿Y tú, qué rama sigues sosteniendo?

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Un hombre completamente feliz.

Un hombre completamente feliz, no se mide por lo que tiene, si no por lo que es, con lo que tiene. Porque el tener no te hace ser, y es que ser, es lo único que tienes.

La felicidad es un estado del ser y nada tiene que ver con la acumulación de bienes materiales. Ya que puedes ser muy rico y sentirte desdichado al mismo tiempo. Puedes estar rodeado de riquezas, pero estas no tienen porqué llenar tus carencias esenciales, tan sólo hacen bulto en tu cartera. No se trata de soñar con todas esas cosas que te faltan, si no de construir tu sueño, con lo que ya tienes.

¿Lo que tienes te define, o lo que te define es precisamente, lo que eres, cuando haces caso omiso a lo que tienes?

Si te defines por lo que tienes, no eres. En cambio si te identificas con lo que eres, lo que tienes, te será suficiente.

Te cuento una historia:

Hace ya mucho, en un reino muy lejano, había un rey cuyo poder y riqueza eran tan enormes como profunda era la tristeza que cada día le acompañaba. Lo tenía todo y aun así no conseguía ser feliz, siempre sentía que le faltaba algo. Un día, harto de tanto sufrimiento, anunció que entregaría la mitad de su reino a quien consiguiera devolverle la felicidad.

Tras el anuncio, todos los consejeros de la corte comenzaron a buscar una cura. Trajeron a los sabios más prestigiosos, a los magos más famosos, a los mejores curanderos… incluso, buscaron a los más divertidos bufones, pero todo fue inútil, nadie sabía cómo hacer feliz a un rey que lo tenía todo.

Cuando, tras muchas semanas, ya todos se habían dado por vencidos, apareció por palacio un viejo sabio que aseguró tener la respuesta:

“Si hay en el reino un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Solo tenéis que encontrar a alguien que, en su día a día, se sienta satisfecho con lo que tiene, que muestre siempre una sonrisa sincera en su rostro, que no tenga envidia por las pertenencias de los demás. Y cuando lo halléis, pedidle sus
zapatos y traedlos a palacio. Una vez aquí, su majestad deberá caminar un día entero con esos zapatos. Os aseguro que a la mañana siguiente se habrá curado”.

El rey dio su aprobación y todos los consejeros comenzaron la búsqueda. Pero algo que en un principio parecía fácil, resultó no serlo tanto: pues el hombre que era rico, estaba enfermo; el que tenía buena salud, era pobre; el que tenía dinero y a la vez, estaba sano, se quejaba de su pareja, o de sus hijos, o del trabajo…
Finalmente se dieron cuenta de que a todos les faltaba algo para ser totalmente felices.

Tras muchos días de búsqueda, llegó un mensajero a palacio para anunciar que, por fin, habían encontrado a un hombre feliz. Se
trataba de un humilde campesino que vivía en una de las zonas más pobres y alejadas.

El rey, al conocer la noticia, mandó buscar los zapatos de aquel afortunado. Les dijo que a cambio le dieran cualquier cosa que pidiera.

Los mensajeros iniciaron un largo viaje y, tras varias semanas, se presentaron de nuevo ante el monarca.

-Bien, decidme, ¿Lo habéis conseguido?. ¿Habéis localizado al campesino?

-Majestad, tenemos una noticia buena y una mala. La buena es que hemos encontrado a un hombre completamente feliz. Le estuvimos observando y vimos la ilusión en su mirada en cada momento del día. Hablamos con él y nos recibió con una amplia sonrisa y con la alegría reflejada en sus ojos.

-¿Y la mala? -preguntó el rey impaciente.

-Que no tenía zapatos.

(Cuento extraído de «Cuentos para quedarse en casa» , de Eloy Moreno)

Este rey lo tenía todo, en cambio el campesino no tenía ni zapatos, ya que no los necesitaba para sentirse plenamente feliz. La diferencia entre uno y otro, es que el rey, creía que su felicidad se encontraba fuera, mientras que el campesino, sabía que se encontraba dentro.

La fortuna no está en lo que tienes, si no en lo que eres, con lo que ya cuentas. Si te empeñas en encontrarla en unos zapatos, que ni siquiera son de tu talla, estos te harán heridas y no te permitirán caminar. Muchas veces, para caminar, no necesitas los mejores zapatos, o los más caros, porque quizás tu felicidad, está en caminar descalzo, mientras sientes el suelo

Asimismo, en vez de perder la felicidad, lo que en realidad pierdes, es la perspectiva correcta, para poder hallarla en cualquier espacio. Porque cualquier lugar puede hacerte feliz, si ya eres feliz. Sin embargo, si te enfocas en tus carencias, para alcanzar tu felicidad, la abandonas, porque olvidas lo que tienes, por lo que podrías tener. Y lo que podrías tener, no te deja ver lo que eres, que al fin de cuentas, es lo único que siempre tienes.

Un hombre completamente feliz, se siente completo con lo que es, aunque sea imperfecto.

«Todo lo imperfecto es movilizador del cambio.»

Lo perfecto, no tiene la capacidad de movilizarte, tan sólo lo imperfecto, hace que te muevas hacia la dirección correcta. Además que lo perfecto no existe en tu realidad, es tan sólo una trampa de tu mente, que te hace creer, que es posible conseguir esa perfección. Pero esto es tan sólo una ilusión de tu mente insaciable, que siempre aspira a más, cuando en realidad, para sumar, muchas veces, tienes que aprender también a restar.

Un hombre completamente feliz, es el que para sumar, aprendió también a restar.

¿Y tú, sumas o restas?

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Cuenta una historia…

Cuenta una historia, que no hay peor mentira que aquella que se dice con dos palabras: «No puedo».
(Joaquín Sabina)

Cuenta una historia que aquel niño, sí pudo hacerlo. Y dice así:

Dos niños llevaban toda la mañana patinando sobre un lago helado, cuando de pronto, el hielo se rompió y uno de ellos cayó al agua. La corriente interna lo desplazó unos metros por debajo de la parte helada, por lo que para salvarlo, la única opción que había era romper la capa que lo cubría.

Su amigo comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero al ver que nadie acudía, buscó rápidamente una piedra y comenzó a golpear el
hielo con todas sus fuerzas.

Golpeó, golpeó y golpeó, hasta que consiguió abrir una grieta por la que metió el brazo para agarrar a su compañero y salvarlo.

A los pocos minutos, avisados por los vecinos que habían oído los gritos de socorro, llegaron los bomberos. Cuando les contaron lo ocurrido, no paraban de preguntarse cómo aquel niño tan pequeño
había sido capaz de romper una capa de hielo tan gruesa.

– Es imposible que con esas manos lo haya logrado. ¡Es imposible!. No tiene fuerza suficiente. ¿Cómo ha podido conseguirlo?. Comentaban entre ellos.

Un anciano que andaba por los alrededores y tras escuchar la conversación, se acercó hacia los bomberos.

– Yo sí sé cómo pudo hacerlo. Les dijo.

– ¿Cómo?. Respondieron los bomberos.

– No había nadie a su alrededor, para decirle que no podía conseguirlo.

(Cuento extraído del libro: «Cuentos para entender el mundo I)

Son muchas las historias que cuentan, que el creer que no se puede, es lo que hace que la historia se termine. El pensar que no somos capaces, o que no tendremos las fuerzas suficientes para alcanzar lo que queremos, termina por convencernos, hasta que renunciamos a nuestros mejores propósitos.

Y es que el querer hacerlo, es la mayor fuerza que existe. Cuando depositamos toda nuestra voluntad y nuestra mejor intención en una causa determinada, nos volvemos imparables. Nada se nos resiste, porque nos convertimos en la intención misma. En la fuerza que mueve montañas y en la energía que acerca a nosotros esas montañas.

Cuenta una historia que un niño que no sabía que no podía hacerlo, lo hizo. Porque no escuchó a nadie que se lo recordara. Confío en sus poderes, mientras que su intención le guío para que lo consiguiera.

No atiendas a las mentiras del «no puedo», atiende a las verdades del querer hacerlo. Presta atención sólo a lo que te anima a alcanzar tus objetivos. Esto te proveerá de la fuerza necesaria para lograr lo que necesitas.

«Yo no estoy aquí para ver si puedo. Porque puedo estoy aquí»
(Ricardo Arjona)

El estar aquí, el querer estar, te permite poder hacerlo. No necesitas mucho más, mas que el querer. Por eso el poder, es querer, porque puedes y estás aquí.

«Los que dicen que es imposible, no deberían interrumpir a los que lo están haciendo.»
(Thomas Alva Edison)

Cuenta una historia que aquel niño no se dejó interrumpir, siguió golpeando el hielo con sus manos, hasta que este se quebró para él. Escuchó a su corazón y se dejó llevar por el querer. Porque él sabía que no estaba allí, para ver si podía, si no que como podía, estaba allí.

¿Y a ti, qué te cuentan tus historias?

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Los miedos no dan miedo.

Los miedos no dan miedo.

Mis miedos no dan miedo.
Tan sólo se quedan allí quietos
y me miran pasivos.
Son inofensivos.

La peligrosa soy yo
cuando los tengo.

Pero soy yo
cuando los tengo.

(Júlia Peró)

«Mis miedos no dan miedo». Esta frase no ha parado de resonar en mi interior, desde que la leí por última vez, en «Anatomía de un bañera», de Júlia Peró. Y la he estado reflexionando mucho, desde entonces. Porque si los miedos no dan miedo,

¿Qué es lo que nos da miedo, en realidad?

Cuando conseguimos aislar al miedo de nosotros, o estudiarlo por separado, ese miedo, pierde poder, incluso me atrevería a decir, que casi todo su valor, como miedo. Cobra otro significado, cuando lo apartamos de nosotros. Dicho de otra forma, somos nosotros quiénes nos volvemos peligrosos, cuando lo alimentamos o nos reconocemos con él. Sin embargo, el mismo miedo, a solas y sin nosotros como testigo, no da miedo.

Por ejemplo, imagina que uno de tus mayores temores, es el de hablar en público o frente a un auditorio.

¿Ese público o ese auditorio es el peligroso?

¿O lo vuelves peligroso tú, con lo que piensas en relación a lo que pueda pasar?

El público por sí mismo, no es lo que te da miedo. Te da miedo, lo que pueda pasar si no das la talla, o si tu mente, de repente, te abandona y te quedas en blanco. Es decir, no te da miedo, tu miedo. Eres tú quién tiene miedo, pero no de tus miedos, si no de ti. Porque temes no poder hacerte cargo, o no poder manejarlo. Por tanto, proyectas tu miedo en el hecho en sí, aunque no es al hecho al que temes, es a ti.

No temes a una situación en particular, temes al miedo, a ti con miedo. Porque esta emoción primaria te hace sentir muchas cosas. Primero las sensaciones en tu cuerpo, como pulsaciones aceleradas, sudores fríos, falta de aire, ansiedad. Todas estas sensaciones, desembocan más tarde, en pensamientos apresurados relacionados con tu supervivencia. ¡Te estás protegiendo!. Para finalmente, movilizar tu energía, hacia una acción concreta. Atacar al miedo, o huir de él.

Asimismo, también hay que decir, que muchas veces, podemos confundir al miedo, con otro tipo de emociones. La manera que tiene de expresarse tu cuerpo, te puede hacer creer que sientes miedo, cuando en realidad, lo que estás sintiendo es otra cosa. Me explico, cuando estamos emocionados por algo, las sensaciones de tu cuerpo, son muy similares a lo que se manifiesta, cuando sientes temor. Tu corazón también se acelera, cambiando tu respiración, sudas y te puedes incluso, sentir ansioso. Pero eso no quiere decir que sientas miedo, si no emoción por lo que está por venir.

Acercaos al abismo, les dijo.
Tenemos miedo, respondieron.
Acercaos al abismo, les dijo.
Se acercaron.
Él los empujó y salieron volando.

(Gustave Apollinaire)

Sin embargo, independientemente de si lo que estás sintiendo es miedo, o tan sólo emoción. Eso te pone frente a ti. Porque tú eres, también con miedo y sin él. Contactas contigo a través del miedo. Estás sintiendo, sintiéndote, estás viviendo, «vivíendote».

Por tanto, el miedo te hace sentirte vivo. Y es que el valiente, no es el que no siente miedo, si no el que saca su coraje para enfrentarlo, y lo hace con miedo. El no sentir miedo no es valentía, si no inconsciencia. La toma de consciencia, consiste en reconocer que aún con miedo, puedes hacer pequeño a tu miedo. Porque tu miedo también te tiene miedo, tu confianza le hace pequeño, le aterra, ya que cuando la vistes, se desviste tu miedo.

El miedo llamó a la puerta. La confianza abrió, y al otro lado, ya no había nadie.

Tus miedos no dan miedo.
Tan sólo se quedan allí quietos
y te miran pasivos.
Son inofensivos.

El peligroso eres tú
cuando los tienes.

Pero eres tú,
cuando los tienes.

Siente el miedo. Vuélvete peligroso para el miedo. Este enseguida se achica, cuando te vistes de confianza. Porque lo que más le asusta a tu miedo, eres tú, sin miedo.

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Tu aburrimiento es un mecanismo para…

Tu aburrimiento es un mecanismo para no hacer contacto. Cuando te aburres a solas o en compañía, es porque no logras conectar con lo que haces, contigo mismo, o con los demás. Algo te lo impide. Muchas veces, damos por hecho que son las situaciones o las conversaciones con los otros, las que nos hacen sentir ese aburrimiento y desconectar. Sin embargo, esas situaciones o las tediosas conversaciones, no son las responsables de mantener tu atención, ya que tu atención, la diriges tú y por tanto, eres el único responsable de atender o no.

¿Cuándo fue la última vez que sentiste aburrimiento?

¿Estabas a solas o en compañía?

¿Qué estabas pensando mientras te aburrías?

Tu atención sólo puede atender a una cosa a la vez. Y si te encuentras manteniendo una conversación con alguien y te aburres, es muy probable que estés atendiendo a otra cosa dentro de tu cabeza. Quizá haya algo que te ronda porque lo tienes pendiente por resolver, o tal vez sea, que mientras el otro habla tú también lo hablas, pero desde dentro y no hacia fuera, a modo de crítica o de juicio, que por lo que sea, no lo quieres compartir con él. De esta manera, es tu diálogo interno el que te hace perder el hilo de la conversación, porque te desconcentras. Dentro de ti, ya estás manteniendo una conversación, y si sigues escuchando lo de fuera, no puedes atenderte a ti y viceversa.

Puede ser también, que sientas aburrimiento al comenzar con una tarea determinada. Y como en los ejemplos anteriores, no es la tarea en si, lo que te causa ese aburrimiento, si no lo que estás pensando mientras tanto. Es cierto, que todas las actividades que tenemos que llevar a cabo en nuestro día a día, no tienen porqué ser de nuestro agrado, pero que no nos guste hacerlas es una cosa, y otra bien distinta, es que nos causen aburrimiento. Si te aburren es porque no quieres hacer contacto con ellas. Porque te enredas en tus pensamientos o diálogos internos, de todo lo que podrías estar haciendo, si no tuvieras que hacer esa labor que te desagrada. En cambio si no pensases en lo que podrías hacer, y te pusieses, sólo a hacer, la tarea sería bastante más llevadera.

Aunque también puedes sentir aburrimiento contigo a solas. No es necesario que haya alguien más para sentirte aburrido. Ni tan siquiera tienes que estar haciendo algo concreto para aburrirte. Si esto te sucede a menudo, que te aburres a solas, contigo, es muy probable, que los asuntos que tengas pendientes, sean en este caso, contigo mismo y que no quieras hacerte cargo de ellos.

No olvides que tu aburrimiento es un mecanismo para no hacer contacto. Y que cuando te sientes estupendamente bien y pleno del todo, es como que no hay cabida para el aburrimiento. Incluso se te escapa el tiempo y te gustaría poder crear más tiempo. En cambio, cuando el aburrimiento se adueña de tu tiempo, eres tú, el que quiere escapar de él.

«La conciencia del tiempo, bajo su forma más pura, es el aburrimiento, es decir la conciencia de un intervalo que nada atraviesa o que nada puede llenar.» (Louis Lavalle)

Cuando el tiempo se te hace largo y tedioso, es porque nada te atraviesa, porque nada hace contacto contigo, ni tú con ello. Y si no encuentras nada que te llene, ni siquiera tú mismo, es porque probablemente, estés lleno ya de cosas, que no te son de utilidad, y tendrás que vaciar, antes de poder llenarte con más. Vaciar los pensamientos, los juicios, las culpas y las preocupaciones, porque no te permiten disfrutar. En el momento en que te hagas consciente, de qué es eso que te hace aburrirte, de tanta repetición, ya haces contacto con ello, y esto provocará que desaparezca tu aburrimiento. Porque habrás conseguido contactar contigo y con tus temas pendientes, para ya más tarde, y si te apetece, hacer algo con ellos, o no.

«El aburrimiento es lo que queda de los pensamientos, cuando las pasiones son eliminadas de ellos.» (Alain)

Nunca he oído a nadie decir que la pasión es aburrida, tal vez intensa, pero no aburrida. Los pensamientos y sobre todo los más recurrentes, sí que pueden serlo, tremendamente aburridos. El pensar mal, puede llegar a ser agotador. La pasión en cambio, aunque nos agote, por su intensidad, siempre es bienvenida. Porque nos estimula, hace contacto con nosotros y nos recarga con más pasión. Vivir la vida con pasión, es justo lo contrario a vivir aburrido y con tedio por todo. Porque con lo que nos apasiona, hacemos contacto, y con lo que no, nos desconecta.

Tu aburrimiento es un mecanismo para no hacer contacto. Pero aunque no te lo parezca, todo en esta vida está concebido para hacer contacto, porque todo está conectado, de algún modo u otro, lo que no siempre nos permitimos conectar. O quizás conectamos con eso que no tenemos que conectar.

Y para hacer contacto, en esos momentos en los que sientas que el aburrimiento te perturba, te propongo tan sólo dos cosas:

1. PRESENCIA: Para que tomes conciencia de eso que te hace sentir aburrimiento. Tendrás que analizar cuáles son los pensamientos o diálogos internos que te hacen desconectar. Una vez detectados, podrás hacer algo nuevo con ellos, o no, permitiéndote así volver a conectar sin tener así que huir del presente y aburrirte.

2. ATENCIÓN: Redirigirla, en el caso de que esté deambulando por ambientes «aburridos». Y hacerte cargo también de ella, para permitirte conectar de nuevo, con la pasión y no con la distracción.

¿Si tu aburrimiento es un mecanismo para no hacer contacto, cuál es entonces, el mecanismo que utilizas para conectar?

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Las mesas malditas.

Imagina que pensases que las mesas son malditas. Porque cuando eras pequeño, alguien te contó algo terrible a cerca de ellas. Fue un suceso que aún hoy, lo sigues recordando. Y durante toda tu vida, lo has ido justificando, a través de nuevas experiencias. Quien te contó la historia de las mesas malditas, fue una persona muy importante para ti, al que creías por encima de todo. Era tal tu confianza en él o ella, que no podías permitirte no tener Fe en su palabra. Así que compraste su historia, sin tan si quiera cuestionarla. 

Te hizo creer entonces, que las mesas eran objetos malignos que traían mala suerte. Asimismo, te advirtió que si hacías uso de ellas, te podías tú también contagiar de su maldad. Así que adaptaste toda tu vida, para no tener que hacer contacto con las temidas mesas malditas. Además, te diste cuenta, que el mundo estaba loco, porque estaba lleno de mesas por todas partes. Te encontrabas seguro y a salvo, en muy pocos sitios, ya que casi todos los lugares, tenían mesas malditas que te arrebataban la tranquilidad y atraían tu mala suerte.

Debido a esta creencia, tu vida no fue nada fácil. En tu niñez, tus padres tuvieron que deshacerse de todas las mesas de la casa, con todo lo que esto implicaba. Tampoco querías ir al colegio, ya que este estaba rodeado de mesas y pupitres. Así que cada día, luchabas con todas tus fuerzas, contra tus padres, para no tener que acudir al colegio. Algunos días, te salías con la tuya y conseguías convencerles de que te dejaran en casa. Pero no siempre era así, y cada vez que tenías que enfrentarte al cole y a las mesas malditas, no podías soportarlo. 

Si no conseguías convencer a tus padres, y finalmente tenías que ir al colegio en contra de tu voluntad, acababas todas las horas lectivas en el patio, al aire libre. Ya que era el único sitio en el que no había mesas o pupitres. Tu tutor y profesores ya estaban cansados de esta actitud tan atípica, y no tuvieron más remedio, que comunicárselo a tus padres,. Lo que causó que te cayera una gran reprimenda en casa. Te cambiaron tantas veces de colegio, que un buen día, se quedaron sin opciones, y tuvieron que optar por la educación a domicilio. 

Cuando tus padres y tus hermanos tenían alguna onomástica que celebrar, ya sabían que no podían contar contigo, si la celebración era fuera de casa. Puesto que era tal tu fobia a las mesas malditas, que preferías quedarte refugiado en tu habitación, por lo que pudiera pasar.

Conforme te hacías mayor, esa creencia se hizo cada vez más fuerte. Y con tan sólo ver una mesa en el televisor, en alguna revista, o a través de internet, provocaba que tu día se llenase de mala suerte.

Todos tus estudios, después del colegio, los llevaste a cabo, de manera telemática. Tus relaciones eran bastante limitadas, debido a que interactuabas con muy poca gente. Porque la gente seguía  adorando a las mesas, y tú las seguías viendo tremendamente malignas. Según tú, las mesas malditas eran las culpables de casi todos los males en el mundo, sólo que la gente, aún no se había dado cuenta de ello. Además que éstas, también tenían el poder de engañar y sugestionar a todo aquél que entrara en contacto con ellas, así que mejor, no acercarse a nadie que tuviera alguna relación con las mesas malditas.

También te costó bastante encontrar trabajo, ya que muchos de los empleos para los que te habías preparado, requerían que te sentases frente a una mesa, para desempeñar tu labor. Cosa a la que no estabas, en absoluto, dispuesto.

En realidad, tu vida se tornó muy complicada, debido a esta creencia inconsciente. La gente no solía comprender el porqué, de tu terca fobia a las mesas, y esto provocó que en más de una ocasión te tacharan de loco. Pero tú seguías creyendo firmemente en el poder maligno de las mesas malditas y los señalabas a ellos, como locos e inconscientes. 

¿Te parece loca e inconsciente esta creencia, o son los que no se la creen, los locos e inconscientes?

¿Quién hace loco a quién, la creencia al loco, o el loco a la creencia?

Quizás creas que a ti, nadie te podría convencer de que las mesas son malditas, y que jamás podrías adoptar una creencia tan absurda como esta, capaz de limitar tanto tu vida. Pero muchas veces, las creencias que adoptamos como verdades universales, no son tan evidentes, como para percatarnos de que están obstaculizando nuestra vida. Ya que existen creencias que ni si quiera sabemos que conviven entre nosotros, porque un buen día decidimos comprarlas, sin darnos cuenta.

Cómo aprendiste a caminar, a hablar, a leer, o a dibujar, de la misma manera, también aprendiste todas esas creencias que gobiernan tu vida. Y lo que estás viviendo hoy, es el resultado de muchos años de práctica y repetición. Lo has repetido tanto, que lo has convertido en automático. Todo lo bueno y lo menos bueno. Lo que te facilita la vida y lo que te limita dentro de ella.

Y es que la mayor parte de las veces, hay que desafiar a eso que llevamos creyendo desde siempre, para preguntarnos si es esa la auténtica realidad, o sólo una creencia más y muy limitante.

El protagonista de la historia, no se cuestionó en ningún momento su creencia de las mesas malditas, a pesar de que nadie de su entorno lo entendiera. Era su verdad y su realidad, y en base a ella, se comportaba. Sin darse cuenta, que sacrificó su libertad personal, para vivir según el punto de vista de otro. Se traicionó a si mismo, y se limitó durante toda su vida, por creerse algo que alguien le contó y que en su momento le convenció.

¿En qué te sacrificas tú?

¿En qué te has traicionado? 

Es cierto, que quizás esta creencia, pueda parecer tremendamente exagerada y poco creíble, para muchos. Pero cuando tenemos la necesidad de creer en algo, porque no creemos lo suficiente en nosotros mismo, somos capaces de comprar lo que sea.

Durante nuestra niñez, somos muy vulnerables a este hecho. Aprendemos del mundo, creyéndonos las historias que nos cuentan los adultos. Ya que estos son los que conocen el mundo. Sin embargo, cualquier día puede ser un buen día, para revisar viejas creencias y mejorarlas. Y fíjate que digo revisar y mejorar, y no eliminar y cambiar. Ya que si hiciste tuya, alguna creencia limitante, es porque te aportaba algo o te beneficiaba en algo. Por esa razón, no es necesario destruirla del todo. Lo que sí sería bueno, es quedarte con lo que te guste de ella, para desechar lo que no.

Cuestiónate todo aquello que no te deja ser tú. Todo aquello que te limita y te bloquea hoy. Aprende a dudar, para reaprender lo que te queda por asimilar. ¡DUDA!, replantéate lo que siempre has creído, para que aprendas a creer, quién puedes llegar a ser. 

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La película de tu vida.

La película de tu vida, no te cuenta toda la verdad al completo. Porque la mayor parte de las películas que montas en tu cabeza, no te dejan ver esa realidad. Las editas en base a una interpretación filtrada. A través de las opiniones y de los juicios que haces de lo que te pasa, en función a las creencias que hayas decidido comprar y que al final, son las que le dan sentido a tu realidad.

Aunque seas el protagonista de tu vida y de tu película personal, también formas parte del reparto en las películas de los demás, por eso nunca es la misma película la tuya y la del resto. Porque cada uno crea y monta su propia película, independientemente de quiénes sean los personajes que la interpretan. Cada film habla de una historia diferente, aunque sea la misma trama la que se acontece. Y es el significado de esa trama, la que hace, que para ti y para mí, no sea la misma película.

Imagina que entras en un Multicine con un montón de salas abiertas. En cada una de esas salas, se está proyectando una película diferente. Con tanta variedad y tantas opciones, no sabes cuál ver primero. Aunque tras dejarte llevar por tu intuición, decides entrar en la sala número uno. 

Al introducirte en la sala, tienes la sensación de que ya has visto esa película, o que por lo menos, te resulta tremendamente familiar. Conforme pasan las imágenes, te das cuenta, de que es la película de tu vida, la que se está emitiendo. Tú eres el protagonista. El resto de los actores secundarios, son todas aquellas personas que te acompañan en tu día a día. Son tu madre, tu padre, tus amigos, tus vecinos y conocidos, los compañeros de trabajo, tu enamorada o enamorado, tus hijos…

Miras a tu alrededor y te percatas, que no hay nadie más en sala, salvo una persona que permanece sentada y muy atenta, a lo que está sucediendo, en primera fila. Decides colocarte detrás de ella. Sientes intriga de quién pueda ser. Y te da mucha curiosidad conocer a ese espectador que parece estar disfrutando con la película de tu vida.
Tras fijarte bien en su pelo, en su silueta, en sus movimientos, e incluso en su risa, descubres que eres tú mismo el que está viendo esa película. No das crédito a lo que está pasando, incluso llegas a pensar que puedes estar soñando. Tras pellizcarte unas cuantas veces, renuncias a que pueda ser un sueño y sigues observando la película con suma atención.

Como ya sabes lo que te va a contar esa película, ya que es tu propia vida, la que se está proyectando. Piensas que quizás, sería bueno cambiar de sala, para comprobar que más películas se están emitiendo. Así que sales de la sala número uno y te introduces en la sala número dos.

Antes de atender a lo que se está proyectando en la pantalla principal, extiendes tu mirada, por la sala número dos. También está casi vacía, excepto por un espectador que está absorto en la película. En esta ocasión, decides sentarte a su lado. El espectador ni siquiera se inmuta, te fijas en él y te das cuenta de que es tu madre, esa espectadora que observa ensimismada lo que está pasando por la pantalla. Incluso llegas a hablarla, pero esta no te responde, así que empiezas a observar la nueva película. 

En esta ocasión, tú ya no eres el protagonista. Ya que la historia que se está proyectando es la de tu madre. Apareces en la trama, como personaje o actor secundario. Esta historia, aunque te sigue resultando familiar, no se corresponde del todo, con lo creías de ella. Hay escenas que ni si quiera pensaste que se podían haber producido, y otras conocidas para ti, no parecen tener el mismo significado que cuando tú las viviste, en primera persona. 

Al ver esta película, te das cuenta, de todo lo que ha sentido, siente o sintió tu madre. También compruebas la idea que tiene tu madre de ti, y que no coindice con la tuya. A través de ella, entiendes lo que realmente piensa y no lo que tú pensabas que pensaba. Sientes que te va a explotar la cabeza. No comprendes muy bien, lo que está sucediendo, así que decides salir de la sala número dos, para explorar el resto de salas.

En vez de adentrarte en la sala número tres, prefieres saltarte el orden establecido y apuestas por la número seis. Vuelves a verificar la audiencia de la sala, para observar que sólo hay una persona, sentada en la parte de atrás. A la que reconoces inmediatamente, es tu enamorado o enamorada. Le hablas, mientras sujetas su mano, pero no te hace ni caso. Te sientes invisible. Pero como te sucedió lo mismo, en sala número dos, cuando te intentaste comunicar con tu madre, decides atender a la película.

Una vez más, descubres que lo que se está proyectando en la sala seis, a pesar de que pensabas que conocías su historia, no tiene nada que ver con lo que tú pensabas de ella. Porque su película es muy diferente a tu película. En este film, y como personaje secundario, entiendes muchas cosas, que no habrías podido entender desde tu propia película. 

Como ya has perdido la noción del tiempo y pese a que te sientes algo confundido, aunque más despierto. Exploras el resto de las salas que te quedan por explorar, que son muchas, para terminar sacando la misma conclusión de todas ellas. 

La película de tu vida, no es la misma película que ve tu hermano, o tu vecino, si quiera tu hijo. Son películas completamente diferentes, ya que no todos entendemos la realidad de la misma manera. Y aunque compartamos tramas, secuencias o escenas, lo que observamos en ellas, lo que aprendemos y lo que pensamos y sentimos, es bien distinto, por eso parecen también, diferentes las películas.

Te comparto esta reflexión, extraída del libro «El Quinto Acuerdo», para que a partir de ahora, tengas en consideración, todas las películas de los demás. Para que no te encierres en tu propia sala, y para que te permitas explorar el resto de salas y de películas. Ya que a través de ellas, podrás entender mucho mejor, la realidad de tu vecino, para así compararla con la tuya. Ambas realidades tienen mucho que contar. Los planos y los enfoques pueden parecer distintos, pero todos contienen la misma verdad, la misma historia, la tuya y la de los demás, la auténtica realidad.

La película de tu vida, es sólo una realidad relativa y está incompleta. La completas cuando añades secuelas de los diferentes personajes. Cuando dejas de atender a tu película y aprendes con la de los demás. No te abstraigas en tu propia película, explora el resto de salas, porque en ellas se encuentran las historias que te faltan, para darle el sentido real, a la película de tu vida.

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Toda desventaja tiene su ventaja equivalente.

Toda desventaja tiene su ventaja equivalente. Enfócate en la nueva puerta, y no en la que se acaba de cerrar.

Hay veces, que se vuelve complicado darle un sentido optimista a la existencia. Porque la vida también abofetea en determinadas situaciones, hacíendonos tropezar. Algunos días, nos vapulea a su antojo, acompañándonos hacia el filo del abismo. Desde allí, y sin respiración, podemos saltar al vacío, esperar mientras observamos, o retroceder con cuidado. Y en realidad, no tiene importancia, lo que decidamos hacer o el camino que elijamos para llegar, a dónde tenemos que llegar. Porque de alguna manera u otra, siempre llegamos. Más tarde o más temprano, agotados o fortalecidos, triunfantes o alicaídos.

«Un optimista ve la oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad.» (Winston Churchill)

El viaje hacia uno mismo no es fácil, ni siempre agradecido. El agradecimiento se da, cuando consigues encontrarte entre tus luces y tus sombras. Habrá días, en los que los claros, te deslumbren y encandilen. En otros momentos , será tu oscuridad la que te ciegue, y no porque no te deje ver, si no porque cuando resplandece su luz, no distingues bien, entre lo que está, y ya se fue. Porque toda desventaja tiene su ventaja equivalente y cuando una puerta se cierra, automáticamente se abre otra, y es por esa nueva puerta, por la que debes transitar.

Todas las experiencias que vives, tanto las buenas, como las menos buenas, tienes que vivirlas, ya que si no lo hicieras, no podrías llegar a ti. Todo lo que te sucede, te conviene, y todo lo que te conviene, te termina sucediendo. Puedes aceptarlo de buen grado, rechazarlo, o luchar contra ello. Si luchas, te agotas, si lo rechazas, te rechazas, y sólo cuando lo aceptas y cedes a vivir la experiencia, tal cual se presenta, avanzas. Renuncia a vivir únicamente lo que quieres que te pase, y ríndete a lo que te pasa. Casi todo tu sufrimiento proviene de tus resistencias y desaparece cuando te entregas a la experiencia.

Imagínate que fueses un salmón a punto de desovar. Sabes que el camino que te queda por recorrer es arduo complicado. Además que debes abandonar la vastedad del mar, para volver al río que te vio nacer. Sin embargo, a pesar de que ya esté sonando la alarma de tu reloj biológico, sientes que has perdido gran parte de tu confianza, mientras te convences que no vas a ser capaz de iniciar el viaje de regreso a casa. Te resistes a embarcar y te entretienes por el camino.

Un buen día y mientras nadas despistado, sin rumbo aparente, te encuentras atrapado por una voraz tormenta. Esta te golpea con violencia y no encuentras refugio en el que poder acomodarte. La tempestad dura varios días y sientes en tu cuerpo sus efectos secundarios. Has perdido gran parte de tus escamas y tienes algunas cicatrices en tu cola.

Cuando llega la calma, observas a tu alrededor, pero no consigues encontrar a ningún salmón conocido, con el que compartir tu angustiosa experiencia. Sospechas que es muy probable, que todos los de tu misma especie, se hayan embarcado ya en su gran viaje. Lo que te hace recapacitar. A pesar de tus heridas,  ¡Has superado la tormenta!. Demostrándote así, que puedes hacerte cargo. Ahora te sientes muy capaz y lleno de confianza. Entendiendo que era el rechazo a no querer avanzar, lo que alimentaba esa desconfianza.

«Toda desventaja tiene su ventaja equivalente, si te tomas el trabajo de encontrarla.» (W. Clement Stone)

Así fue como el salmón aprovechó, la ventaja en la desventaja de la tormenta, y habiendo aprendido la lección, se rindió al ciclo de los acontecimientos, comenzando con su viaje de regreso.

¿Y tú, trabajas en encontrar la ventaja, en la desventaja?

Cuando pierdes la confianza en ti, en la vida, o en los demás, se vuelve costoso recuperarla. Aunque la vida siempre te ofrece nuevas oportunidades de poder hacerlo. Quizás tengas que pasar por alguna voraz tormenta, para entender que eres muy capaz de hacerte cargo. Y es que a pesar de las duras tempestades a las que tengas que enfrentarte, siempre puedes aprovechar la calma de después, para encontrar la ventaja en la desventaja, y retomar tu camino de vuelta a casa.

«Es la ley de la vida, que cada vez que se nos cierra una puerta, se nos abre otra. Lo malo es que con frecuencia, miramos con demasiado ahínco hacia el pasado, y añoramos la puerta cerrada, con tanto afán, que no vemos la que se acaba de abrir.» (Albert Schzweitszer)

Toda desventaja tiene su ventaja equivalente, ya que las ventajas, surgen de las desventajas. Como las oportunidades nacen de las crisis, y las puertas abiertas, emergen de otras que se cierran. No te cierres a lo nuevo, ni mires con ahínco hacia el pasado. Ábrete a lo que está por llegar, y a las ventajas de tu nuevo futuro.

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Qué harías si fueses.

¿Qué harías si fueses alguien que no eres?
¿Qué harías si fueses alguien?
¿Qué harías si fueses?
¿Qué harías?

Aunque a bote pronto, está lista de cuestiones, puedan parecer diferentes preguntas, son en realidad, la misma pregunta. O dicho de otra forma, puedes contestarlas, con una única respuesta. Sin embargo, vamos por partes. Empieza contestando a la primera. Sin pensarla demasiado, atiende a lo primero que haya pasado por tu cabeza.

¿Qué ha sido?

Debo matizar, que para tu inconsciente no existe el NO, la negación es sólo una invención de tu mente, para rechazar lo opuesto a lo que cree, o a lo que no acepta. Es decir, que aunque te haya preguntado que qué harías, si fueses alguien que no eres, lo que tu inconsciente interpretó, fue que qué harías, si fueses alguien que eres. No puedes no ser, como no puedes no vivir, si estás vivo. Tampoco no puedes no pensar, y más cuando te fuerzas a no hacerlo. Esto es, que sólo puedes ser, aunque algunas veces, te resistas a ello.

Te dejo aquí una entrada en la que explico, por qué tú inconsciente no registra el NO:

La manzana azul, tu atención.

Por tanto, sería interesante que no olvidases eso que contestaste, tras la primera pregunta. Ya que lo que hiciste fue decir, lo que te gustaría hacer, pero que no haces. Y no lo haces, porque te identificas sólo con una parte de tu ser. La manera que tenemos de auto-percibimos, implica aceptar lo que creemos que somos y desestimar lo que no. Sin embargo, lo que crees que no eres, algunas veces, dice mucho más de ti, que con lo que sólo te identificas.

Cambio la pregunta:

¿Qué harías si fueses un gato, o un perro, o alguien que ha perdido los brazos y las piernas?

En mi caso, si fuese un gato, intentaría ir de regazo en regazo, para intentar calmar, a través de mi ronroneo, todas las insatisfacciones de mis compañeros los humanos. También le dedicaría gran parte de mi día al juego y a la aventura. Exploraría nuevos territorios para expandir mi mente felina. Caminaría sobre tejados para sentirme más cerca del cielo. Escalaría los árboles más altos y cotillearía a mis vecinos, a través de sus ventanas. Me tendería al sol, mientras me acicalo y descansaría lo justo, preferiblemente acompañado.

Si fuese un perro, amaría a mi amo y compañero, por encima de todas las cosas. Jugaría con él, y lo acompañaría en sus peores momentos. También le protegería de todo lo que no le conviene. Ladraría para despistar sus pensamientos. Le llenaría de lengüetazos para calmar sus preocupaciones. Mordisquearía los bajos de sus pantalones para sacarle de cualquier embrollo indeseado. Saldría a pasear siempre que pudiese y haría alianza con los otros canes de mi barrio. Dormiría a ratos y sacrificaría mi propia felicidad, por la de mi amo.

Si pierdo mis brazos y mis piernas, aprendería a abrazar con la mirada y correría maratones con la mente. Estaría mucho más cerca de la gente que quiero. Daría charlas por todo el mundo, de cómo se puede vivir feliz, aún sin extremidades. Aprendería a pintar con la boca. Estudiaría dos o tres carreras. Entablaría conversación con todos, para colmarles con halagos. Me haría monologuista para regalar sonrisas. Adoptaría a un gato para poder imaginarme todo lo que haría si fuese como él. Y acogería a un perro, para que me sacase a pasear y me llenase de lengüetazos.

Estos son sólo algunos ejemplos de lo que puedes hacer, incluso sin ser tú. Sin embargo, aunque no te lo parezca, todo lo que harías, sin ser tú, también habla de ti. Porque lo piensas e imaginas tú. Y todo eso que te gustaría hacer, aún siendo otro animal u otra persona, es más tú, que el propio ser que tú crees que eres. En la imaginación siempre seremos libres. Ya que no hay límites para imaginar, porque puedes imaginar lo que quieras y lo que más te apetezca. Los límites siempre los crea tu mente.

Así que ahora me gustaría que contestases una última pregunta:

¿Qué harías si fueses un chiflado?(Un chiflado que respeta las reglas)

Coge lápiz y papel y anota cada cosa, que pase por tu cabeza, por muy chiflada que te parezca. Ya que cada una de esas cosas, es importante para ti. Es todo eso que no te permites hacer, por temor a que te tachen de chiflado. Cosas que reprimes por miedo a lo que te puedan decir, a lo que puedan pensar, o incluso, por miedo a hacerlas, y descubrir que te gustan más, de lo que haces habitualmente.

Y porque las escribas en un papel, tampoco quiere decir, que tengas que llevarlas a cabo. Ya que tú decides en todo momento, lo que quieres hacer con tu vida y, por ende, como vivirla. Esto tan sólo, es una práctica que te puede a ayudar a entender, que quizás mucho de lo que haces no te hace feliz, y que lo que realmente te hace feliz, no lo haces, por no convertirte en un chiflado.

Según la RAE, chiflado es aquel, que tiene algo perturbada la razón. Otra acepción que contempla, es aquella persona que siente atracción exagerada por alguien o por algo.

Y es que hay veces, que nos volvemos auténticos chiflados, cuando por no perturbar nuestra razón, hacemos lo que no nos sale del corazón. O que por aparentar cuerdos y correctos, se nos olvida ser felices. Incluso, hay momentos, en los que rechazamos lo que verdaderamente nos atrae «sanamente», por miedo a ser rechazos por los demás.

«Tú eres loco, chiflado…
Pero déjame decirte un secreto:
Algunas de las mejores personas, lo son»
(Alicia en el País de las Maravillas)

¿Y tú, qué harías si fueses alguien que no eres?

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No busques fuera lo que te gratifica dentro.

«No busques fuera lo que te gratifica dentro, busca dentro lo que te gratifica dentro y fuera.»

No busques fuera lo que te gratifica dentro. Pues tú satisfacción interna, no la encontrarás afuera.
En esta entrada, me gustaría hablar de las necesidades y de los deseos. De cuáles son sus diferencias y el porqué es sumamente importante, distinguirlos bien.
Muchas veces, tendemos a convertir en necesidad un deseo, con lo peligroso que esto puede llegar a ser, dependiendo del tipo de deseo que tengamos en mente.

¿Y por qué, puede ser esto tan peligroso?

Pues porque cuando convertimos el deseo en necesidad, nos volvemos débiles y vulnerables, ya que depositamos todas nuestras esperanzas en conseguir eso que creemos necesitar. Entendiendo, que si no llegamos a conseguir eso que queremos, jamás podremos alcanzar la felicidad. Por este motivo, además de tener mucho cuidado con lo que se desea, hay que ser extremadamente meticuloso, en no convertir ciertos deseos, en necesidades imprescindibles.

¿Qué es el DESEO?

El deseo es algo que queremos.

¿Y qué es una NECESIDAD?

La NECESIDAD, es algo que creemos necesitar, más allá de quererlo.

La diferencia fundamental, entre deseo y necesidad, es por tanto, que uno, lo queremos, el deseo. Y la necesidad, la creemos necesitar, repito, la creemos necesitar, para ser felices.
Porque si hay algo en lo que siempre coincidimos todos los seres humanos de la faz de la tierra, es querer, y no tener la necesidad, cuidado con esto, de ser felices.

Buscamos la felicidad por todos lados, pensamos que está en cosechar logros, en acumular cosas, en estar rodeados de personas que nos aman. Sin darnos cuenta, que la felicidad es sólo un estado del Ser. Del ser que se siente feliz, ni por algo, ni por nadie, por sí mismo. Ya que la felicidad de uno mismo, nada tiene que ver con los demás, ni con las cosas o los logros acumulados. Esto es, la felicidad no se construye fuera, si no dentro de nosotros. Por eso es tan peligroso crear necesidades externas, que nos hacen creer, que sólo en ellas encontraremos la plena satisfacción de sentirnos felices.

Si conseguimos eso que deseamos, podemos ser felices, pero si no lo conseguimos, tampoco pasa nada, porque nuestra felicidad no depende de ello. Esto es desear. No tiene nada de malo, desear cosas. En cambio, cuando convertimos el deseo en necesidad, si no logramos alcanzar eso que necesitamos, creeremos que jamás podremos disfrutar de la tan ansiada felicidad. Es decir, que la necesidad no es más que un creencia ficticia, a la que nos aferramos, para sentirnos afortunados, si la conseguimos, o desgraciados, si no lo hacemos. Por eso, no busques fuera lo que te gratifica dentro. Satisfacer lo de dentro, con lo de fuera, te dejará vacío dentro y fuera.

Un ejemplo de deseo, que creo que todos alguna vez, hemos deseado, puede ser por ejemplo, que nos toque la lotería.
Si nos toca, obviamente nos sentiremos tremendamente bien por el premio, aunque si no nos toca, nos tendremos que resignar y seguir viviendo tan «ricamente». Porque nuestra felicidad no depende de que nos toque o no la lotería. Esto puede ser un plus, que mejore nuestra calidad de vida, aunque no un imprescindible, para seguir viviendo, feliz.

Pero, ¿Y qué pasa cuando convertimos este deseo de ganar la lotería en necesidad?

Pues lo primero que pensaremos es que si no nos toca, seremos unos desgraciados. Sintiéndonos tremendamente frustrados y vulnerables, ya que al colocar todas nuestras esperanzas, en una necesidad vital, que no llega, esto nos hace sentir vacíos y desesperanzados.

Por otro lado, si nos tocara, al pensar equivocadamente, que eso nos iba a traer la felicidad, podemos sentirnos desilusionados.

¿Pero cómo va ser esto, si eso era lo necesitábamos para ser felices?

¿Lo necesitábamos o creíamos necesitar?

Al no venir en pack la felicidad, junto con el premio, tarde o temprano, nos daremos cuenta, que el dinero, no era todo lo que esperábamos. Puesto que colocamos erróneamente nuestras expectativas de la felicidad, en un premio, que en realidad, sólo era eso, un premio monetario, que nada tenía que ver con nuestra propia satisfacción interior.

Por si esto fuera poco, como confundimos el deseo con necesidad, al obtener el premio, nos pueden empezar a surgir miedos de todo tipo, relacionados con la posibilidad de perderlo. Es decir, que como lo ganamos, también lo podemos perder, y esto nos causará intranquilidad inmediata, desasosiego y nos robará encima, la seguridad que creíamos haber alcanzado. Por eso, no busques fuera, lo que te gratifica dentro. Ni en la lotería, ni en nada que no provenga de ti o de tu interior.

Estas son sólo algunas consecuencias, de lo que sucede, cuando convertimos un deseo en necesidad. Cuando además de querer algo, lo creemos necesitar, como imprescindible, para poder ser felices, o para alcanzar nuestra felicidad.

Existen muchos ejemplos de necesidades ficticias que nos hacen creer, que son indispensables para hacer de nuestras vidas más felices. Necesidades como:

– Encontrar a alguien que nos ame y al que poder amar.
– Formar una familia, antes de que se nos pase el arroz.
– Tener algo en propiedad, un piso, un coche…ya que si no lo logramos, todos pensarán que somos unos muertos de hambre.
– Ser alguien en la vida. Con el fin de aprovechar bien nuestras capacidades y talentos, para así no sentirnos fracasados o inútiles.
– Vivir por mucho tiempo, cuanto más mejor.
– Tener una vida llena de aventuras y emocionante. Ya que si no es así, es porque somos aburridos y habremos desaprovechado nuestros días en la tierra.
– La creencia de que «más siempre, es mejor», o que el progreso es siempre bueno y consiste por tanto, en tener cada vez más cosas, cosechar más éxitos y tener más inteligencia.
– La necesidad de huir de la soledad. Porque los seres humanos somos seres sociales y tenemos que estar siempre acompañados.

Fíjate que cada una de las necesidades anteriores, son tan sólo creencias. Y algunas de ellas muy limitantes, porque si no se dan, te sentirás perdido.
Y es que tenemos la capacidad de convertir en necesidad cualquier cosa que se nos ocurra. Lo curioso aquí es que nos equivocamos a la hora de creer que necesitamos muchas cosas, o a muchas personas a nuestro alrededor, para ser felices. Porque la felicidad no va de eso, no va ni de tener, ni de lograr, la felicidad consiste en Ser feliz. Y al Ser feliz, no se necesita nada. No se necesita nada, mientras tengamos cubiertas nuestras necesidades básicas. Con poquito vamos y cuánto más ansiemos, más insatisfechos nos sentimos.

Por eso, no busques fuera lo que te gratifica dentro. Porque una cosa es desear hacer algo, y otra muy distinta es creer necesitarlo para ser feliz.

Te haré una pregunta:

¿Eres Feliz?

¿Y qué te falta para serlo?

Si contestas con algo externo, es decir, algo como, más dinero, más amigos, más bienes, una casa más grande, un trabajo mejor, un coche más potente, más planes emocionantes, lograr el éxito…es porque sigues pensando que la felicidad está ahí fuera. También puedes pensar que con otro cuerpo, o incluso con otra cara, te costaría menos ser feliz. Cuando en realidad, la felicidad se crea dentro. Por eso, no debes buscar fuera lo que te gratifica dentro. Ya que si consiguieras cualquiera de las cosas que crees que te faltan, tampoco te sentirías plenamente satisfecho. Si no cultivas antes y no atiendes a tu felicidad interna, tampoco podrás reconocerla ahí fuera.

En cambio, si contestases con algo como: sería más feliz si pensara de diferente manera, si adquiriese nuevas perspectivas, si no tuviese tanto miedo, si no fuera tan negativo, si me quisiera más, si no le diera tanta importancia a la parte material de mi existencia…todas estas cosas, no son precisamente externas, si no internas, están en ti, y dependen de ti. Si consiguieras mejorar alguno de estos aspectos, mejorarías tú y por ende, también tu felicidad. Y lo de fuera te importaría un comino, porque ya eres feliz por dentro.

¿Porque, qué pasa con lo de dentro?

Que se proyecta fuera. Si te sientes insatisfecho dentro, intentarás buscar tu satisfacción en lo de fuera, para compensar tu desdicha. Aunque ya sabes que lo de fuera no encaja dentro. En cambio cuando te sientes pleno y satisfecho con lo de dentro, lo de fuera ya no tiene importancia. Así que no inventes necesidades. No te hagas creer que encontrarás en ellas tu Felicidad. Porque tu felicidad parte de ti y depende ti, no de lo de fuera. No busques fuera lo que te gratifica dentro, busca dentro lo que te satisface, dentro y fuera.

Si sigues pensando que necesitas algo, o qué te falta algo, para alcanzar la felicidad, te haré más preguntas.

Primero usaré un argumento comparativo:

¿Existen otras personas que son felices en tu misma situación?

¿Qué crees que hacen diferente, para poder serlo?

Porque como explicaba antes, todos podemos crear necesidades ficticias que nos hagan creer, que necesitamos algo más, para ser felices. Aunque ya sabemos que esto es un engaño de nuestra mente. Con lo que tienes y con lo que ya cuentas, puedes ser feliz, sólo que se te ha olvidado cómo hacerlo. Y es que existen muchas personas que con mucho menos de lo que tú posees, han aprendido a ser felices, no porque se hayan resignado, si no porque han comprendido, la mayor lección de vida, y es que el Ser no necesita tener, para sentirse satisfecho. No eres lo que tienes, ni lo que tienes te define.

¿Qué pasaría entonces, si lo perdieras todo?

¿Que dejarías de Ser?

¡Qué tontería!. Eres con y sin posesiones. Esa es tu esencia.
La paradoja de todo esto, es que nunca puedes dejar de Ser, aunque te quedes sin nada, y aún sin nada, seguirás siendo.

¿A caso todos los ricos  o gente exitosa, son felices?

Y ya para ir acabando, me gustaría que imaginases, que de la noche a la mañana, pierdes todas tus pertenencias. Pierdes tu casa, tu coche, todos tus bienes…teniendo que enfrentarte al mundo sin nada, tan sólo contigo. Tienes la tranquilidad, que para comer, dormir y asearte, puedes acudir, a diferentes centros para la beneficencia que hay en tu cuidad.

¿Qué harías?

¿Cambiarías tu forma de vivir?

¿Cuáles serían tus objetivos en la vida, si no tuvieses nada que guardar, ni facturas que pagar, ni nada que poder comprar?

¿Podrías ser feliz sin nada, más que contigo?

Espero que esta reflexión te ayude a seguir entendiendo, que crear necesidades inventadas, es una trampa y que si caes en ella, te sentirás tremendamente insatisfecho.

«No busques fuera lo que te gratifica dentro, busca dentro, lo que te gratifica, dentro y fuera.»

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