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La película de tu vida.

La película de tu vida, no te cuenta toda la verdad al completo. Porque la mayor parte de las películas que montas en tu cabeza, no te dejan ver esa realidad. Las editas en base a una interpretación filtrada. A través de las opiniones y de los juicios que haces de lo que te pasa, en función a las creencias que hayas decidido comprar y que al final, son las que le dan sentido a tu realidad.

Aunque seas el protagonista de tu vida y de tu película personal, también formas parte del reparto en las películas de los demás, por eso nunca es la misma película la tuya y la del resto. Porque cada uno crea y monta su propia película, independientemente de quiénes sean los personajes que la interpretan. Cada film habla de una historia diferente, aunque sea la misma trama la que se acontece. Y es el significado de esa trama, la que hace, que para ti y para mí, no sea la misma película.

Imagina que entras en un Multicine con un montón de salas abiertas. En cada una de esas salas, se está proyectando una película diferente. Con tanta variedad y tantas opciones, no sabes cuál ver primero. Aunque tras dejarte llevar por tu intuición, decides entrar en la sala número uno. 

Al introducirte en la sala, tienes la sensación de que ya has visto esa película, o que por lo menos, te resulta tremendamente familiar. Conforme pasan las imágenes, te das cuenta, de que es la película de tu vida, la que se está emitiendo. Tú eres el protagonista. El resto de los actores secundarios, son todas aquellas personas que te acompañan en tu día a día. Son tu madre, tu padre, tus amigos, tus vecinos y conocidos, los compañeros de trabajo, tu enamorada o enamorado, tus hijos…

Miras a tu alrededor y te percatas, que no hay nadie más en sala, salvo una persona que permanece sentada y muy atenta, a lo que está sucediendo, en primera fila. Decides colocarte detrás de ella. Sientes intriga de quién pueda ser. Y te da mucha curiosidad conocer a ese espectador que parece estar disfrutando con la película de tu vida.
Tras fijarte bien en su pelo, en su silueta, en sus movimientos, e incluso en su risa, descubres que eres tú mismo el que está viendo esa película. No das crédito a lo que está pasando, incluso llegas a pensar que puedes estar soñando. Tras pellizcarte unas cuantas veces, renuncias a que pueda ser un sueño y sigues observando la película con suma atención.

Como ya sabes lo que te va a contar esa película, ya que es tu propia vida, la que se está proyectando. Piensas que quizás, sería bueno cambiar de sala, para comprobar que más películas se están emitiendo. Así que sales de la sala número uno y te introduces en la sala número dos.

Antes de atender a lo que se está proyectando en la pantalla principal, extiendes tu mirada, por la sala número dos. También está casi vacía, excepto por un espectador que está absorto en la película. En esta ocasión, decides sentarte a su lado. El espectador ni siquiera se inmuta, te fijas en él y te das cuenta de que es tu madre, esa espectadora que observa ensimismada lo que está pasando por la pantalla. Incluso llegas a hablarla, pero esta no te responde, así que empiezas a observar la nueva película. 

En esta ocasión, tú ya no eres el protagonista. Ya que la historia que se está proyectando es la de tu madre. Apareces en la trama, como personaje o actor secundario. Esta historia, aunque te sigue resultando familiar, no se corresponde del todo, con lo creías de ella. Hay escenas que ni si quiera pensaste que se podían haber producido, y otras conocidas para ti, no parecen tener el mismo significado que cuando tú las viviste, en primera persona. 

Al ver esta película, te das cuenta, de todo lo que ha sentido, siente o sintió tu madre. También compruebas la idea que tiene tu madre de ti, y que no coindice con la tuya. A través de ella, entiendes lo que realmente piensa y no lo que tú pensabas que pensaba. Sientes que te va a explotar la cabeza. No comprendes muy bien, lo que está sucediendo, así que decides salir de la sala número dos, para explorar el resto de salas.

En vez de adentrarte en la sala número tres, prefieres saltarte el orden establecido y apuestas por la número seis. Vuelves a verificar la audiencia de la sala, para observar que sólo hay una persona, sentada en la parte de atrás. A la que reconoces inmediatamente, es tu enamorado o enamorada. Le hablas, mientras sujetas su mano, pero no te hace ni caso. Te sientes invisible. Pero como te sucedió lo mismo, en sala número dos, cuando te intentaste comunicar con tu madre, decides atender a la película.

Una vez más, descubres que lo que se está proyectando en la sala seis, a pesar de que pensabas que conocías su historia, no tiene nada que ver con lo que tú pensabas de ella. Porque su película es muy diferente a tu película. En este film, y como personaje secundario, entiendes muchas cosas, que no habrías podido entender desde tu propia película. 

Como ya has perdido la noción del tiempo y pese a que te sientes algo confundido, aunque más despierto. Exploras el resto de las salas que te quedan por explorar, que son muchas, para terminar sacando la misma conclusión de todas ellas. 

La película de tu vida, no es la misma película que ve tu hermano, o tu vecino, si quiera tu hijo. Son películas completamente diferentes, ya que no todos entendemos la realidad de la misma manera. Y aunque compartamos tramas, secuencias o escenas, lo que observamos en ellas, lo que aprendemos y lo que pensamos y sentimos, es bien distinto, por eso parecen también, diferentes las películas.

Te comparto esta reflexión, extraída del libro «El Quinto Acuerdo», para que a partir de ahora, tengas en consideración, todas las películas de los demás. Para que no te encierres en tu propia sala, y para que te permitas explorar el resto de salas y de películas. Ya que a través de ellas, podrás entender mucho mejor, la realidad de tu vecino, para así compararla con la tuya. Ambas realidades tienen mucho que contar. Los planos y los enfoques pueden parecer distintos, pero todos contienen la misma verdad, la misma historia, la tuya y la de los demás, la auténtica realidad.

La película de tu vida, es sólo una realidad relativa y está incompleta. La completas cuando añades secuelas de los diferentes personajes. Cuando dejas de atender a tu película y aprendes con la de los demás. No te abstraigas en tu propia película, explora el resto de salas, porque en ellas se encuentran las historias que te faltan, para darle el sentido real, a la película de tu vida.

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Evalúa sin atender a tus exigencias.

Evalúa sin atender a tus exigencias. Se exigente sólo con tu tolerancia y tu flexibilidad. No exijas, tan sólo define tus preferencias.

La manera que tienes de evaluar lo que te pasa, afecta directamente a tu estabilidad emocional. Si tus valoraciones son positivas, tu estado emocional será aceptable, mientras que si tus estimaciones son negativas, afectará en igual medida, esto es, negativamente, a cómo te sientes.

Aunque el baremo que empleamos todos para evaluar, sea muy parecido, no todos valoramos las cosas que nos pasan, de la misma manera. Hay quiénes prefieren el tremendismo a la hora de evaluar un hecho concreto, y otros en cambio, se pasan con el optimismo. También existen términos medios, entre ambos polos, que son precisamente, los que más se acercan a la tan ansiada estabilidad emocional.

Un ejemplo de baremo universal, es decir las notas con las valoramos lo que nos sucede, podría ser:

– Fantástico
– Muy bueno
– Bueno
– Normal
– Malo
– Muy Malo
– Nefasto

Las personas más vulnerables a nivel emocional, suelen evaluar lo que les pasa, con las notas más bajas de la lista, o lo que es lo mismo, empleando adjetivos como, «nefasto», «muy malo», «terrible», «horroroso», «dramático», «catastrófico», «insoportable», «insufrible»… La lista puede ser interminable, lo que está claro, es que todos estos adjetivos, no son nada halagüeños. Las etiquetas que les ponemos a las cosas que evaluamos, siempre están sujetas a nuestros propios juicios personales. Por eso es tan importante la manera que tienes de valorar y de clasificar las cosas que te pasan, porque si evalúas de manera exagerada, puedes perder tu equilibrio emocional.

Cada una de las notas de la lista anterior, esconden una serie de percepciones subjetivas que te hacen exagerar o atenuar, lo que sucede a tu alrededor.

Imagina que cuando llegas a tu trabajo, tu jefe te espera y te invita muy cordialmente a pasar a su despacho. Su expresión y su postura corporal te hace pensar, que no se siente nada cómodo con lo que te tiene que decir. Y es que debido a la situación que está viviendo la empresa, se ha visto obligado a bajarte el sueldo. Te informa también, que esto será de manera provisional y sólo hasta que la situación mejore.

¿Cómo evaluarías esta situación?

¿Como algo normal, ya que comprendes que la empresa no está pasando por su mejor momento, o como algo nefasto e injusto, ya que entiendes que no es problema tuyo, lo que está viviendo la empresa?

Evalúa sin atender a tus exigencias. Si decides tomártelo como algo normal, es porque asumes que aunque te bajen el sueldo, podrás sobrellevarlo. Quizás tengas que apretarte el cinturón, pero peor hubiese sido, quedarte sin empleo. A pesar de que tu situación haya empeorado, podrás seguir siendo feliz, aún con un sueldo más bajito. Por tanto, tu valoración de la situación, no te desestabiliza a nivel emocional, porque tu evaluación de lo que te ha pasado, no ha sido exagerada.

¿Qué pasaría, por el contrario, si la misma situación la hubieses clasificado de manera nefasta, terrible o injusta?

Pues probablemente lo primero que te ocasionaría sería tremenda intranquilidad. Ya que te sentirías vulnerable ante la nueva situación que se te presenta. Si adoptases esta postura, ya estarías exagerando. Y la exageración te puede llevar a la desesperación, haciéndote creer que no puedes ser feliz, con un sueldo más bajo.

¿Y si en vez de bajarte el sueldo, te quedaras sin empleo?

Los seres humanos, en realidad, necesitan muy pocas cosas para ser felices. Mientras tengan cubiertas sus necesidades básicas, es suficiente. La vida está en continuo cambio y nosotros con ella. Ya hemos demostrado que tenemos una gran capacidad de adaptación para sobrellevar las peores situaciones posibles. Aunque para mantenernos estables a nivel emocional, en las peores situaciones, debemos aprender a evaluar lo que nos pasa.

Cuando te sientas inestable emocionalmente, y tras detectar, qué circunstancia ha provocado tu desasosiego, hazte las siguientes preguntas:

¿Cómo estoy valorando esta situación que está sucediendo?

¿La evaluación que he hecho de ella me tranquiliza o me causa intranquilidad?

¿En realidad, la situación es tan nefasta como para no poder soportarla?

Evalúa sin atender a tus exigencias, renuncia a ellas y define cuáles son tus preferencias. Si te mantienes rígido y exigente, entendiendo que las cosas tienen que ser, o que deben ser, sólo como tú crees, no podrás adaptarte a lo que no te esperas, y que no te lo esperes, no quiere decir, que no te pueda llegar. En cambio, si tu preferencia, es tu felicidad, independientemente de lo que suceda a tu alrededor, te será mucho más fácil asumir y aceptar todo lo que te pase, sea lo que sea. Ya que si te mantienes en tu exigencia y no ves más allá de lo que debería ser, según tus más férreas creencias, te va a costar mucho ser feliz, ya que tu preferencia es ser feliz, sólo si las circunstancias se dan cómo tú quieres. Entonces,

¿Tú preferencia, es ser feliz o salirte con la tuya?

No evalúes a la ligera. Ten muy en cuenta cuando haces evaluación de algo, si tus valoraciones te acercan o te alejan de la felicidad. Tu estabilidad emocional está en juego. Despréndete de tu exigencia. Tolera y asume lo que te pasa, sin exagerar. Todo tiene su parte amable. Decide ser feliz, sin preferir tener la razón. Si sólo atiendes a tus exigencias, estas terminarán por decepcionarte. Aprende a ser más tolerante y flexible. La rigidez te aleja de la felicidad, ya que puedes encontrar felicidad en cualquier parte, no sólo en las partes, en las que tú te empeñas en buscar. Sólo cuando dejes de exigir(te), te sorprenderá la felicidad.

Evalúa sin atender a tus exigencias, si tienes que ser exigente con algo, que sea con tu tolerancia y tu flexibilidad. No confundas ser feliz, con salirte con la tuya. Querer tener la razón, no te da la felicidad. La felicidad llega cuando entiendes que ninguna razón, es lo suficientemente confiable, como para renunciar a ser feliz.

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No te daña lo que te pasa.

No te daña lo que te pasa, te daña cómo interpretas eso que te pasa. Lo que sucede, en realidad, no tiene el suficiente poder cómo para afectarte ni positiva, ni negativamente. Sin embargo, cuando te afecta, es porque permites que así sea.

Las personas solemos tener la impresión, de que los hechos externos, o lo que es lo mismo, lo que nos pasa, impactan en nuestras vidas, de tal manera, que provocan en nuestro ser, todo tipo de emociones. Emociones como rabia, satisfacción, placer, enfado, tristeza… Es decir, que asociamos directamente lo que pasa fuera y es totalmente ajeno a nosotros, con lo que nos pasa dentro. Dicho de otra forma, vinculamos los sucesos externos con nuestras emociones internas.

Por tanto, si esto fuera así, lo que te pasa, sería la causa de tu malestar; y el cómo te sientes, la consecuencia de lo que se ha acontecido, sin que tú tuvieras nada que ver al respecto. Tú lo sientes, pero no has sido tú, quién lo ha provocado, si no que ha sido el hecho en cuestión, el que te ha provocado a ti. Esto es, tú no eres el responsable de lo que sientes, ni cómo te sientes, si no que le cedes esa responsabilidad a lo que pasó.

¿Es correcto esto?

¿Que una circunstancia concreta pueda cambiar tu estado de ánimo, por si sola, o en realidad sí que tienes algo que ver con el cambio de estado?

Imagina que vas caminando por la calle, sujetando con las dos manos, una docena de huevos, recién adquiridos. De repente, alguien se choca contigo e inmediatamente, la docena de huevos se cae al suelo y se rompen casi todos ellos.

¿Cómo reaccionarias?

¿Por qué crees, que se cayó la docena de huevos al suelo?

¿Porque alguien se chocó contigo?

¿Tal vez, porque no estuviste lo suficientemente atento, como para predecir que alguien se aproximaba?

¿O quizás, porque la gente anda muy despistada?

Y es que la docena de huevos se cayó al suelo, porque sujetabas una docena de huevos. Si hubieses sujetado una coliflor o un pack de leche, se habría precipitado al suelo, la coliflor o el pack de leche. Quizás esta respuesta no te convenza así de primeras, tal vez sea, porque sigues prefiriendo hacer responsable a las circunstancias externas, o a los demás, de cómo te sientes y de cómo te comportas.

Porque no te daña lo que te pasa, lo que te daña, es cómo interpretas eso que te pasa.

¿Sigues pensando que si no te hubieras chocado con el despistado, te podrías haber ahorrado el disgusto?

Si aún sigues pensando así, es porque crees que el suceso, fue el que empeoró, tu estado de ánimo. Ya que aún tienes la percepción de que existe una relación directa entre los hechos externos, con tus emociones internas.

¿No crees que se te olvida algo?

¿Qué crees que puede haber en medio, de esa relación que has establecido, entre los hechos y tu estado?

¿Dónde queda tu interpretación, entonces?

Puesto que tu interpretación, sí que tiene una relación directa con cómo te sientes. Son tus pensamientos los encargados de interpretar el suceso en sí. Así que dependiendo de los pensamientos que elijas en ese momento, te sentirás de una manera o de otra.

Volvamos al ejemplo anterior. El hecho de pensar, que el que se chocó contigo, iba despistado, ya es una interpretación. Probablemente pensaste eso, porque tu diálogo interno tampoco te ayudó mucho. Seguro, que te dijiste algo así como: «¡Vaya!, la gente va como loca por la calle. Y ahora por su culpa, tendré que volver a la tienda, a comprar otra docena. ¡Maldita sea!». O algo similar.
Es decir, que tu interpretación de lo que estabas pensando, te hizo reaccionar de una manera determinada. En cambio, si tu diálogo interno, te hubiese tranquilizado, con algo como: «Tranquilo, que son sólo unos huevos. Y los dos parece que estamos bien, a pesar del susto.» Tú reacción y por supuesto, cómo te sientes después del encontronazo, hubiese sido bien diferente. Por este motivo, no te daña lo que te pasa, si no cómo interpretas eso que te pasa.

Imagina ahora que tú reacción, fue maleducada y nada comprensiva. Lo hiciste sin pensar. Y tras coger aire, te percatas que ese alguien despistado, sujeta un bastón en su mano derecha. Tras fijarte un poquito mejor, te das cuenta, que quien se chocó contigo era una invidente. Entonces,

¿Quién se chocó con quién?

¿Qué harías ahora, para deshacer el desaguisado?

Y es que no hay necesidad de deshacer entuertos, si no los provocamos. Si hubieses pensado «correctamente» antes de actuar, nada de esto te habría pasado. Por eso tus pensamientos, tu diálogo interno y tu interpretación de los hechos, son los únicos responsables de cómo te sientes, pase lo que pase, en el mundo exterior. En tu mundo interno, sólo habitas tú. Y lo exterior, no tiene porqué dañar lo interior, si tú no lo permites. Aunque si andas dañado internamente, es muy probable, que también te afecte lo de fuera. Pero no porque esto pueda hacerte daño, si no porque el daño, ya está hecho, y viene de dentro.

Así que,

¿Qué puedes hacer para que lo de fuera no te afecte tanto?

– Lo primero que tienes que hacer es cuestionar, si eso que piensas, es decir, lo que oyes dentro de tu cabeza y cómo lo interpretas, es verdad de buena, o simplemente es un pensamiento catastrófico y exagerado.

– Lo segundo, deberás plantearte si pensar así, te es útil para algo y si te ayuda a resolver el conflicto.

– Y ya por último, para descartar malos pensamientos, a la vez que los identificas, es tener muy en cuenta, como te hacen sentir, mientras los estás pensando.

¿Eso que piensas y dialogas contigo mismo, te produce bienestar o malestar emocional?

No te daña lo que te pasa, te daña, la interpretación que les das, a eso que te pasa. Los sucesos no son los que te hacen reaccionar, es la manera que tienes de ver esos sucesos, la que provoca tu reacción. Tu estado interno, está totalmente implicado en tu manera de interpretar, pensar y también en tu diálogo interno. Cuida tu estado, cuida de ti y así no tendrás que cuidarte de lo externo.

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Eso que interpretas como problema.

Eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema. Tu interpretación de las circunstancias, te hace creer que sí que lo es. Sin embargo, si te permitieras indagar un poco más en esa dificultad, sin dejarte llevar por lo meramente superficial, encontrarás el auténtico motivo que te hace pensar así.

Como tú, la vida también se viste por capas. Se parece bastante a una cebolla. La capa exterior, es la que perciben los sentidos. Es la capa más dura, porque es la que más expuesta está. Se enfrenta a las inclemencias del tiempo, a las miradas y juicios de los demás, también actúa como protectora, ya que se encarga de esconder el resto de capas. Asimismo, está construida por esas creencias y esas convicciones que se esconden en las capas más profundas. Aunque sea la más tosca y la más dura, es la que menos se parece a ti. Es sólo la apariencia que quieres proyectar en el exterior. Y esa apariencia, o esa última capa, la utilizas para aparentar, algo que no eres, porque no te quieres mostrar.

Lo mismo sucede con los problemas. Su capa exterior sólo habla de tu interpretación hacia ellos. Te muestra lo superficial, no el contenido importante. La información real, siempre está debajo de esa última capa. Por este motivo, eso que interpretas como problema, no es el verdadero problema.

Imagina que en el trabajo, te ascienden a un puesto superior. Pero lo que en principio te alegra y te empondera, más tarde se convierte en un problema para ti. Ya que comienzas a sentir estrés, por las nuevas responsabilidades que tienes que gestionar. Te empiezas a encontrar agobiado y sobrecargado de trabajo. Piensas que el ascenso, te queda grande, y que en realidad, no estás lo suficientemente preparado como para demostrar, lo que vales en ese nuevo puesto. Lo único que te preocupa ahora, es acabar con todo ese estrés que te ronda. 

Esa última capa te alerta y te habla de tu estrés, pero, 

¿Qué esconde debajo?

¿Crees que es el estrés, tu verdadero problema?

El estrés, es la manera que tiene tu cuerpo de comunicarse contigo. De llamar tu atención para que entiendas que algo no va bien. Por eso interpretas el estrés como tu nuevo problema. Pero eso que interpretas como problema, casi nunca, es el verdadero problema.
Numerosos estudios indican que cuando sientes estrés, aumenta tu Cortisol. El Cortisol es la hormona del estrés y cuando este se dispara, el cuerpo se resiente tremendamente. El Cortisol es el responsable de infinidad de enfermedades, ya que debilita tu sistema inmune, permitiendo que enfermes con mucha más facilidad.

Sin ir más lejos, la situación que estamos viviendo en este momento, con el tema de la pandemia, ha disparado el cortisol de muchos de nosotros, haciéndonos entrar en un estado constante de pánico y de «hipervigilancia». 

¿Qué esconde tu estrés?

¿Qué hay debajo de esa última capa, cubierta de Cortisol?

El estrés no es más que temor o miedo disfrazado. Es la reacción de tu cuerpo frente a los continuos cambios de la vida. Podríamos decir, incluso, que es la excusa que te pones, para no hacerte responsable de ser el precursor de tus propias emociones. El miedo es una emoción primaria. Todos sentimos miedo. Sin embargo, no siempre lo reconocemos. Sentir miedo, es algo natural, pero cuando adoptas al miedo, como compañero de vida, este se convierte en tu peor enemigo. Porque vivir con miedo, no es vivir, si no sobrevivir.

Sentir estrés, te muestra tu carencia de armonía interior. No estás en paz contigo, ni con la vida. Porque la paz, es la consecuencia de tu confianza. Alguien que no confía en si mismo o en la vida, está en guerra o en lucha continua. Y si luchas contra ti, el perdedor siempre serás tu, ya que no hay nadie más en la contienda. Así que no luches, si no quieres terminar derrotado. Cooperar contigo y con la vida, es lo único que puede atraer tu victoria.

Así que la próxima vez que sientas estrés o utilices frases como: «esto me estresa», «tengo mucho estrés»…hazte la siguiente pregunta:

¿Qué es lo que me da miedo?

¿Qué temo que pase, que me hace sentir tan estresado?

Antes comentaba que tanto tú, como la vida, se visten por capas, igual que una cebolla. Cuando sujetas una cebolla sin haberle quitado la primera capa, no sientes nada. En cambio cuando se la arrancas y vas quitando capas, comienzas a llorar. Lo mismo sucede contigo. Tu primera capa, la más externa, no dice nada de ti, ni te hace sentir nada. Lo que habla de ti, siempre es lo de dentro. Y es que eso que interpretas como problema, casi nunca es el problema. Tienes que quitar las capas más superficiales para sentir algo y así sentir el verdadero problema. 

Cuando duele, ahí es. La emoción te dice que estás en el sitio correcto. Y para cambiar, sólo tienes que empezar a pensar, más allá de cómo te sientes. El pensamiento fue el que hizo sentirte así, ahora sólo tienes que seleccionar otro pensamiento, que te haga sentir diferente y poder así, cambiar de emoción.

El miedo y el estrés que sientes, frente a lo que te sucede, ya te han demostrado muchas veces, que el 99% de todo lo que piensas, que te pasará, nunca pasa. Que es tan sólo, un producto de tu imaginación, por no saber elegir el pensamiento correcto. El miedo te hace imaginar cosas horribles, si se lo permites. Permítete ahora imaginar para bien y no para angustiante. Elige cuidadosamente tus pensamientos. No dejes que sea tu miedo o tu estrés, el que decida por ti. 

Esos pensamientos que te generan estrés y que por ende, destapan tu miedo, 

¿Por que tipo de pensamientos te gustaría cambiarlos?

¿En qué tendrías que pensar, que no es miedo?

Se concreto, y empieza a practicar Ahora. Piensa para bien y no para boicotearte. Haz que tus pensamientos construyan y no que te destruyan. Con los mismos ladrillos se puede construir un puente o un muro. Si en tu pasado, te decidiste por el muro. Ahora, puedes destruirlo y emplear esos mismos ladrillos para construir tu puente.

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Tu sufrimiento está en tu interpretación.

La causa de tu sufrimiento está en tu interpretación. La causa de tu sufrimiento, o de cualquier malestar, o sensación desagradable que perturbe tu estado, en un momento determinado. La manera que tienes de analizar, comprender y gestionar las cosas, determina tu realidad. Tus experiencias están influenciadas por cómo interpretas, esas experiencias. 

«Cuando mi sufrimiento se incrementó, pronto me di cuenta, de que había dos maneras con las que podía responder a la situación: reaccionar con amargura o transformar el sufrimiento en una fuerza creativa. Elegí esta última.» 
(Martin Luther King) 

¿Qué haces con lo que te pasa?

Las cosas suceden, de ti depende cómo las interpretes, y por tanto, qué decides hacer con ellas. Así mismo, el análisis que utilices para interpretar lo acontecido, determinará, lo que sucederá después. La habilidad en dar respuestas acordes con lo que quieres que pase, es tu responsabilidad. Nunca te resignes, si tus primeros resultados no se adaptan a lo que realmente quieres, porque siempre podrás cambiarlos. 

«La última de las libertades humanas, es elegir nuestra propia actitud ante cualquier circunstancia.» 
(Viktor Frankl) 

Puedes optar por sentirte víctima de tus circunstancias o por el contrario, convertirte en beneficiario de tu propia realidad. Si decides ir de la mano del victimismo, este te martirizará, dejándote sin opciones, para crear algo positivo. En cambio si eliges convertirte en beneficiario de tu realidad, te rodearás  sólo, de constructivas posibilidades, que te ayudarán a eliminar tu sufrimiento. Por eso la causa de tu sufrimiento está en tu interpretación. El papel que decidas interpretar en tu realidad, es el que determinará esa realidad. Los actores son los que le dan sentido a las obras. Ya que sin actor, no hay obra.

Imagina que la vida fuese una gran obra de teatro. 

¿Qué papel te gustaría interpretar? 

¿Y qué papel sueles interpretar en tu vida real? 

Para trasformar cualquier desenlace desagradable, sólo tienes que reescribir el guión, o cambiar los personajes que aparecen en la obra. Si vuelves a escribir lo que sucede, los personajes actuarán de forma diferente. Y si cambias a los personajes, lo que sucede, parecerá diferente. Hay veces que la vida real, no te permite, cambiar los acontecimientos, sin embargo, lo que siempre puedes cambiar, es la interpretación de esos acontecimientos. Así la obra será diferente. 

¿Qué prefieres, el género de ficción, una buena comedia, o una tragedia griega?
 
El género de la obra lo decides tú. Porque la causa de tu sufrimiento está en tu interpretación. Como director, puedes elegir qué y cómo representar lo que sucede. Colaborar con unos personajes u otros, y hasta decidir el atrezzo más apropiado para decorar tus ambientes. 

«No hay papeles pequeños, solo actores pequeños.» 
(Milan Kundera)
 
Permite que tu interpretación de los hechos, te ayude a construir el desenlace que quieres para tu obra, y no el que temes. Elige el género que más te convenza, y no el más limitante para tus expectativas. Crea con conocimiento de causa, con objeto, de atraer los efectos deseados. No permitas que tu interpretación boicotee tus planes. Boicotea tú, a tu mala interpretación. 

«Las circunstancias y situaciones dan color a la vida, pero nuestra mente, es la que decide cuál va a ser ese color.» 
(John Homer Miller) 

 

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No le temes a las cosas. Temes lo que piensas.

¿Qué es lo que más temes, en este momento?

¿A una «corona vírica», convertida en «enfermedad epidémica»?

¿Y es ella la que te da miedo, o lo que piensas de ella?

Las cosas por sí solas, no son las que causan tu miedo, tu angustia, tu frustración o tu descontento. Son los pensamientos que decides emplear, los que dan forma a ese malestar. Todo lo que te sucede, depende de la interpretación que haces de lo que te pasa. Como percibes lo de fuera, te percibes por dentro. Si atiendes a la destrucción de fuera, ya sabes, como te vas a sentir en tu interior. Esta experiencia, la estamos viviendo todos, y es que no todos, la vivimos de la misma manera.

¿Tú cómo la estás viviendo?

¿Y en qué estás pensando?

Me atrevo a decir, que habrá días, en los que ni te apetece hacer el esfuerzo, para mejorar la experiencia. Y es que no tienes que hacer nada, si no quieres. Sin embargo es importante que entiendas, que cuando las circunstancias exteriores no se pueden cambiar, es hora de cambiar lo de dentro. Tu interior depende sólo de ti, como tu transformación. Y es que nadie puede hacerte cambiar, si tú no quieres hacerlo. Asimismo, si nadie puede, tampoco nada, de lo que esté fuera. A no ser, que le cedas tu poder, a los acontecimientos, que de ti no dependen.

¿Por qué te empeñas en controlar antes lo de fuera, que lo dentro?

¿Sabes que es así, como te descontrolas?

Aunque no te lo parezca, el origen o la raíz del descontento, siempre es interna. Independientemente de lo que suceda fuera. Si estás feliz contigo, en cualquier espacio, hasta en el más nefasto, encontrarás tu propia dicha. Sin embargo, si sigues cargando con tu infelicidad, está te acompañará fielmente, hacia dónde decidas dirigirte. El júbilo o la plenitud, también son fieles compañeros, aunque si no los atiendes, tampoco ellos a ti. Presta atención a lo que te hace feliz. Disfruta de ti, contigo. Son los mejores momentos. No esperes a que sean los demás, lo que te regalen esos momentos. Los demás son responsables de sí mismos, no de ti.

¿Aceptas tu responsabilidad?

Tu armonía, no la vas a encontrar nunca fuera, porque su origen está en tu interior. Si tú estás en paz, las guerras de fuera, no te podrán lastimar lo más mínimo. En cambio si no lo estás, no cesarás de batallar contigo y con los demás, en las más absurdas contiendas. Hasta que no te reconcilies contiguo, seguirás viendo villanos, dónde no los hay. Tu peor enemigo, no es el que está fuera, si no dentro de ti.

Pese a tus malos ratos, en relación con lo que percibes de fuera. Seguro que también disfrutas de momentos de más claridad, aunque sean breves. No puedes olvidar, que hay infinidad de colores con los que pintar tus días. No tienes porqué elegir siempre la misma escala de grises. Combina los colores. Cambia de luz. Ilumina tu experiencia con otros pensamientos, más coloridos y acordes con lo que quieras sentir, en ese momento. O deja tu lienzo en blanco. En el blanco, se esconden todas las tonalidades. Aprende a controlar primero lo de dentro, y ya verás como lo de fuera se va ordenando solo.

¿Has probado a cambiar de actitud, a cambiar tu foco?

¿O prefieres seguir alimentando eso, que tanto daño te hace?

Existen dos estrategias para mejorar tu experiencia de lo que está pasando, y así ganar en calidad de vida. La primera de ellas, consiste en adaptar tu exterior, para que se corresponda con tus metas. Es decir, hacer pequeños cambios en tu entorno, que te hagan sentirte mejor. Imagina, por ejemplo, que quieres ganar seguridad, ya que te sientes inseguro en tu ambiente próximo. Para ello puedes optar por cambiar la cerradura de tu puerta principal, colocar rejas en las ventanas de tu casa, cambiar de barrio, o incluso, si todo esto no te convence, puedes hasta conseguir un arma de fuego para preservar esa seguridad, que crees que te falta.

¿Qué te parecen estás opciones?

¿Favorecerían a tu seguridad física, o por el contrario, sólo te recordarían tu incapacidad, para sentirte más protegido en tu entorno?

Puede que no temas por tu seguridad física, aunque sí, por tu seguridad económica. Imagina ahora, que como al Rey Midas, los Dioses, se ponen en contacto contigo, y te comunican que les apetece concederte un deseo. Tú como el Rey, les pides que te gustaría ser el hombre o la mujer, más rica del mundo, para no tener que preocuparte más, por ese tipo de seguridad. Y que para ello, tu deseo consistiría, en que todo lo que tocases, se convirtiera en oro puro.

¿Recuerdas cuál fue el desenlace de este Rey, tan ambicioso y tan poco perspicaz?

Que murió siendo el hombre más rico del mundo, pero sin nada que poder llevarse a la boca para comer, ni beber. También murió solo, sin gente a su alrededor, porque tocara, lo que tocara, todo se convertía en oro puro.

¿Te gustaría este tipo de desenlace para ti?

El hecho de buscar tu Seguridad, en lo de fuera, puede que refuerce, algo tu seguridad interna. Pero nunca conseguirá mejorarla del todo. Si no trabajas directamente en ella, siempre habrá algo nuevo que modificar en el exterior. Da igual si ansías, la fama, el dinero, el éxito, el poder, la belleza…todo esto lo único que te proporcionará será pequeñas recompensas. Y las recompensas son efímeras y muy superficiales. Estas no te harán alcanzar la felicidad, sólo te proporcionarán placer vano y fútil.

¿Crees que las recompensas pueden atraer tu felicidad?

¿O que tu Felicidad es la recompensa, que más te compensa?

Ya que cambiar lo externo, no transforma por completo tu interior. Creo que ya te puedes ir imaginando, cuál es la segunda estrategia. No es otra cosa, más que cambiar la calidad de tu experiencia. Esto es, cambiar lo que piensas de ella. Modificar tus pensamientos, para que estos se adapten a lo de fuera. Así podrás trabajar en equipo junto con tus pensamientos y alcanzar definitivamente, lo que de veras, quieres conseguir; que no es otra cosa, más que tu propia felicidad.

«Cuando la situación es buena, disfrútala. Cuando la situación es mala, transfórmala. Cuando la situación no puede ser transformada, transfórmate». (Viktor Frankl).

«Nosotros siempre estamos luchando por vivir, pero nunca vivimos». (Raph Waldo Emerson)

¿Contra quién luchas, cuando te resistes?

¿Contra la Vida?

¿Y quién gana a la Vida, si no la vives?

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Te propongo hacer un viaje juntos.Tú te encargas de elegir el destino y el tiempo que quieres emplear en el viaje y yo pongo la guía. Junto a ella, iremos explorando los diferentes mapas de ese territorio.Tu territorio. Compartiremos emociones y romperemos esas barreras que te impiden volver a creer en ti y en todas tus capacidades. Bajo esa capa que conforma tu apariencia, habita lo mejor de ti, no lo ignores y despliega todo tu potencial.

¿Te apuntas?
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Laura Fernádez ©
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